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Captura de pantalla 2015-07-06 a la(s) 18.14.48En las reuniones de amigos, desde que éramos niños hasta ahora ya adultos, aquellas conversaciones que empezaban con cualquier tema diverso relacionado con el momento recientemente vivido, en su recta final solían tomar un cauce social no premeditado, aunque sí recurrente. Aquellas en que “arreglábamos” el país. No en vano alguien pasaba y veía al grupo de amigos en la calle deliberando amistosamente y le gritaba: “¿y qué, arreglando el país?”.
Eran deliberaciones y hasta discusiones extensas donde desfilaban toda clase de argumentos contradictorios y coherentes, discursos frenéticos, existenciales, ideales políticos o religiosos y hasta experiencias ejemplificantes de lo que se decía y de lo que se creía verdadero. Hoy evidencio que esa tendencia sigue, porque sigo viendo grupos de amigos deshilando el mismo tema: Los que siempre han tenido el poder no lo van a soltar, y van a hacer lo que sea necesario para que la situación continúe así.
Al final de la reunión todos debíamos seguir como amigos, así que nos procurábamos frases que abortaban la conversación y que prudentemente dispersaban al grupo, dejándolo dispuesto para otra próxima reunión espontáneamente amistosa. Sentenciábamos frases como: “bueno, como todo va a seguir igual, me voy a dormir porque mañana toca trabajar/estudiar”.
Era, y lo es aún, la sumisión tangible de una comunidad ante sus diligentes opresores, que no tienen que esforzarse mucho para serlo. Es común que se hable, y exista, el “dueño del pueblo”, el “duro” del barrio, el “cacique” político, la “clase” gobernante, los apellidos de abolengo y todas estas banderillas clavadas en nuestra nuca, cual toro fuerte pero abatido, que nos mantienen siempre la cabeza gacha.
En la prensa ortodoxa que siempre ha dirigido nuestro criterio, y hasta determina nuestra conducta, nunca he visto una entrevista a un sedicioso levantado en armas, explicando a fondo por qué tomó esa decisión. Entonces, articulo esa posibilidad con aquellas conversaciones deliberadoras de grupos de amigos envueltos en una sumisión sin voluntad de salida. Me imagino a alguno de ellos abstrayéndose de ese marasmo y contemplando que sí es posible liberarse de esa inercia subyugante. Entonces veo clara la génesis de un subversivo.
Esa persona en rebelión no es más que uno de nosotros con otra convicción de sociedad, con una sana visión de cómo se deben repartir las bondades de la riqueza que el hombre es capaz de producir. Por sus tejidos corre la misma sangre nuestra, la que no muestra la prensa comercial. Sus vidas cegadas no son dignas de marchas televisivas, el dolor de sus madres pareciera no existir. Sus muertes son mostradas como merecidas y sólo suman en las cifras estadísticas. Se necesita una valentía infinita y una vocación multidimensional de servicio, para elegir sumergirse en esa ingrata clandestinidad, en esa actividad nómada ineludiblemente sufrible, jugándose la vida diariamente en los agrestes territorios olvidados, combatiendo a una clase dirigente indolentemente rapaz, y de ñapa, bombardeados permanentemente por la hostilidad de unos medios de comunicación al servicio del cacique de turno.
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