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PiezaFaltanteNo, no se trata de la muerte. Es de cualquier partida, cuando dejamos de estar en un lugar para ir a otro, o abandonamos una circunstancia para sumergirnos en otra.
A casi todos los cambios que nos impactan en nuestro recorrido de vida, le podemos construir un paralelo con la muerte.

Me ha tocado hasta ahora sobrevivir a diversa clase de gente, y obligatoriamente la vida sigue -ya llegará mi turno-. He creído que cuando se traspasa el umbral de la muerte, desde allá uno se da cuenta si las acciones que hizo acá valieron la pena.

Para hacer el tema menos lúgubre, lo voy a poner en cuerpo de un adiós laboral. También me ha tocado sobrevivir a muchos despidos y retiros laborales hasta ahora -ya llegará mi turno-. Es una escena ruda, que puede ser hasta dramática. Pero un tiempo después, uno ve que a la gente le toca seguir su camino. Atrás quedaron aquellos conflictos que ahora parecen tontos. Atrás quedaron esas tareas engorrosas que no producían resultados, pero nos tocaba hacer. Atrás quedaron aquellos afanes que parecían de vida o muerte. Atrás quedó aquel jefe montador que luego también despidieron. Atrás quedó ese control de calidad que se hacía más por obediencia que por convicción. Atrás quedaron esos saludos diarios de cartón. Atrás quedaron esos aplausos protocolarios de metas olvidadas. Atrás quedaron esas angustias que ahora parecen idioteces. Atrás quedaron los gritos de guerra de un trabajo en equipo para beneficiar a los accionistas. Atrás quedó el estéril orgullo de llegar siempre temprano y la estúpida vergüenza por llegar tarde. Atrás quedó el delirio por no poder decirle al jefe lo que se pensaba. Atrás quedaron los compromisos sociales derivados de esa relación laboral. Atrás quedaron las infalibles discusiones por las noticias de la noche anterior o el tema de frívola actualidad. Atrás quedó aquella incómoda situación de no comprar lo que vende tu compañero. Atrás quedaron las ineludibles historias tiernas de hijos ajenos en crecimiento. Atrás quedó aquel cliente insoportable al que tenía que consentir. Atrás quedaron los chistes de los jefes con carcajadas obligatorias. Atrás quedaron las conferencias garantizadoras de éxito. Atrás quedaron aquellas banales modas excluyentes. Atrás quedaron aquellas fastidiosas y repetitivas frases de compañeros ruidosos. Atrás quedaron aquellas horas extras que nos restaron vida; y tantas cosas oscuras que se van disipando como los sueños al despertar. Mutua disipación, pues muchos excompañeros también olvidarán tu nombre.

Pareciera que ahora la vida transcurre liviana para aquellos despedidos y retirados. Eran más las oscuridades que las claridades para aquellos asalariados, algo lógico en este capitalismo. No debió ser tan terrible como se pudo pensar en aquel momento coyuntural del adiós laboral; si no están ahora en la indigencia, o en la puerta de la empresa vendiendo rifas, es porque aquel suceso finalmente no fue lo que se temió.

Fueron amarras existenciales que ninguna remuneración puede pagar. Fueron límites experienciales que no justificaron la entrega. Fue tiempo irreversible de oportunidades inexploradas. Fue vida líquida que se escapó por entre los dedos. Fue arte potencial no arriesgado, un lienzo esperando pincel. Son canas que hoy no se pueden cubrir.

En tiempos pasados, escuchaba a algunos de la generación anterior, decir que algunas personas luego de trabajar tanto tiempo en un lugar, ya no se acostumbraban a no trabajar, ¡tremendo contrasentido!.

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