MI TERRITORIO PRIVADO

Etiquetas

,

Captura de pantalla 2016-05-02 a las 11.20.14 a.m.La propiedad privada es uno de los estandartes del sistema que hemos construido y permitido. No podríamos concebir nuestro actual modo de vida sin su palpitar, que mientras arruina a unos, a otros los envilece. Nos enseñaron a poseer, desde la temprana niñez, hasta la inoportuna muerte: un pezón, un juguete, una cama, una empleada, un reloj, una cuenta, una casa, una empresa, un país, un seguro exequial.

El sentido de propiedad tiene un largo recorrido milenario, desde cuando aquellos primitivos grupos de humanos se dieron cuenta que podían domesticar a algunos tipos de animales, y después cuando decidieron establecerse, y cuando después sobrevino la agricultura con sus excedentes, más adelante el desarrollo de las armas resultaría contundente para su consolidación. La tierra, como todos los bienes, se concebía primariamente como una propiedad colectiva que podía contener a toda la tribu y proveer su seguridad alimentaria. Todo lo demás era vivir.

Desde entonces, la dinámica transformadora de este concepto, en forma y fondo, nos ha aterrizado hoy a situaciones penosas, vergonzosas y hasta aberrantes. Pero ya no nos damos cuenta de ello, la metamorfosis mental está completa. A unas personas les toca amanecer a la intemperie enfrente de un parqueadero: esos humanos sienten frío, pero abrigamos nuestros autos. Ante un auto, un artista exhibe sus habilidades mendigando para un almuerzo. Mientras almuerza barato, un comensal cuenta cuántos millones gana un deportista famoso por minuto. Un deportista retirado, para sobrevivir, se pone a vender minutos de telefonía en una esquina. Una empresa de teléfonos fue vendida, su renta que antes iba a un país entero, ahora va a un solo dueño. El dueño de un almacén compra barato y vende caro, con esa fórmula agranda su propiedad privada sin aportar al desarrollo de su país. Un país paupérrimo produce exceso de alimento, pero es para alimentar el ganado de otro país. El ganado es propiedad privada que enriquece, aunque no todos coman carne cada día. Cada día, una persona pudiente va a usar cualquiera de sus tres autos para ir al teatro. A cualquier teatro es posible ir y volver en el transporte público. A la mayoría del público le gustaría más tener un auto, que ver teatro. Lo emocional es eclipsado por lo trivial.

En las leyes y en el mundo de hoy, la propiedad privada es la garantía de supervivencia, es casi un objetivo de vida, una carta de presentación; todo esto luce bien, excepto que se le permita ser ilimitada: una legalización de la distribución mezquina de todos los bienes del planeta. El mapa político de hoy, casi todo fue el resultado de ambiciosas guerras.

Deberíamos encontrar una forma de regular la condición ilimitada que tiene la propiedad privada, para que las personas no se desboquen cada día por aumentar sus posesiones, en una competencia por dejar la fortuna heredable más robusta. Por leyes no es viable porque los estados obedecen al crecimiento de las corporaciones. Tal vez revertiendo aquella metamorfosis mental que hizo cosificar las personas y personificar las cosas, desmantelando la falsa promesa de una vida mejor ofrecida por la opulencia. Quizá si el algoritmo apuntara en sentido contrario: que la riqueza avergonzara a las personas en vez de enorgullecerlas; que el contexto social no haga apología a la prosperidad económica, sino a la emocional; que los premios por logros intelectuales no sean bienes envilecedores. Propender por la emotividad del ser, en vez de su materialidad. Obraría como autorregulador.

Una propiedad mínima básica suficiente para subsistir, debería ser un derecho inalienable de todas las personas, evocando aquella primitiva seguridad alimentaria y de territorio, que la tribu le ofrecía a sus miembros, a través de una propiedad comunitaria. Un ciudadano debería ser responsable de la casa en que vive, no dueño. Y menos aún, ser propietario de otras casas. Al fallecer un ciudadano, el estado, a modo de aquella tribu reguladora, adjudicaría ese inmueble a otro ciudadano.

DE MAÑANA Y DE NOCHE

Etiquetas

,

Captura de pantalla 2016-03-31 a las 3.15.05 p.m.

