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Captura de pantalla 2016-01-07 a las 2.12.42 p.m.Hago parte de uno de tantos países que se enorgullecen de ser libres. En el que el promedio bruto de sus habitantes creemos que la libertad es, entre otras cosas, poder gritar en la calle un madrazo al presidente sin ser perseguido por eso, o poder sumergirnos en aberraciones personales sin que nadie nos lo prohiba, o poder derrochar los bienes sociales y ambientales como si fueran infinitos, o poder disponer en el hogar como tirano sin que haya dolientes.

Aunque ni de joven comulgué con tales postulados, sí caí en la esclavista promesa del mercadeo capitalista, que me puso a soñar con el lujo, el turismo y las extravagancias, como objetivo último de nuestra lucha cotidiana. Fórmula cautivadora tan evolucionada, que no percibimos sus cadenas. En esta ocasión voy a referirme únicamente a la faceta del turismo como usurpador de mi libertad, como hace con el promedio bruto.

Me enfilé con orgullo como nuevo empleado de una próspera factoría. Muchos deseaban un empleo así, tanto que un día un vecino, al enterarse, me dijo con admiración: “te ganaste la lotería”. En medio de mis aspavientos de hombre libre, no lo veía así, sino como haber resuelto el asunto de la supervivencia sin sacrificar mi libertad, esa que saboreé durante mi niñez e incipiente juventud por gracia de mis padres, quienes me proveían esa supervivencia, de tan eficiente manera que hasta ese momento no dimensionaba su costo.

Ya adentro del sistema “productivo”, empecé a desvelar sus reglas, comprendí por qué el término vacaciones en vez de relacionarse con su raíz: vacante, lo asociamos al turismo. Todo está sincronizado (el establecimiento), aquella empresa, como muchas otras, dan un pago anual de “vacaciones” adicional al que el Estado obliga a pagar. Entonces ese dinero se lo devolvemos al mismo sistema, en forma de turismo porque las vacaciones tienen como ícono una playa, en vez de unas alas que precisamente aludan a ese albedrío temporal.

Había mordido el señuelo. Pronto me convertí en otro esclavo de ese torbellino implacable. Mi derrotero como “ciudadano de bien” se me iba revelando a su debido momento. El sistema financiero pronto me arropó con sus interminables tentáculos para “facilitarme” la vida, me prestó dinero para ese turismo vacuo e interminables cosas más.

Yo creía que era libre por tener un empleo, una casa y viajar en vacaciones. El sofisma hizo que no viera la frontera invisible en que pasé de ser acreedor a ser deudor, y ya no fue posible salir de ese confinamiento preparado por el sistema.

Sucesivamente, y en cada momento preciso, se fueron sumando esas otras promesas interminables del consumismo: “calidad de vida”, automóvil particular, educación privada, cambio de estrato, seguros, entretenimiento, etc., pero el buen banco nos sigue “facilitando” el camino. Todos esos objetos que no necesitamos y olvidamos, la gula amaestrada, los adquirimos con el dinero que no tenemos. Día tras día, a través de los todopoderosos medios publicitarios nos mantienen envilecidos que esa es la vida que nos hace sentir “parte” del mundo.

Por acá, sobrepasando mi quinta década, creo estar despertando de ese letargo, cual libertad?. Es un frustrante desaire; algo así como si tu esposa, después de 30 años juntos tomando café, una tarde te dijera: “para serte franca, a mí no me gusta el café”.

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