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Selección_001Durante mi adolescencia admiré como a pocos a Eulalio. Tuvo una niñez y adolescencia sufrida debido a los precarios recursos, pero estudió en colegio público, aprobando con altas calificaciones, lo que le dio un cupo en la universidad pública de la ciudad, donde también fue alumno avanzado. Pobre como casi todos los del barrio.

Desde el colegio fue tornándose de pensamiento consecuentemente social, participando en marchas y actividades de esas que me parecían propias de valientes, escabulléndosele a la policía, como acontecía frecuentemente en aquellos años 70’s. Contestatario, de aquella estirpe soñadora de cabello largo, que no temían enfrentar con piedras a la fuerza pública. Una vez lo ví marchando con mucha otra gente por las calles de mi barrio, con panfletos y altavoces, gritando consignas, defendiendo a una comunidad que la iban a desalojar de la orilla del río.

A pesar de estar en una universidad estatal, el sostenimiento del estudio era costoso para Eulalio: transporte, alimentación, materiales y demás. Recuerdo que emprendió un cine-club, tal vez como auto-sostenimiento, el contenido de aquellas películas también trataban la problemática social. Poco después se casó y esto le permitió terminar sus estudios, pues su esposa trabajaba. Yo lo percibía como a un filósofo cuando lo escuchaba hablar, con una suficiencia casi irrefutable. Por eso pensé que haberse casado era una decisión correcta para él.

Algún tiempo después, un día inesperado, llegó a pedir que lo dejáramos quedar en casa porque se había separado, con lágrimas en sus ojos narró lo que para mi era impensable. Una prematura y desconcertante decepción para mí, porque hasta llegué a ponerlos de pareja ejemplar. Algunos absolutismos se me comenzaron a derrumbar tempranamente. La filosofía podía ser excluyente con las emociones.

Después de terminar sus estudios, se empleó en una multinacional. Se comenzó a gestar mi segunda decepción. Yo, que erigía a Eulalio como ejemplo para otros estudiantes en proceso, tuve que pasar de agache ante esta metamorfosis. Él ya no iba a vivir al lado de aquellos desposeídos que defendía tiempo atrás. Se instaló en un barrio donde se le evaporaron las inequidades sociales. La casa la remodeló con arquitecto a bordo, hoy vive allí con su nuevo hogar e hijos que estudian en universidades privadas. En aquellos tiempos escuché a dos tías suyas manifestar que era un ingrato.

Pasado otro tiempo más, supe que estaba vinculado con una congregación religiosa. Me negaba a creerlo, para mí era incompatible que todo ese insumo académico y vivencial declinara en favor de cualquier fervorosidad religiosa. Una de tantas atrapó a Eulalio, de esas que surgieron luego que la Constitución del 91 puso al país laico, dando fin al monopolio católico. Entonces diversas ideologías religiosas lanzaron sus redes para sumar adeptos, tal como cualquier campaña de mercadeo moderno. Él cayó en una de tantas redes. Y sigue allí hasta ahora. Un día me contaron que lo vieron intentando sanar a una enferma, con gritos y conjuros en nombre de dios. Esta tercera decepción me dio un plop! completo, como los de Condorito.

Alguna vez escuché a un científico decir desprevenidamente: “no es lo mismo saber que entender”, lo he visto aplicado a otras circunstancias, y creo que esta es una más. Obviamente Eulalio no es culpable por mis decepciones mencionadas arriba. Esta es una contextualización desde mi orilla. Cada cual con sus razones, o con sus justificaciones. Supongo que una conclusión debería validarse sobre caminos finalizados, por lo que pueda ser que Eulalio me sorprenda gratamente ahora que está incursionando en la política.

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