LIBRE DE PECADO…

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captura-de-pantalla-2016-10-20-a-las-8-23-19-a-mHoy se escucha a muchos exigiendo castigo a las Farc. Seguramente se lo merecen, como lo merecemos casi todos, que hemos permitido arraigar esta cultura del más vivo, esa impune manera de perjudicar a los demás. Y que cuando se dimensiona esa conducta en $, vemos que también es otra forma de crimen de lesa humanidad. Puede ser que las Farc quisieron, con sana intención, rescatar el país de otros más bribones, quizá con el método equivocado.

Serían innumerables las acciones a relacionar, las cuales hacen daño a tu país, a tu región, a tu ciudad, a tu barrio, a tu familia, a tu pareja, a tus hijos, a tu casa, a tu empleador, a tus empleados, al recaudador de tributos, a tu educador, al medio ambiente, a tu mascota, en fin, al otro.

Desde ud. que arroja el chicle al suelo, y le parece una acción insignificante; hasta ud. que evade impuestos aunque entiende que eso significa niños muertos. De norte a sur y de este a oeste del territorio, desde chicos hasta adultos, desde hombres hasta mujeres, desde humildes hasta ricos, hemos permitido que esta cultura déspota sea una matriz de comportamiento, por acción unos y por omisión los demás. Toda una gama tan amplia de responsables y culpabilidades, que no sé quién va a arrojar la primera piedra.

No se acaba ni porque se promueven miles de profesionales de las universidades cada año. Ni porque haya centenares de fundaciones de ayuda al necesitado. Ni porque seamos campeones mundiales en algún deporte. Ni porque USA apoyó el Plan Colombia. Ni porque tuvimos dos presidentes con periodos de ocho años. Ni porque tenemos las mejores fuerzas militares de Sudamérica. Ni porque tenemos la gasolina más costosa de la región. Ni porque tenemos una amplia oferta de congregaciones religiosas domando incautos. Es como si lleváramos  esa disposición dolosa tatuada.

Hace poco escuché al periodista Juan Gossain concluyendo que de tanto vivir en medio del conflicto, hemos perfilado una conducta conflictiva. Ojalá él tenga razón y sea sólo ése el origen de este extravío. A mi me parece más profundo, todo lo recóndito e insondable que encarna la cimentación de una cultura.

En medio de este oscuro firmamento, una esperanza se transfigura en el pero. Un pero solitario. Un pero que quiere tomar a otro de la mano. Tal vez personificado en la jovencita que no le dio pereza viajar hasta otra ciudad para poder votar. Tal vez en el adolescente que aprendió un segundo idioma por sí mismo. Tal vez en el profesor que decidió no emigrar. Tal vez en la siembra de un nuevo árbol. Tal vez en la sonrisa de un bebé aún no engendrado. Tal vez cuando saboreo la mirada de mi enamorada. Es esperanzador entender que aunque el firmamento unos días aparezca nublado, hay la certeza que las estrellas siguen allí.

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UNA RUPTURA TEMPRANA

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Me había estado moviendo como una marioneta, sólo que me parecía que yo mismo movía los hilos. Me sentía flotar encima de unos días felices, sin memoria, sin historia, sin recuerdos, sin reloj, sin obligaciones y con unas alas inmensas y tan livianas que no necesitaban hilos.

Un día cualquiera, como esos de algodón, me lo llamaron lunes, debía entrar a la escuela. Me fui a voluntad con mis hilos porque me habían explicado que era un lugar maravilloso, que así me comenzaría a parecer a los grandes, que mamá y papá se sentirían orgullosos, y mi inocencia creyó, así empecé a ceder mis felicidades pensando lo contrario.

A mi lado marchaba forzado mi hermano, sus hilos habían reventado en lágrimas, yo lo miraba y no lo comprendía, él me comprendía menos. Ayer tan despreocupados y ese día tan extraños, él era dueño de su razón y yo de la mía. Han pasado muchos años desde aquel punto de inflexión, hoy pienso que él si estaba apropiado de su razón, y aunque la mía no parecía débil, era prestada.

