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De tanto caminar calles, parques y lugares públicos, uno se va formando un concepto estético de ciudad, de cómo debería lucir a los ojos de todos, si se quiere paisajístico, de este entorno urbano, que por ser de todos, no tiene dolientes directos sino de turno.

Es fácil aceptar que la estética sea una consideración subjetiva dentro de una perspectiva artística, lo cual excluiría a aquellas personas que no profesen interés artístico alguno, que son muchas. Esto explicaría que la ciudad no luzca estéticamente agradable a esa minoría obsesiva en lo bello.

Que la ciudad luzca bella seguramente es tarea de algún organismo de Ornato y Aseo, dependiente de la alcaldía, sin autoridad punitiva alguna, sin planes estéticos de gran escala y seguramente sin presupuesto. La única evidencia de esa tarea son los trabajadores pagados que barren algunas calles y andenes “principales”. La estética restante se deja al albedrío comportamental de todos, cada vivencia o comportamiento de cada uno de nosotros va dejando un rastro que se transfigura en una pincelada dentro de ese lienzo que es la ciudad.

Un estudiante escupe un chicle al andén; un niño arroja el empaque plástico de su bombón a través de la ventana de un bus, su madre también; una trabajadora que se afana a abordar el masivo, trae una chocolatina a medio comer, al terminarla, su empaque de papel encerado también es despedido por la ventana; de un edificio de apartamentos sacan la basura al andén público porque esa noche será recogida, como no hay separación, los indigentes recicladores hacen esa labor sin ninguna metodología dejando las bolsas con sus entrañas a la vista; de un automóvil en movimiento, alguien arroja una lata de cerveza; a la vera del camino que me conduce al trabajo hay manojos y montones de basuras, unas desde hace mucho y otras recientes; en los paraderos de buses no hay canecas oficiales de basura, pero dos metros andén adentro, hay despojos de basura nunca recogida; hay también escombros en los andenes de todos, pero nadie dice nada, ni hace nada; no falta el colchón, el escaparate o el asiento deteriorado, que ha sido arrojado sin escrúpulo alguno encima de un cafetal; en la estación del masivo instalaron de buena fe un recipiente exclusivo para recopilar pilas vencidas, pero está más llena de botellas y empaques, que de pilas; un vecino saca a su perro a que defeque en el andén por donde caminamos todos; las canales de aguas lluvias se taponan frecuentemente por los centenares de colillas de cigarrillos que los fumadores tiran a los tejados; en el camino ecológico del parque hay decenas de botellas y empaques plásticos en la hierba. Cada una de estas pinceladas conforman la apariencia urbana de nuestra ciudad.

Cada basurita es ese rastro comportamental que parece inextinguible en el tiempo, porque lo vienen haciendo los niños de generación en generación, tanto, que parece parte de su accionar de vida, que no le genera reflexión ni arrepentimiento. Todos pasan por encima y por el lado de la basura, no les incomoda, no les parece indigno, lo asumen como algo inherente, las campañas institucionales al respecto son aplaudidas, pero al otro día la misma mecánica indolente prosigue.

Hay una indiferencia masiva a prodigar belleza urbana, no consideramos el impacto que podemos llegar a tener en ese ámbito, a entender que este lienzo urbano es la muestra pictórica de nuestra estética vivencial. Notemos que el factor común de esos comportamientos es que se deja la basura en la calle, no en el lugar concebido para ello. El viento y la lluvia no saben mucho de este urbanismo creado por nuestra civilización. Quizá cuando dejemos de ensuciarla, el organismo local de Ornato y Aseo convierta a los barrenderos en jardineros. Cual es tu pincelada ?

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