Etiquetas

nervadurasLa esperanza es como una madre, no se cansa de esperarnos. Se involucra en casi todos los sucesos que vivenciamos, en lo que se nos ocurre y hasta en lo inesperado, mostrándose furtiva, paciente y hasta coqueta. Qué tan profundo es nuestro idilio con esta percepción ?.

En estos días previos a elecciones, regurgitan resentimientos del pasado. Creemos, con razones de sobra, que no hay remedio, que esos políticos ladrones nunca van a solucionar nada, que sólo suben al poder para enriquecerse y no se conectan con las necesidades de la población. Hoy en la mañana me encuentro con un vecino al que le retornaron esos demonios cuando le pregunté si le había tocado ser jurado, me dijo que no, acompañado de una supuesta explicación que tenía que ver con el sitio de la inscripción de la cédula. Tras lo cual me aseveró que no iba a votar, ah!. Ese ah! lo interpreté como: “Si me preguntas por qué, me voy a desplegar en irritantes argumentaciones, así que ni te atrevas!”. Había perdido toda esperanza.

Entonces me vino a la mente un foro que televisaron anoche en un canal cultural, en el que intercambiaban ideas a cerca de la movilidad en las grandes ciudades y sus dificultades, habían expertos de varias ciudades del mundo. Entre todas las argumentaciones, me sorprendió una de la experta francesa, cuando exponía que en París había un acuerdo tácito entre quienes lideraban las diferentes zonas por donde pasaba todo el sistema multimodal que cubría el transporte de París y sus alrededores. Habían logrado que por encima de sus perversos intereses políticos, emergiera una solución conjunta que a la larga también les sería útil políticamente. Hubo allí una feliz coincidencia de los intereses políticos con los intereses civiles. Fue una evidencia de la paciente esperanza que siempre anda por allí merodeando.

Despreciar la oportunidad de votar sería como el esclavo que se niega a correr apostando por su libertad, como sucede en la película de Gibson, Apocalypto, cuando obligaban a los presos a escapar para asesinarlos con las lanzas, lo cual era parte de un entretenimiento sádico de los tiranos, un entrenamiento más para la destreza sanguinaria de sus guerreros. Pero un día tres esclavos maquinaron una forma de poder evadir las lanzas mortales. Logró escapar uno. Fue una esperanza más, que aunque pueda ser parte de la ficción del cine, no deja de ser emuladora de sucesos reales.

Casi todos los acontecimientos del mundo de hoy son apuestas, en vez de ser resultados de una planificación. Bajo una mirada pragmática, esa bonita y romántica esperanza no deja de ser una apuesta, otra creación deliberada para estimular la sumisión de las mayorías. Es el triunfo del sortilegio sobre la caución. La furtividad es inherente a la esperanza, porque de ser predecible, perdería su razón de ser y hasta su nombre. Ese trueque de uno a mil, parece que mantiene vivo el instinto desafiante de nuestra sufrida y romántica cultura latinoamericana.

La aparente ventaja social de algunos países europeos puede estar basada en la mayor frecuencia con que se cristalizan esas esperanzas, como vimos, impulsadas o precipitadas por los acuerdos entre las personas. En este orden de ideas, la esperanza seguirá embelesándonos un tiempo más, por tanto hay que procurar aumentar la frecuencia de sus apariciones por nuestras latitudes, así como ha acontecido en Europa.

Anuncios