Mi hermano no terminó el día en la escuela, lloró mucho y nadie le preguntó. Yo sí terminé y sí me preguntaron. Al otro día fue el mismo empuje para mi hermano, el garrote se hizo sentir, pero ya no era aquel garrote de los días de algodón, cuando todo pasaba y nada quedaba; ahora dejaban rencor, culpa de la escuela?. Así seguíamos cediendo nuestros días felices, aquellos sin fecha, sin noviembre, sin sábados, sin números. Mi hermano lo sabía y yo no, por eso él lloró también al otro día, uno llamado miércoles, también el jueves y no se cuántos lunes más. Desde entonces todo empezó a cambiar paulatinamente, aquella cercanía incondicional empezó a diluirse, fue una ruptura sin retorno.

Me inscribieron en Kínder, y no en Primero, dizque porque estaba muy chiquito, tampoco fui yo quien lo decidió. A pesar de las planas de bolitas y palitos aún conservaba mis hilos, creo, y más aún, mis alas; las usaba ya no cuando quería sino cuando podía, por ahí en algunos de los renglones intermedios de las eternas planas de números y letras, claro que también a veces me sentaba en algún guión a descansar, hábito éste, nuevo para mi.

El trajín era arduo, recuerdo que la profesora Melba lo sabía todo; todo lo respondía y a veces en forma rara, como enojada. Varios años después comprendí eso, pues tampoco mi papá lo sabía todo. Todos los días la pasábamos sentados en los pupitres escribiendo y escuchando a la profesora, cuando ella callaba era para pasearse por los corredores formados por los pupitres meticulosamente alineados, como vigilando, como sometiendo, como en la película de Pink Floyd. Sólo nos parábamos para el recreo, o los clásicos viernes a última hora para ir a la torturante gimnasia y al anhelado fútbol, anhelo que era adquirido porque no nos cultivaban más. Los recreos eran un poco regresar a los días sin fecha, pero había una diferencia grande: teníamos reloj. Los días eran largos, alcanzaban para dos jornadas y quedaba tiempo para disfrutar el sol, pues no era tan caliente como ahora, después llegaban las noches, que, a medida que pasaban se volvían menos libres, culpa de las tareas, camufladas como una responsabilidad halagadora, pero que luego nos mostró su tirano rostro.

Algunas responsabilidades que nos siembran desde niños son el legado de una cobardía existencial permanente, consuetudinaria, que a través del tiempo se va desenmascarando con la erosión vivencial, casi al final del camino; cuando ya no hay cobardía, tampoco queda ímpetu, ese desafiante natural, ese que le sobraba a mi hermano de niño, y que yo no identifiqué.

Hoy no tengo a mi hermano a mi lado. Está lejos en tiempo y en distancia, lo que inexorablemente nubla cualquier promesa de emoción para un encuentro futuro. Hay circunstancias que nunca regresan ni se repiten, como el agua del río que sólo nos moja una vez.

 

LA TRIBUNA Y LA TARIMA

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TribunaSi filtráramos nuestra mirada y viéramos el mundo solamente como un teatro, habría dos tipos de personas: los que observan y los que actúan. Los vemos recurrentemente a nuestro alrededor, la atención de los muchos capturada por los pocos, casi presos los unos por los otros: los televidentes por el televisor, los visitantes por las vitrinas, los oyentes por la emisora de radio, los internautas por su computador, los lectores por el periódico, los usuarios por su teléfono móvil, los cineastas por la película, los fans por el concierto, los adeptos por su líder, los jugadores por el videojuego, los espectadores por el partido, los apostadores por el casino; y así, innumerables muestras más.

