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TribunaSi filtráramos nuestra mirada y viéramos el mundo solamente como un teatro, habría dos tipos de personas: los que observan y los que actúan. Los vemos recurrentemente a nuestro alrededor, la atención de los muchos capturada por los pocos, casi presos los unos por los otros: los televidentes por el televisor, los visitantes por las vitrinas, los oyentes por la emisora de radio, los internautas por su computador, los lectores por el periódico, los usuarios por su teléfono móvil, los cineastas por la película, los fans por el concierto, los adeptos por su líder, los jugadores por el videojuego, los espectadores por el partido, los apostadores por el casino; y así, innumerables muestras más.

El entretenimiento hace parte de la vida de hoy, tal vez como nunca antes. Cada vez hay más habitantes, y la gran mayoría van a estar en la tribuna, no en la tarima. Los actores impiden el crecimiento de sus observadores porque los mantienen ocupados contemplando cada producción. Cada paladín está siempre en función de conservar y agrandar su audiencia. No descansan, y con frecuencia calculada van actualizando sus hipnóticas fabricaciones.

La gran masa poblacional, consumidora dócil de entretenimiento, son los proveedores perennes y pusilánimes de la riqueza déspota de aquellos creativos. Esa gran tribuna se ha acostumbrado tanto a ello, que resignan hasta su porvenir a lo que les presenten en la vitrina, lo que les pongan a consumir determina su existencialismo. Desprecian su propio tiempo por obedecer el mandato de ese entretenimiento insulso. No encuentran su lugar en su propia mente si el teléfono móvil o el televisor no les está dictando qué ver o hacer, hasta se “enamoran” remotamente.

Cada día que voy llegando a casa, percibo decenas de hogares sintonizando el mismo emisor, las personas derraman su tiempo asimilando cuanta ocurrencia les repiten en las cajitas mágicas. Es rutinario verlos afanados buscando rellenar ese tiempo suyo con el ingenio de otros. Hasta he escuchado a personas decir: “No hay nada para ver”, “Para qué vacaciones si no hay dinero”. Todos en torno a ese expositor foráneo. Los comunes no conversan entre si, no dibujan, no investigan, no proponen, no cantan, no cuestionan, no ejercitan, no escriben, en fin, no emprenden creaciones propias que incuben una audiencia propia.

No se vislumbra una intención de cambiar la dirección de ese fluido de la riqueza, que va en un único sentido. Esta mansa sociedad consumidora sigue en el patio trasero de la esfera global, obedeciendo una dinámica comercial que ya conforma una sola atmósfera mundial, impuesta por aquella estirpe desarrollada, que mantiene el control del acceso al conocimiento y a la tecnología. De tal forma, que van a seguir ganando los mismos, rompiendo marcas los mismos, rotulando la historia los mismos.

Nos mantienen embelesados con innovaciones tecnológicas, promesas imperdibles, letras melodramáticas, superhéroes deslumbrantes, historias fabulosas con guiones repetitivos pero efectos especiales, marcas imbatibles, redes asfixiantes. Es el continuismo de una esclavitud secular, que otrora se hizo sanguinariamente, y que hoy se confecciona con encantamientos ensamblados en modernismo, de tal forma que además de no darnos cuenta de ello, hasta pagamos por ese cautiverio y por su mantenimiento: para un consumidor cautivo, es motivo de orgullo ser el primer comprador del último iphone, con todas las vejaciones que ello encarna. Los de menos, seguimos facilitándole el mandato a los de más.

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