Hoy temprano sorprendí
a la mañana mirándome,
noté que supo de mi padecer,
sus ojos estaban piadosos,
deslizaba su llanto rocío
por la única ventana abierta,
la que le permitió verme

El aire oscuro
que acompañó mi desvelo,
le susurró con brisa mi cavilar,
después se fue a dormir el día,
dejándonos a la mañana y a mi
la asfixiante tarea
de sortear este día sin rutina

En algún lugar de mi memoria,
meciéndose a la paz de una hamaca,
orondo esta el recuerdo del primer beso,
aquel beso cándido, aquel tímido,
febril, de ojos cerrados,
que hizo cimientos neuronales
porque ya no se irá

Hoy es cualquier sábado
en cualquier calendario,
hoy es otro día a noche,
que infla la distancia del recuerdo,
pero la noche no supo que hoy te veré,
aunque después te vayas,
ahora puedes cubrirme, noche.

ESTÉTICA VIVENCIAL

Etiquetas

,

Calle limpia1.jpg

De tanto caminar calles, parques y lugares públicos, uno se va formando un concepto estético de ciudad, de cómo debería lucir a los ojos de todos, si se quiere paisajístico, de este entorno urbano, que por ser de todos, no tiene dolientes directos sino de turno.

Es fácil aceptar que la estética sea una consideración subjetiva dentro de una perspectiva artística, lo cual excluiría a aquellas personas que no profesen interés artístico alguno, que son muchas. Esto explicaría que la ciudad no luzca estéticamente agradable a esa minoría obsesiva en lo bello.

Que la ciudad luzca bella seguramente es tarea de algún organismo de Ornato y Aseo, dependiente de la alcaldía, sin autoridad punitiva alguna, sin planes estéticos de gran escala y seguramente sin presupuesto. La única evidencia de esa tarea son los trabajadores pagados que barren algunas calles y andenes “principales”. La estética restante se deja al albedrío comportamental de todos, cada vivencia o comportamiento de cada uno de nosotros va dejando un rastro que se transfigura en una pincelada dentro de ese lienzo que es la ciudad.

Un estudiante escupe un chicle al andén; un niño arroja el empaque plástico de su bombón a través de la ventana de un bus, su madre también; una trabajadora que se afana a abordar el masivo, trae una chocolatina a medio comer, al terminarla, su empaque de papel encerado también es despedido por la ventana; de un edificio de apartamentos sacan la basura al andén público porque esa noche será recogida, como no hay separación, los indigentes recicladores hacen esa labor sin ninguna metodología dejando las bolsas con sus entrañas a la vista; de un automóvil en movimiento, alguien arroja una lata de cerveza; a la vera del camino que me conduce al trabajo hay manojos y montones de basuras, unas desde hace mucho y otras recientes; en los paraderos de buses no hay canecas oficiales de basura, pero dos metros andén adentro, hay despojos de basura nunca recogida; hay también escombros en los andenes de todos, pero nadie dice nada, ni hace nada; no falta el colchón, el escaparate o el asiento deteriorado, que ha sido arrojado sin escrúpulo alguno encima de un cafetal; en la estación del masivo instalaron de buena fe un recipiente exclusivo para recopilar pilas vencidas, pero está más llena de botellas y empaques, que de pilas; un vecino saca a su perro a que defeque en el andén por donde caminamos todos; las canales de aguas lluvias se taponan frecuentemente por los centenares de colillas de cigarrillos que los fumadores tiran a los tejados; en el camino ecológico del parque hay decenas de botellas y empaques plásticos en la hierba. Cada una de estas pinceladas conforman la apariencia urbana de nuestra ciudad.

Cada basurita es ese rastro comportamental que parece inextinguible en el tiempo, porque lo vienen haciendo los niños de generación en generación, tanto, que parece parte de su accionar de vida, que no le genera reflexión ni arrepentimiento. Todos pasan por encima y por el lado de la basura, no les incomoda, no les parece indigno, lo asumen como algo inherente, las campañas institucionales al respecto son aplaudidas, pero al otro día la misma mecánica indolente prosigue.