El entretenimiento hace parte de la vida de hoy, tal vez como nunca antes. Cada vez hay más habitantes, y la gran mayoría van a estar en la tribuna, no en la tarima. Los actores impiden el crecimiento de sus observadores porque los mantienen ocupados contemplando cada producción. Cada paladín está siempre en función de conservar y agrandar su audiencia. No descansan, y con frecuencia calculada van actualizando sus hipnóticas fabricaciones.

La gran masa poblacional, consumidora dócil de entretenimiento, son los proveedores perennes y pusilánimes de la riqueza déspota de aquellos creativos. Esa gran tribuna se ha acostumbrado tanto a ello, que resignan hasta su porvenir a lo que les presenten en la vitrina, lo que les pongan a consumir determina su existencialismo. Desprecian su propio tiempo por obedecer el mandato de ese entretenimiento insulso. No encuentran su lugar en su propia mente si el teléfono móvil o el televisor no les está dictando qué ver o hacer, hasta se “enamoran” remotamente.

Cada día que voy llegando a casa, percibo decenas de hogares sintonizando el mismo emisor, las personas derraman su tiempo asimilando cuanta ocurrencia les repiten en las cajitas mágicas. Es rutinario verlos afanados buscando rellenar ese tiempo suyo con el ingenio de otros. Hasta he escuchado a personas decir: “No hay nada para ver”, “Para qué vacaciones si no hay dinero”. Todos en torno a ese expositor foráneo. Los comunes no conversan entre si, no dibujan, no investigan, no proponen, no cantan, no cuestionan, no ejercitan, no escriben, en fin, no emprenden creaciones propias que incuben una audiencia propia.

No se vislumbra una intención de cambiar la dirección de ese fluido de la riqueza, que va en un único sentido. Esta mansa sociedad consumidora sigue en el patio trasero de la esfera global, obedeciendo una dinámica comercial que ya conforma una sola atmósfera mundial, impuesta por aquella estirpe desarrollada, que mantiene el control del acceso al conocimiento y a la tecnología. De tal forma, que van a seguir ganando los mismos, rompiendo marcas los mismos, rotulando la historia los mismos.

Nos mantienen embelesados con innovaciones tecnológicas, promesas imperdibles, letras melodramáticas, superhéroes deslumbrantes, historias fabulosas con guiones repetitivos pero efectos especiales, marcas imbatibles, redes asfixiantes. Es el continuismo de una esclavitud secular, que otrora se hizo sanguinariamente, y que hoy se confecciona con encantamientos ensamblados en modernismo, de tal forma que además de no darnos cuenta de ello, hasta pagamos por ese cautiverio y por su mantenimiento: para un consumidor cautivo, es motivo de orgullo ser el primer comprador del último iphone, con todas las vejaciones que ello encarna. Los de menos, seguimos facilitándole el mandato a los de más.

RECONOCIENDO UNA ESPERANZA

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nervadurasLa esperanza es como una madre, no se cansa de esperarnos. Se involucra en casi todos los sucesos que vivenciamos, en lo que se nos ocurre y hasta en lo inesperado, mostrándose furtiva, paciente y hasta coqueta. Qué tan profundo es nuestro idilio con esta percepción ?.

En estos días previos a elecciones, regurgitan resentimientos del pasado. Creemos, con razones de sobra, que no hay remedio, que esos políticos ladrones nunca van a solucionar nada, que sólo suben al poder para enriquecerse y no se conectan con las necesidades de la población. Hoy en la mañana me encuentro con un vecino al que le retornaron esos demonios cuando le pregunté si le había tocado ser jurado, me dijo que no, acompañado de una supuesta explicación que tenía que ver con el sitio de la inscripción de la cédula. Tras lo cual me aseveró que no iba a votar, ah!. Ese ah! lo interpreté como: “Si me preguntas por qué, me voy a desplegar en irritantes argumentaciones, así que ni te atrevas!”. Había perdido toda esperanza.

