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RegresoEs difícil jugarlo todo en una apuesta. Regresar no es hoy una opción contemplada por el señor Fernández. Hace diez meses lo venía considerando y por fin dio el salto al vacío, a encontrar algo que le esperaba.

Era viudo desde hacía siete años, cargando un duelo jurado a su único amor, aquel amor de los días cortos y auroras de colores. Fueron felices, con hijos incluidos, pero éstos se apartaron con sus destinos. En diversas facetas, la constante era un buen vivir de palabras entrelazadas y silencios cautivadores, no perturbados ni por sus numerosos nietos trajeados de tiranos.

La pérdida le sobrevino cuando sentía su misión cumplida. Pero mucho tiempo pasó y los días grises fueron opacando aquellos colores. El curso de su vida se fue tornando en un círculo sin sentido que lo fue confinando a unas pocas actividades siempre relacionadas con su duelo, incluso distanciándolo de aquello que solía hacer con agrado: tomar fotos en la plaza central, frente al congreso de la república. Sus colegas fotógrafos lo llamaron insistentemente los primeros años después del fallecimiento de su amada, también lo visitaban, pero fue tal su rol de fiel viudo, que olvidó casi por completo aquella dinámica que le generaba el sustento diario. Preparaba café para dos, arreglaba la cama con cuatro almohadas, se trasnochaba viendo aquellas películas románticas que compartían, aprendió a cocinar como ella, se bañaba con la puerta de la ducha abierta cantando como Sandro, se asomaba por la ventana a la misma hora de llegada, se seguía afeitando antes de desayunar, se vestía siempre suponiendo su aprobación de color, el perfume de ambos, se sentaba donde ella lo hacía, aprendió a dormir y cuidar su siesta, a intentar su arte manual; parecía como si quisiera hacerla volver de alguna forma. Sin embargo, las tardes crepusculares, que también compartía con su amada en vida, parecían susurrarle algo que no había podido descifrar en todos esos años. Esa seductora y extraña inquietud era el hilo que lo sacaría del túnel.

Aquel día no empacó cosas para llevar. Todo lo dejó, apostó el resto de su vida en esa jugada. Respiró liviano, de alguna parte se sentía respaldado, sentía firme su caminar. Salió a su paseo matutino y no regresó más a aquel encierro que se había improvisado por amor póstumo. Descubrió que aquel susurro vespertino era la voz de su amada, instándole a que siguiera tomando fotos, que ella estaba bien. Y regresó a obturar sus días.

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