Hay una indiferencia masiva a prodigar belleza urbana, no consideramos el impacto que podemos llegar a tener en ese ámbito, a entender que este lienzo urbano es la muestra pictórica de nuestra estética vivencial. Notemos que el factor común de esos comportamientos es que se deja la basura en la calle, no en el lugar concebido para ello. El viento y la lluvia no saben mucho de este urbanismo creado por nuestra civilización. Quizá cuando dejemos de ensuciarla, el organismo local de Ornato y Aseo convierta a los barrenderos en jardineros. Cual es tu pincelada ?

POR ESOS DÍAS

Etiquetas

,

Meseta

Y todo lo que hago es por esos días,
que han de llegar para no irse más,
caminando una meseta sin final,
ojalá mano a mano en poesía.

En todo lo que pienso está tu figura,
lenta, profunda y triste como el aire,
que está allí esperando siempre,
bordando el tiempo como aventura.

Ninguna espera es corta ni placentera,
sus promesas sólo son dádivas mías,
que ocasionan sobregiro en mi cuenta
y empeñan todo en nombre de tu llegada.

Esos días van a ser los incontables,
de luna y sol indiferentes y eternos,
de confort sin arrepentimiento
y dulces sueños en laureles.

APOLOGÍA MERCANTIL

Etiquetas

,

Uncle

Nuestra dinámica de vida, hoy día es mayoritariamente conducida por el mercadeo, profesión que manejan magistralmente las grandes corporaciones, tanto, que nosotros mismos somos sus impulsores gratuitos. Es la moderna esclavitud mercantil.

Federico Engels en su obra investigativa “El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”, vislumbró esta forma de esclavitud hace más de un siglo, como una proyección de aquella esclavitud de los imperios, luego como la servidumbre de la edad media, y personificándose en estos tiempos modernos en el asalariado.

Las grandes corporaciones son estratégicamente generosas en su técnica mercantilista para vender toda su producción, controlan los medios de comunicación a su antojo, unas veces siendo dueños de ellos, otras veces con las jugosas pautas publicitarias. El objetivo final es el dominio enmascarado de la masa poblacional, del ciudadano promedio, que en su mayoría somos asalariados, consumidores de su producción.

Es como un hechizo, comemos sin hambre y bebemos sin sed, pero eso nos mantiene “en la jugada”, hacemos lo que promueven los medios en su publicidad, creemos en sus noticieros sin investigar. Los medios nos tienen de su lado, obedecemos sus mandatos, vestimos como ellos, bailamos como ellos, compramos lo que dicen. Nos tienen domesticados, no pedimos un refresco sino cocacola, no tenemos un celular sino un iphone, no buscamos en internet sino en google, hasta modificamos invasivamente la naturaleza de nuestros cuerpos y el planeta mismo para encajar en esa sintonía, hemos asesinado costumbres centenarias y milenarias a cambio de este juego siniestro. Y como si fuera poco, inducimos a los demás a hacerlo también, actuando como multiplicadores sin paga, exhibiendo logotipos y marcas en nuestra vestimenta, nuestros accesorios, nuestro automóvil, nuestro discurso. Una apología mercantil.

Esta mecánica descomunal, deliberada, ha entumecido nuestra iniciativa, somos como conejos persiguiendo una zanahoria inexistente. Convencidos que sólo seremos felices con aquellos objetos que nos ofrecen, lo repiten tanto que se convierte en imposición. Nuestras casas se convierten en depósitos insuficientes de todas esas “innovaciones”, objetos que van minando nuestra capacidad creativa y productiva, despilfarran nuestro tiempo, suprimen nuestras potencialidades.

Lo terriblemente desconsolador es que toda esta conspiración profundiza de manera sostenible esa esclavitud del asalariado y de todos los que caigan en la misma red, esclavitud aquella que Engels al final de su libro, apostaba a que se iba a acabar, con lo cual se acabaría el Estado porque entonces no sería necesario. Hasta ahora ha perdido esa apuesta. Cuántas ilusiones resignadas !.