Entonces me vino a la mente un foro que televisaron anoche en un canal cultural, en el que intercambiaban ideas a cerca de la movilidad en las grandes ciudades y sus dificultades, habían expertos de varias ciudades del mundo. Entre todas las argumentaciones, me sorprendió una de la experta francesa, cuando exponía que en París había un acuerdo tácito entre quienes lideraban las diferentes zonas por donde pasaba todo el sistema multimodal que cubría el transporte de París y sus alrededores. Habían logrado que por encima de sus perversos intereses políticos, emergiera una solución conjunta que a la larga también les sería útil políticamente. Hubo allí una feliz coincidencia de los intereses políticos con los intereses civiles. Fue una evidencia de la paciente esperanza que siempre anda por allí merodeando.

Despreciar la oportunidad de votar sería como el esclavo que se niega a correr apostando por su libertad, como sucede en la película de Gibson, Apocalypto, cuando obligaban a los presos a escapar para asesinarlos con las lanzas, lo cual era parte de un entretenimiento sádico de los tiranos, un entrenamiento más para la destreza sanguinaria de sus guerreros. Pero un día tres esclavos maquinaron una forma de poder evadir las lanzas mortales. Logró escapar uno. Fue una esperanza más, que aunque pueda ser parte de la ficción del cine, no deja de ser emuladora de sucesos reales.

Casi todos los acontecimientos del mundo de hoy son apuestas, en vez de ser resultados de una planificación. Bajo una mirada pragmática, esa bonita y romántica esperanza no deja de ser una apuesta, otra creación deliberada para estimular la sumisión de las mayorías. Es el triunfo del sortilegio sobre la caución. La furtividad es inherente a la esperanza, porque de ser predecible, perdería su razón de ser y hasta su nombre. Ese trueque de uno a mil, parece que mantiene vivo el instinto desafiante de nuestra sufrida y romántica cultura latinoamericana.

La aparente ventaja social de algunos países europeos puede estar basada en la mayor frecuencia con que se cristalizan esas esperanzas, como vimos, impulsadas o precipitadas por los acuerdos entre las personas. En este orden de ideas, la esperanza seguirá embelesándonos un tiempo más, por tanto hay que procurar aumentar la frecuencia de sus apariciones por nuestras latitudes, así como ha acontecido en Europa.

AROMA DE CUELLO ESCONDIDO

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Mirada azul

Lejos de lograr sentirme inocente de tu tristeza,
te miro desde mi naufragio enfocándote como playa,
a pesar que a veces me he visto sentado en tu arena,
el viento y el agua de tus grandes ojos callados
son la silenciosa tristeza que me hace vacilar.

Tristeza impotente por no verme en tierra firme,
alguna vez, eso me dio a entender tu balbuceo,
y me sentí extrañamente y como nunca halagado,
pero, si envidio el aire que merodea tu nariz,
presto siempre a que lo inhales por nada a cambio!

Nadar hoy alistarán mis brazos para arar mañana,
sacudir y asentar tu tierra, que un día será sólo nuestra,
deseo que mis empecinadas palabras levanten tus párpados
para que se alegren tus ojos y que se contagie tu boca,
que tu sonrisa borre esos labios de hielo entreabiertos.

Mis ojos te escriben desde aquí, entre tantos otros,
aunque tu cabello me oculte tu lánguido rostro,
aunque mas tarde no abrace tu cuerpo de blusa azul,
ni aspire de cerca tu aroma de cuello escondido,
aunque no extrañes lo escrito, que tanto duele.

MI TERRITORIO PRIVADO

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Captura de pantalla 2016-05-02 a las 11.20.14 a.m.La propiedad privada es uno de los estandartes del sistema que hemos construido y permitido. No podríamos concebir nuestro actual modo de vida sin su palpitar, que mientras arruina a unos, a otros los envilece. Nos enseñaron a poseer, desde la temprana niñez, hasta la inoportuna muerte: un pezón, un juguete, una cama, una empleada, un reloj, una cuenta, una casa, una empresa, un país, un seguro exequial.

