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Hay situaciones en nuestro recorrido de vida que se quedan estacionadas como recuerdos. No son recuerdos planeados, premeditados o voluntariamente guardados. Pareciera que se van grabando con el mismo transcurrir del tiempo, no tienen requisitos, parecen autónomos. Luego, lentamente comienzan a emerger, se asoman de vez en cuando a nuestra realidad, como portadores de algún mensaje indescifrable. Ocurre todo el tiempo, es cíclico, permanente, algún propósito deben tener, aún desconozco su mandato o misión. No tienen edades, es tan nítido el primero como el más reciente. Algunos son amables y otros vergonzantes, pero no se pueden seleccionar, desdeñar o preferir. Uno va aprendiendo a convivir con su naturaleza eterna. A veces creo que aparecen cuando una realidad actual lo necesita. Habrás notado que las personas suelen narrar repetidamente ciertos episodios propios, donde expresan su percepción de dicha vivencia, acertada o no, pero la cuentan siempre como si fuera la primera vez, así de nítido es ese recuerdo estacionado. Obviamente no pretendo que esta lectura sea una estación tuya, al menos desearía que fuera otra estación mía. Siguiendo pacientemente esa ruta vivencial, creo que estas estaciones nos van enseñando a ser transparentes con nosotros mismos, sin medida de tiempo, aunque como temporales que somos, supongo que cuanto más temprano descubramos esa transparencia, más vamos a disfrutar toda la explosión de colores del otoño que aún nos quede.

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