EL BRILLO DE LA LUNA

Etiquetas

,

BrilloLuna

La contención no podía ser tanta,
entonces la sensibilidad se armó,
y en compañía del recuerdo y del amor,
una lágrima recobró la esperanza.

La esperanza de ser y de decir,
de repente salió, y feliz al verme,
la lágrima no paraba de contarme
historias no sospechadas.

De una lágrima encarcelada
en una voluntad renuente,
de la nostalgia enmascarada
por tantas risas libertinas.

De siempre haber reflejado
el frío brillo de la luna,
saliendo de noche pero a solas,
cuando su existir nadie escuchaba.

Perplejo, sólo escuchaba lágrimas
paseando por mejillas de hierro,
descubriendo ya, que era hierro cristal,
quebradizo como toda esa gran celda.

Sintiéndome como un extraño,
no supe decidir a tiempo,
si cerrar mi boca, o correr y abrazar
a aquella mujer gigante.

El retumbar de su puerta inerte,
ocultando tarde su figura,
logró indolentemente
que mis labios se cerraran.

FELICES COINCIDENCIAS

Etiquetas

,

Captura de pantalla 2016-02-01 a las 3.44.53 p.m.Hay días en que casi todo coincide, desde levantarse sin despertador hasta no tener que hacer cola donde el médico. Así debería fluir la vida. Es utópico, dirán algunos. Imposible, somos imperfectos, dirán otros. Las dificultades son oportunidades de crecimiento, se escucha a menudo.

Todos hemos tenido un día de felices coincidencias, o cuando menos, momentos o temporadas. No se trata de lo que llaman suerte, ni cadena de favores, ni vaivenes bursátiles. Las felices coincidencias pueden ser construidas por nuestra inteligencia individual al servicio de la colectividad, y lo mejor es que es recíproco.

Si mi basura no va a parar a una alcantarilla, no se inundarán aquellos vecinos; y su inundación no formará un trancón de automóviles; y el trancón no afectará la ruta del bus escolar; y el bus escolar no tomará por otra calle para obstruir el transporte masivo; y el retraso del masivo no ocasionará que yo llegue tarde a mi cita; y por mi puntualidad, mi novia no se enojará; y el bienestar de mi novia me dejará dormir tranquilo; y por dormir bien, me levantaré temprano y alcanzaré  a desayunar; y por desayunar bien, no me toca comprar comida afuera; y no comprar comida en la calle, anula el riesgo de tirar basura al piso; y sin basura en el piso, nunca se taponan las alcantarillas…, la ronda feliz vuelve a empezar. Si se rompe esa mágica articulación, las felices coincidencias empiezan a desaparecer.

No esperemos que esta dinámica sea solamente aleatoria, sino permanente, en la medida que cada uno hace lo acordado -normas, leyes, cultura, costumbres-, los acontecimientos bienaventurados comienzan a ser constantes. Notemos esa contundente diferencia entre tirar la basura a la calle y no tirarla. Somos como un delicado ecosistema, en el que cada acto, por pequeño que sea, afecta al entorno.

Hace poco asistí a una consulta médica, mi doctora estaba resfriada,  y no me atendió con buena disposición. Tal vez su malestar hizo que se levantara tarde, y por eso tal vez le tocó el peor tráfico o chocó su auto. Triste coincidencia, no sólo para ella sino para los pacientes también, que no ocasionamos su resfriado detonador de atrasos. Siendo ella médica, era su deber suprimir su dolencia para empezar el día con felices coincidencias.

Una feliz coincidencia puede producir una boda entre dos enamorados, puede construir un puente para los campesinos, puede lograr un aumento de salario inesperado, puede aprobar una ley justa, puede conseguir un consenso entre enemigos, puede revertir una enfermedad, puede recuperar un bosque, puede hacerme entender una película, puede resolver el dilema de un diseñador o la disyuntiva de un ingeniero, y muchas otras encrucijadas similares.

No creo en la necesaria aparición de dificultades, en cambio sí en la construcción progresiva de una inteligencia cultural.