El sentido de propiedad tiene un largo recorrido milenario, desde cuando aquellos primitivos grupos de humanos se dieron cuenta que podían domesticar a algunos tipos de animales, y después cuando decidieron establecerse, y cuando después sobrevino la agricultura con sus excedentes, más adelante el desarrollo de las armas resultaría contundente para su consolidación. La tierra, como todos los bienes, se concebía primariamente como una propiedad colectiva que podía contener a toda la tribu y proveer su seguridad alimentaria. Todo lo demás era vivir.

Desde entonces, la dinámica transformadora de este concepto, en forma y fondo, nos ha aterrizado hoy a situaciones penosas, vergonzosas y hasta aberrantes. Pero ya no nos damos cuenta de ello, la metamorfosis mental está completa. A unas personas les toca amanecer a la intemperie enfrente de un parqueadero: esos humanos sienten frío, pero abrigamos nuestros autos. Ante un auto, un artista exhibe sus habilidades mendigando para un almuerzo. Mientras almuerza barato, un comensal cuenta cuántos millones gana un deportista famoso por minuto. Un deportista retirado, para sobrevivir, se pone a vender minutos de telefonía en una esquina. Una empresa de teléfonos fue vendida, su renta que antes iba a un país entero, ahora va a un solo dueño. El dueño de un almacén compra barato y vende caro, con esa fórmula agranda su propiedad privada sin aportar al desarrollo de su país. Un país paupérrimo produce exceso de alimento, pero es para alimentar el ganado de otro país. El ganado es propiedad privada que enriquece, aunque no todos coman carne cada día. Cada día, una persona pudiente va a usar cualquiera de sus tres autos para ir al teatro. A cualquier teatro es posible ir y volver en el transporte público. A la mayoría del público le gustaría más tener un auto, que ver teatro. Lo emocional es eclipsado por lo trivial.

En las leyes y en el mundo de hoy, la propiedad privada es la garantía de supervivencia, es casi un objetivo de vida, una carta de presentación; todo esto luce bien, excepto que se le permita ser ilimitada: una legalización de la distribución mezquina de todos los bienes del planeta. El mapa político de hoy, casi todo fue el resultado de ambiciosas guerras.

Deberíamos encontrar una forma de regular la condición ilimitada que tiene la propiedad privada, para que las personas no se desboquen cada día por aumentar sus posesiones, en una competencia por dejar la fortuna heredable más robusta. Por leyes no es viable porque los estados obedecen al crecimiento de las corporaciones. Tal vez revertiendo aquella metamorfosis mental que hizo cosificar las personas y personificar las cosas, desmantelando la falsa promesa de una vida mejor ofrecida por la opulencia. Quizá si el algoritmo apuntara en sentido contrario: que la riqueza avergonzara a las personas en vez de enorgullecerlas; que el contexto social no haga apología a la prosperidad económica, sino a la emocional; que los premios por logros intelectuales no sean bienes envilecedores. Propender por la emotividad del ser, en vez de su materialidad. Obraría como autorregulador.

Una propiedad mínima básica suficiente para subsistir, debería ser un derecho inalienable de todas las personas, evocando aquella primitiva seguridad alimentaria y de territorio, que la tribu le ofrecía a sus miembros, a través de una propiedad comunitaria. Un ciudadano debería ser responsable de la casa en que vive, no dueño. Y menos aún, ser propietario de otras casas. Al fallecer un ciudadano, el estado, a modo de aquella tribu reguladora, adjudicaría ese inmueble a otro ciudadano.

DE MAÑANA Y DE NOCHE

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Captura de pantalla 2016-03-31 a las 3.15.05 p.m.

