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Captura de pantalla 2015-09-26 a la(s) 11.33.17Uno de niño no decide ir a la escuela, lo mandan. Más grandecito uno continúa a regañadientes sin entender para qué lo hace. Escaparse de clase se nos antojaba toda una aventura, incluso para los talentosos. En los años de la pubertad, muchas inquietudes inherentes no son resueltas en el colegio. La adolescencia es una arena movediza bombardeada de ansiedad social, que perturba el inicio de estudios “superiores”, haciendo que muchos se inscriban en una actividad que no apetecen.
Es tarde, nos tienen constreñidos en este sistema de no defraudar a nuestro esquema social. En todas las Constituciones de todos los países la Educación está abanderada como un derecho inalienable. La reclamamos a morir y de todas las otras formas subyacentes, porque es la promesa del desarrollo y progreso colectivo basado en el conocimiento. Son innegables las razones para ello, parte del avance inescrupuloso de ésta civilización, ha tenido como plataforma la actividad educativa.
Sin embargo, y exponiéndome al escarnio ortodoxo que no aceptaría objeciones a tamaño axioma, expongo mis dudas respecto al presunto regocijo de educarse: Es derecho, deber, necesidad?, por qué debe ser de esta forma coercitiva en vez de ser opcional?. Todos los ámbitos conspiran para que así sea, desde una conversación espontánea, pasando por las costumbres centenarias, hasta las formas legislativas que presupuestan una edad estudiantil hasta los 25 años.
Sólo recientemente hay una incipiente articulación entre las entidades responsables de hacer coincidente la demanda y oferta de profesionales en la dinámica progresista del país. Hasta ahora siempre fue otra más de las apuestas a que juega este objetivismo capitalista: cada emprendedor, sea universitario o no, toma el camino de la rentabilidad, le guste o no aquella actividad que le produce su riqueza.
Cada individuo debería emprender su formación académica e investigativa cuando esté convencido de lo que quiere ser y hacer. Cuando sienta que hace parte de un entorno al cual se debe y que también responde a sus necesidades. Una pertenencia simbiótica.
Como derecho, la educación no me fija una edad límite. Como deber, me insufla una presión inconveniente. Como necesidad, en un escenario real, me motiva a fusionar ese derecho y ese deber para instruirme por iniciativa propia, en lo que conscientemente he elegido ser y hacer; y es en ese momento mágico e inconfundible de la decisión, cuando un Estado debe abrazar paternalmente a sus contribuyentes.

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