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Me había estado moviendo como una marioneta, sólo que me parecía que yo mismo movía los hilos. Me sentía flotar encima de unos días felices, sin memoria, sin historia, sin recuerdos, sin reloj, sin obligaciones y con unas alas inmensas y tan livianas que no necesitaban hilos.

Un día cualquiera, como esos de algodón, me lo llamaron lunes, debía entrar a la escuela. Me fui a voluntad con mis hilos porque me habían explicado que era un lugar maravilloso, que así me comenzaría a parecer a los grandes, que mamá y papá se sentirían orgullosos, y mi inocencia creyó, así empecé a ceder mis felicidades pensando lo contrario.

A mi lado marchaba forzado mi hermano, sus hilos habían reventado en lágrimas, yo lo miraba y no lo comprendía, él me comprendía menos. Ayer tan despreocupados y ese día tan extraños, él era dueño de su razón y yo de la mía. Han pasado muchos años desde aquel punto de inflexión, hoy pienso que él si estaba apropiado de su razón, y aunque la mía no parecía débil, era prestada.

Mi hermano no terminó el día en la escuela, lloró mucho y nadie le preguntó. Yo sí terminé y sí me preguntaron. Al otro día fue el mismo empuje para mi hermano, el garrote se hizo sentir, pero ya no era aquel garrote de los días de algodón, cuando todo pasaba y nada quedaba; ahora dejaban rencor, culpa de la escuela?. Así seguíamos cediendo nuestros días felices, aquellos sin fecha, sin noviembre, sin sábados, sin números. Mi hermano lo sabía y yo no, por eso él lloró también al otro día, uno llamado miércoles, también el jueves y no se cuántos lunes más. Desde entonces todo empezó a cambiar paulatinamente, aquella cercanía incondicional empezó a diluirse, fue una ruptura sin retorno.

Me inscribieron en Kínder, y no en Primero, dizque porque estaba muy chiquito, tampoco fui yo quien lo decidió. A pesar de las planas de bolitas y palitos aún conservaba mis hilos, creo, y más aún, mis alas; las usaba ya no cuando quería sino cuando podía, por ahí en algunos de los renglones intermedios de las eternas planas de números y letras, claro que también a veces me sentaba en algún guión a descansar, hábito éste, nuevo para mi.

El trajín era arduo, recuerdo que la profesora Melba lo sabía todo; todo lo respondía y a veces en forma rara, como enojada. Varios años después comprendí eso, pues tampoco mi papá lo sabía todo. Todos los días la pasábamos sentados en los pupitres escribiendo y escuchando a la profesora, cuando ella callaba era para pasearse por los corredores formados por los pupitres meticulosamente alineados, como vigilando, como sometiendo, como en la película de Pink Floyd. Sólo nos parábamos para el recreo, o los clásicos viernes a última hora para ir a la torturante gimnasia y al anhelado fútbol, anhelo que era adquirido porque no nos cultivaban más. Los recreos eran un poco regresar a los días sin fecha, pero había una diferencia grande: teníamos reloj. Los días eran largos, alcanzaban para dos jornadas y quedaba tiempo para disfrutar el sol, pues no era tan caliente como ahora, después llegaban las noches, que, a medida que pasaban se volvían menos libres, culpa de las tareas, camufladas como una responsabilidad halagadora, pero que luego nos mostró su tirano rostro.

Algunas responsabilidades que nos siembran desde niños son el legado de una cobardía existencial permanente, consuetudinaria, que a través del tiempo se va desenmascarando con la erosión vivencial, casi al final del camino; cuando ya no hay cobardía, tampoco queda ímpetu, ese desafiante natural, ese que le sobraba a mi hermano de niño, y que yo no identifiqué.

Hoy no tengo a mi hermano a mi lado. Está lejos en tiempo y en distancia, lo que inexorablemente nubla cualquier promesa de emoción para un encuentro futuro. Hay circunstancias que nunca regresan ni se repiten, como el agua del río que sólo nos moja una vez.

 

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