Hoy temprano sorprendí
a la mañana mirándome,
noté que supo de mi padecer,
sus ojos estaban piadosos,
deslizaba su llanto rocío
por la única ventana abierta,
la que le permitió verme

El aire oscuro
que acompañó mi desvelo,
le susurró con brisa mi cavilar,
después se fue a dormir el día,
dejándonos a la mañana y a mi
la asfixiante tarea
de sortear este día sin rutina

En algún lugar de mi memoria,
meciéndose a la paz de una hamaca,
orondo esta el recuerdo del primer beso,
aquel beso cándido, aquel tímido,
febril, de ojos cerrados,
que hizo cimientos neuronales
porque ya no se irá

Hoy es cualquier sábado
en cualquier calendario,
hoy es otro día a noche,
que infla la distancia del recuerdo,
pero la noche no supo que hoy te veré,
aunque después te vayas,
ahora puedes cubrirme, noche.

ESTÉTICA VIVENCIAL

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De tanto caminar calles, parques y lugares públicos, uno se va formando un concepto estético de ciudad, de cómo debería lucir a los ojos de todos, si se quiere paisajístico, de este entorno urbano, que por ser de todos, no tiene dolientes directos sino de turno.

Es fácil aceptar que la estética sea una consideración subjetiva dentro de una perspectiva artística, lo cual excluiría a aquellas personas que no profesen interés artístico alguno, que son muchas. Esto explicaría que la ciudad no luzca estéticamente agradable a esa minoría obsesiva en lo bello.

Que la ciudad luzca bella seguramente es tarea de algún organismo de Ornato y Aseo, dependiente de la alcaldía, sin autoridad punitiva alguna, sin planes estéticos de gran escala y seguramente sin presupuesto. La única evidencia de esa tarea son los trabajadores pagados que barren algunas calles y andenes “principales”. La estética restante se deja al albedrío comportamental de todos, cada vivencia o comportamiento de cada uno de nosotros va dejando un rastro que se transfigura en una pincelada dentro de ese lienzo que es la ciudad.

Un estudiante escupe un chicle al andén; un niño arroja el empaque plástico de su bombón a través de la ventana de un bus, su madre también; una trabajadora que se afana a abordar el masivo, trae una chocolatina a medio comer, al terminarla, su empaque de papel encerado también es despedido por la ventana; de un edificio de apartamentos sacan la basura al andén público porque esa noche será recogida, como no hay separación, los indigentes recicladores hacen esa labor sin ninguna metodología dejando las bolsas con sus entrañas a la vista; de un automóvil en movimiento, alguien arroja una lata de cerveza; a la vera del camino que me conduce al trabajo hay manojos y montones de basuras, unas desde hace mucho y otras recientes; en los paraderos de buses no hay canecas oficiales de basura, pero dos metros andén adentro, hay despojos de basura nunca recogida; hay también escombros en los andenes de todos, pero nadie dice nada, ni hace nada; no falta el colchón, el escaparate o el asiento deteriorado, que ha sido arrojado sin escrúpulo alguno encima de un cafetal; en la estación del masivo instalaron de buena fe un recipiente exclusivo para recopilar pilas vencidas, pero está más llena de botellas y empaques, que de pilas; un vecino saca a su perro a que defeque en el andén por donde caminamos todos; las canales de aguas lluvias se taponan frecuentemente por los centenares de colillas de cigarrillos que los fumadores tiran a los tejados; en el camino ecológico del parque hay decenas de botellas y empaques plásticos en la hierba. Cada una de estas pinceladas conforman la apariencia urbana de nuestra ciudad.

Cada basurita es ese rastro comportamental que parece inextinguible en el tiempo, porque lo vienen haciendo los niños de generación en generación, tanto, que parece parte de su accionar de vida, que no le genera reflexión ni arrepentimiento. Todos pasan por encima y por el lado de la basura, no les incomoda, no les parece indigno, lo asumen como algo inherente, las campañas institucionales al respecto son aplaudidas, pero al otro día la misma mecánica indolente prosigue.

