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Captura de pantalla 2015-05-21 a la(s) 10.54.14El masivo en que me desplazo se detuvo en la estación, en cuyo interior está una chica que espera una ruta diferente a la mía, porque no lo abordó. Esta joven mujer porta, como tantas, sus senos inflados por cirugía plástica. En su mentón altivo, puedo notar el orgullo que ésta situación le proporciona, pues muchas miradas masculinas convergemos en su pecho que se quiere desbordar por los lados de su camiseta esqueleto roja. La textura de su piel lateral delantera aledaña a sus axilas, es notoriamente diferente al resto de piel, el estiramiento ha provocado una lisura alienígena de tono más claro, y en la mitad del pecho es dramático el cambio del relieve que provocó la invasión de la sustancia extraña.
Para mi gusto, esto le restó belleza en vez de sumarle. No tenía necesidad alguna de hacerse tal vejación. Su cara es de una hermosura inobjetable, con detalles delicadamente terminados, simetría venerable, cejas sin depilar, labios y mejillas sin toxina botulínica, su cabello recogido resalta la equilibrada proporción de tamaño 1 a 7 de su cabeza con su altura total. Su cuerpo, a pesar de su overol ancho, se insinúa prodigioso, sus pantorrillas se asoman vigorosas por debajo de las mangas pescadoras. Calculo que no ha insuflado su trasero. Mientras el masivo se va poniendo en marcha y nuestras caras masculinas van girando imantadas a aquella portentosa aparición, me deja abrumado las razones que tuvo ella para modificar su cuerpo.
No es posible decorar una belleza natural, intentar “mejorarla” bajo la bandera de la autoestima es engañarse, no se puede retocar el amarillo del girasol ni afinar el canto del zorzal.
Estas invasiones son fácilmente manifiestas, en bellas y feas, y no ayudan a modificar el adjetivo. Hoy están al alcance de casi todos los presupuestos, la estratagema mercantil ha inscrito esta práctica en la población consumidora, transversalmente, sin clemencia, sin dejar dudas al respecto, es casi cultura. Otra de tantas esclavitudes innecesarias e incomprensibles, que nos mantiene viva la tragedia de la recordada Catalina buscando el paraíso con sus tetas. Este procedimiento banal va camino de situarse como elemento glamoroso imprescindible, igual que la corbata masculina o los tacones femeninos, tan populares como absurdos.
La obligatoria cicatriz pervierte la piel y eterniza el lastre, no se borra ni en el recuerdo, siempre es visible aún sin espejo, incluso para aquel en nombre del cual se hizo la profanación: su hombre; tirano incólume que seguramente no hace méritos morales para recibir tales ofrendas.

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