LA LIBERTAD MAQUINADA

Etiquetas

, ,

Captura de pantalla 2016-01-07 a las 2.12.42 p.m.Hago parte de uno de tantos países que se enorgullecen de ser libres. En el que el promedio bruto de sus habitantes creemos que la libertad es, entre otras cosas, poder gritar en la calle un madrazo al presidente sin ser perseguido por eso, o poder sumergirnos en aberraciones personales sin que nadie nos lo prohiba, o poder derrochar los bienes sociales y ambientales como si fueran infinitos, o poder disponer en el hogar como tirano sin que haya dolientes.

Aunque ni de joven comulgué con tales postulados, sí caí en la esclavista promesa del mercadeo capitalista, que me puso a soñar con el lujo, el turismo y las extravagancias, como objetivo último de nuestra lucha cotidiana. Fórmula cautivadora tan evolucionada, que no percibimos sus cadenas. En esta ocasión voy a referirme únicamente a la faceta del turismo como usurpador de mi libertad, como hace con el promedio bruto.

Me enfilé con orgullo como nuevo empleado de una próspera factoría. Muchos deseaban un empleo así, tanto que un día un vecino, al enterarse, me dijo con admiración: “te ganaste la lotería”. En medio de mis aspavientos de hombre libre, no lo veía así, sino como haber resuelto el asunto de la supervivencia sin sacrificar mi libertad, esa que saboreé durante mi niñez e incipiente juventud por gracia de mis padres, quienes me proveían esa supervivencia, de tan eficiente manera que hasta ese momento no dimensionaba su costo.

Ya adentro del sistema “productivo”, empecé a desvelar sus reglas, comprendí por qué el término vacaciones en vez de relacionarse con su raíz: vacante, lo asociamos al turismo. Todo está sincronizado (el establecimiento), aquella empresa, como muchas otras, dan un pago anual de “vacaciones” adicional al que el Estado obliga a pagar. Entonces ese dinero se lo devolvemos al mismo sistema, en forma de turismo porque las vacaciones tienen como ícono una playa, en vez de unas alas que precisamente aludan a ese albedrío temporal.

Había mordido el señuelo. Pronto me convertí en otro esclavo de ese torbellino implacable. Mi derrotero como “ciudadano de bien” se me iba revelando a su debido momento. El sistema financiero pronto me arropó con sus interminables tentáculos para “facilitarme” la vida, me prestó dinero para ese turismo vacuo e interminables cosas más.

Yo creía que era libre por tener un empleo, una casa y viajar en vacaciones. El sofisma hizo que no viera la frontera invisible en que pasé de ser acreedor a ser deudor, y ya no fue posible salir de ese confinamiento preparado por el sistema.

Sucesivamente, y en cada momento preciso, se fueron sumando esas otras promesas interminables del consumismo: “calidad de vida”, automóvil particular, educación privada, cambio de estrato, seguros, entretenimiento, etc., pero el buen banco nos sigue “facilitando” el camino. Todos esos objetos que no necesitamos y olvidamos, la gula amaestrada, los adquirimos con el dinero que no tenemos. Día tras día, a través de los todopoderosos medios publicitarios nos mantienen envilecidos que esa es la vida que nos hace sentir “parte” del mundo.

Por acá, sobrepasando mi quinta década, creo estar despertando de ese letargo, cual libertad?. Es un frustrante desaire; algo así como si tu esposa, después de 30 años juntos tomando café, una tarde te dijera: “para serte franca, a mí no me gusta el café”.

LA ESTACIÓN DEL SOL

Etiquetas

Captura de pantalla 2015-12-23 a las 2.28.21 p.m.

Algún amanecer, mi tren rutinario
se detuvo en una estación de luz,
descendí y me descubrí sediento,
desnudo de máscaras y velos de tul,
seguro de mi, con un presentimiento
libre de ser sin arrepentimiento.

Era la estación del sol,
era donde estabas tu,
donde reciben las alas los valientes,
era la estrella de los caminantes.

El tren siguió su común horario,
me dejó como un castigado allí,
no supo que se llevaba las plomadas
y la armadura que todos llevan hasta el fin
en el impuesto tren de vida desolada
que les da gratis el camino de la nada.

Se fue la resignación,
ahora veo el cielo azul,
caminando con tu estrella voy sonriendo,
cumpliendo sueños de niño inocente.