Hay una indiferencia masiva a prodigar belleza urbana, no consideramos el impacto que podemos llegar a tener en ese ámbito, a entender que este lienzo urbano es la muestra pictórica de nuestra estética vivencial. Notemos que el factor común de esos comportamientos es que se deja la basura en la calle, no en el lugar concebido para ello. El viento y la lluvia no saben mucho de este urbanismo creado por nuestra civilización. Quizá cuando dejemos de ensuciarla, el organismo local de Ornato y Aseo convierta a los barrenderos en jardineros. Cual es tu pincelada ?

POR ESOS DÍAS

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Meseta

Y todo lo que hago es por esos días,
que han de llegar para no irse más,
caminando una meseta sin final,
ojalá mano a mano en poesía.

En todo lo que pienso está tu figura,
lenta, profunda y triste como el aire,
que está allí esperando siempre,
bordando el tiempo como aventura.

Ninguna espera es corta ni placentera,
sus promesas sólo son dádivas mías,
que ocasionan sobregiro en mi cuenta
y empeñan todo en nombre de tu llegada.

Esos días van a ser los incontables,
de luna y sol indiferentes y eternos,
de confort sin arrepentimiento
y dulces sueños en laureles.

APOLOGÍA MERCANTIL

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Uncle

Nuestra dinámica de vida, hoy día es mayoritariamente conducida por el mercadeo, profesión que manejan magistralmente las grandes corporaciones, tanto, que nosotros mismos somos sus impulsores gratuitos. Es la moderna esclavitud mercantil.

Federico Engels en su obra investigativa “El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”, vislumbró esta forma de esclavitud hace más de un siglo, como una proyección de aquella esclavitud de los imperios, luego como la servidumbre de la edad media, y personificándose en estos tiempos modernos en el asalariado.

Las grandes corporaciones son estratégicamente generosas en su técnica mercantilista para vender toda su producción, controlan los medios de comunicación a su antojo, unas veces siendo dueños de ellos, otras veces con las jugosas pautas publicitarias. El objetivo final es el dominio enmascarado de la masa poblacional, del ciudadano promedio, que en su mayoría somos asalariados, consumidores de su producción.

Es como un hechizo, comemos sin hambre y bebemos sin sed, pero eso nos mantiene “en la jugada”, hacemos lo que promueven los medios en su publicidad, creemos en sus noticieros sin investigar. Los medios nos tienen de su lado, obedecemos sus mandatos, vestimos como ellos, bailamos como ellos, compramos lo que dicen. Nos tienen domesticados, no pedimos un refresco sino cocacola, no tenemos un celular sino un iphone, no buscamos en internet sino en google, hasta modificamos invasivamente la naturaleza de nuestros cuerpos y el planeta mismo para encajar en esa sintonía, hemos asesinado costumbres centenarias y milenarias a cambio de este juego siniestro. Y como si fuera poco, inducimos a los demás a hacerlo también, actuando como multiplicadores sin paga, exhibiendo logotipos y marcas en nuestra vestimenta, nuestros accesorios, nuestro automóvil, nuestro discurso. Una apología mercantil.

Esta mecánica descomunal, deliberada, ha entumecido nuestra iniciativa, somos como conejos persiguiendo una zanahoria inexistente. Convencidos que sólo seremos felices con aquellos objetos que nos ofrecen, lo repiten tanto que se convierte en imposición. Nuestras casas se convierten en depósitos insuficientes de todas esas “innovaciones”, objetos que van minando nuestra capacidad creativa y productiva, despilfarran nuestro tiempo, suprimen nuestras potencialidades.

Lo terriblemente desconsolador es que toda esta conspiración profundiza de manera sostenible esa esclavitud del asalariado y de todos los que caigan en la misma red, esclavitud aquella que Engels al final de su libro, apostaba a que se iba a acabar, con lo cual se acabaría el Estado porque entonces no sería necesario. Hasta ahora ha perdido esa apuesta. Cuántas ilusiones resignadas !.