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Captura de pantalla 2015-05-08 a la(s) 16.22.03

He tenido oportunidad de ver o leer situaciones que para mi han sido visionariamente inductivas de posibles devenires tristes pero merecidos de nuestra sociedad, si seguimos como vamos. He elegido tres solamente para el tema que me embebe hoy, me referiré a: La Máquina del Tiempo, de Herbert George Wells; Wall-E, película de Disney-Pixar; Matrix, película de Lana y Andy Wachowski.
En el libro La Máquina del Tiempo, en aquel tiempo futuro al final se desvela el inframundo que sostiene al humano aparentemente desarrollado que vive en el mundo exterior visible, y aunque los morlocks que componen aquel inframundo invisible se puedan tornar agresivos, finalmente son más temerosos que audaces, como para reconocerse más fuertes y discernir que sólo con ponerse de acuerdo y trabajando juntos podrían liberarse del yugo permanente al que están sometidos. Maldita coincidencia opresiva.
En la película Wall-E, los humanos del futuro han avanzado tanto tecnológicamente, que ya no ejercitan sus músculos y articulaciones, ni siquiera en las actividades cotidianas como vestirse, cepillarse o escribir, viven postrados y gorditos al frente de una consola todo el tiempo haciendo sus actividades. Obviamente esta avanzada “evolución” tecnológica ya ha consumido todos los recursos del planeta y lo han dejado repleto de desechos, pero los humanos viven “cómodamente” en una burbuja encima de ruinas, esperando que viejos y quijotescos robots limpien y recuperen el planeta. Irresponsable coincidencia ambiental.
Y en Matrix, jamás pude olvidar la escena en que el traidor Cypher conversa con Smith, y acuerda entregarle a Morfeo. Dice Cypher que él sabe que todo Matrix es una mentira, reconoce que el filete que se come es sólo una creación virtual, pero eso le gusta más que los sacrificios en pos de la libertad, y se entrega a los espejismos de la creación mundana, y mientras se lleva otro bocado de carne sentencia: “La ignorancia es la felicidad”. Desastrosa coincidencia social.
Parece que la mayoría somos perezosos, y por eso los codiciosos diligentes determinan nuestro porvenir desafortunado, porque lo piensan para ellos, la minoría. Los de a pie nos dejamos arrastrar por lo pueril, creemos que hay felicidad sin libertad y nos han vendido este libertinaje “democrático” donde el voto del más perezoso vale lo mismo que el voto del más erudito.

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