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cortesana
Para mantener un equilibrio de convivencia, un estado debería operar como regulador entre empresarios y trabajadores, o entre ricos y pobres, o entre productores y consumidores; o sea, arbitrar la llamada lucha de clases. Un estado es el conjunto de instituciones que deben cumplir esa labor reguladora.
Pero el promedio ciudadano cree que quien manda en un país es el estado, es una creencia sana, a pesar que ello dificulta su entendimiento y nos pone lejos de tener participación o interactuar e influir en ese estado que siempre parece lejano. Algo contradictorio en una democracia si nos atenemos a su etimología: poder del pueblo. El estado es la imagen visible a través del gobierno de turno, pero no es quien manda. Quien manda detrás del estado y del gobierno son quienes producen la riqueza: Los empresarios. Desde luego, de manera indirecta pero infalible y perseverante.
Como una rudimentaria didáctica, he pensado que un estado es como un autobús, que su conductor es el gobierno de turno, que los pasajeros son el pueblo, pero que el dueño del autobús son los empresarios. Así alcanzo a imaginarme a los dueños del autobús contratando a los conductores cada cuatro años: un presidente con su congreso, sintetizando el tema.
Y para concebirlo cerca y sin fábulas, quizá sea necesario apocopar toda esa estructura compleja hacia un panorama tangible y comprensible para nosotros, los ciudadanos comunes. Cuando escalamos el tamaño de un estado hasta un departamento, reducimos la complejidad de entendimiento: un gobernador con su asamblea. Si escalamos más pequeño: un alcalde con su concejo. Nos va pareciendo más comprensible una ciudad. Y podemos seguir: un barrio y su junta comunal. A estas estaturas ya podemos distinguir comunidades cotidianas a nuestra vista; como un colegio: con su rector y su red administrativa; como una empresa local: con su dueño y sus supervisores; como las congregaciones religiosas: con su pastor y su séquito; como nuestra familia allegada: con su pariente rico y sus aduladores; podemos llegar incluso a nuestra familia parental: con su cabeza de familia al mando.
Ya en el contexto de una familia, podemos ver claramente que las decisiones son tomadas por el/la cabeza de familia, no por su pensamiento regulador, sino porque es el generador de los recursos. Contundente y diáfano. La gran mayoría de decisiones en una familia, colegio, congregación o comunidad, tienen una connotación económica, no jerárquica. Tal como en la familia, sucede a gran escala en los estamentos de poder del estado: son los empresarios los que contubernian las decisiones desde el asiento de atrás.
Toda la infernal infraestructura montada para la ejecución del modelo democrático, queda en ilusión. Si los que toman las decisiones son los acaudalados, etimológicamente vivimos en una plutocracia: poder de los ricos, ni si quiera en una aristocracia: poder de los mejores, ni específicamente en oligarquía: poder de unos pocos.
Cuando la mayoría de ciudadanos por fin nos reconozcamos componentes vitales de nuestro entorno, podremos romper esa infinita espiral gobiernista de los mismos con las mismas. Es más fácil enrarecer la opinión de 4 ciudadanos entre 10, que de 9 entre 10. Entonces podríamos disfutar de esta democracia mutándola a participativa. Que en gran medida no la sentimos cercana y útil precísamente porque nos negamos a explorar sus potencialidades, más sabiendo ya que un cambio por las fuerza es una insensatez.
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