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IguanaCorySe fue con su sonrisa eterna, su verde casi fosforescente, su inofensiva mirada rasgada, su instintiva ternura, su sumisión natural. Quiero saber a dónde se llevó mi amor incomprendido, mi amor también limpio y espontáneo.

Su fuerte y escamosa piel no la impermeabilizó de su insospechado destino, citadino y anunciadamente enfermizo. Yo percibía que su actitud contenía toda la condescendencia que la naturaleza tiene para con nosotros, una paciencia imposible en términos humanos. Su resignación fue más allá de la entrega plena. No parecía feliz porque sus párpados lucían caídos, tampoco desplegaba sus briosos movimientos innatos, aunque esa sonrisa permanente hacía pensar en la satisfacción maternal del deber cumplido.

Resistió su dolor como quien muere para salvar a un semejante, sin clamar recompensa por ello. Una primera implosión le arrebató su fulgurante verde dejándola aturdida y rígida, minutos después otra réplica la fulminó y quedó enjuta ante mis ojos, inundados más de impotencia que de lágrimas. No supe qué hacer, mi turbación superó mi profesión. Fue paralizante. No aceptaba que me dejara con ese silencio lejano e injusto. Fue poco tiempo a mi lado. Fue corto para que mi comunicación enlazara con la suya.

Me dijeron muchas veces que era irracional, que no era su hábitat, que no me amaría, que nos íbamos a hacer daño. Yo no estaba de acuerdo, esperaba imponer mi razón. Y había momentos de sensible acercamiento que me impulsaban a seguir. Alcancé a sentir su palpitar salvaje, a contemplar su manera inmutable de descansar, a emocionarme con algunas respuestas a mis propuestas comunicativas, estaba acostumbrándome a verla tumbarse de espalda en mis manos, sentía que confiaba en mi, que no le molestaba mi rudimentario arrullo.

Sé que nuestros momentos de aprendizaje a solas no fueron vanos, sé que tuve significado en su vida, sé que se sorprendió gratamente como yo por lo vivido, sé que desde alguna otra dimensión me guía, sé que sin ser humana me hizo crecer humanamente, sé que me esperará en la eternidad, lo sé.

Ortodoxamente no se podría aplicar ciertos verbos cuando uno se refiere a un animal, como actitud, resignación, condescendencia, amor y otros tantos, porque presuntamente no tienen alma, pero es precisamente ésta condición la que los hace moralmente dignos, solo comparables con la rectitud de un bebé. Esta experiencia me hizo por fin comprender una frase de una vieja canción, que influenciado por el contexto civil, me parecía contradictoria: “Yo quisiera ser civilizado como los animales”: Roberto Carlos en su canción El Progreso, 1977.

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