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pasajerosLas práctica de algunas costumbres me han levantado inquietudes, debates y hasta discusiones. No me agradan cuando se camuflan con el “saber popular”, o se imponen como tradición, sin que nos permitamos indagar por su origen o preguntarnos su razón de ser, su propósito utilitario. Las hay antiguas y reverenciales, de origen religioso, entre muchas otras, también las hay ligeras, más parecidas a hábitos nacidos de actividades específicas; a alguna de éstas últimas me voy a referir hoy.

La repetición de un hábito lo va convirtiendo en costumbre, y puede trascender de una persona a una familia, y después a una comunidad. Sin embargo, su posicionamiento en el imaginario colectivo, no está relacionado con su utilidad o beneficencia.

Hoy es “la noche de las velitas”, de niño era jornada de regocijo; luces, colores y sonidos que siempre me sedujeron, aunque no encontrara el por qué de las velitas para departir con los amigos, estaba lejos de entender su significación religiosa. Ya de adulto y pragmático, esta costumbre la sostuve como pretexto de reunión familiar, no como actividad utilitaria indispensable.

En el masivo hoy, me topé con aquellas que arriba llamé costumbres ligeras, una de ellas es el ceder el asiento a quienes más lo necesitan, salta a la vista su utilidad. Más aún, en el masivo está reglamentado: las sillas azules son para ese propósito. A pesar de todo eso, a un padre que viajaba con su bebé en brazos, nadie le ofreció la silla, ni siquiera un ciudadano en frente de él, supongo que no se sentía obligado al estar sentado en una silla común roja. Las personas se afanan al entrar al masivo para ocupar las sillas rojas. Es costumbre que quien ocupa una silla roja, se vaya sentado hasta el fin de su recorrido, a menos que la ceda voluntariamente a alguien muy necesitado. Este es el punto en que vislumbro una posible modificación progresista a esta costumbre: deberíamos ponernos de pie a la mitad de nuestro recorrido, para que otro pasajero tenga el mismo derecho. De esta forma sería una costumbre con utilidad permanente, que prácticamente haría innecesaria la reglamentación de las sillas azules.

Pero retomando lo dicho líneas arriba, pareciera que al imaginario colectivo no le importa la utilidad para acoger una costumbre, esto lo he hecho varias veces (ponerme de pie a mitad del recorrido), la gente me queda observando más con suspicacia que comprensión. Es cuando se siente el vacío del formalismo. Creo que si una campaña así fuese liderada por un ente oficial como la secretaría de movilidad o la misma empresa transportadora, una costumbre podría modificarse  eficientemente.

Recuerdo que cuando el transporte público era todo en los buses de antes, prácticamente no existía la costumbre de ceder la silla a los necesitados. Entonces irrumpe el servicio del transporte masivo trayendo consigo la reglamentación de las sillas azules, acompañado de una pedagogía inicial que fue muy efectiva porque la gente la acogió mayoritariamente. Es una lástima que dicha pedagogía no la sigan reforzando cada cierto tiempo, pues con la precaria formación cultural de nuestra gran masa poblacional, no podemos esperar esa inercia positiva de las costumbres.

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