SEGUNDA PATERNIDAD

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Munegrachos dicen que los nietos son una segunda oportunidad para ser padres, que por eso los abuelos son unos alcahuetas que creen estar enmendando sus errores. Eso pensaba también Myriam antes de volverse abuela. Adoró a su hija, pero la lucha por la subsistencia y las irritabilidades que ello suscita, le hacían pensar que su misión de madre había quedado incompleta. Era una vigorosa negra venida del Valle, de rasgos voluptuosos como los negros reales, de sonrisa generosa, ojos inquietos y vibrante voz.

Enviudó cuando su hija apenas tenía tres años, pero eso no fue tan malo porque su esposo, blanco criollo, pertenecía a esa antigua casta machista según la cual golpear a la esposa era un acto de tradición insólitamente respetado; y entre más abolengo, tanto más arraigado. Por lo anterior no maldijo su temprana viudez aunque le tocó apostar muchas ausencias, trabajando, para completar los recursos necesarios y satisfacer el alto modo de vida que le dio a su hija desde esos tres añitos hasta verla titulada profesional de Contadora Pública. De su esposo, el de alta alcurnia, solamente le había quedado una irrisoria pensión.

Una de tantas veces que sus nietos llegaron de Inglaterra, se quedaron con ella mientras su hija con el esposo se fueron de turismo por varios lugares del país. Myriam vivía en un acomodado barrio del caluroso municipio de La Virginia. Andrea, su hija, también negra pero con menos rasgos alusivos a su raza, tuvo una vida de confort, nunca supo de necesidades básicas insatisfechas, tampoco en su vida en el extranjero porque su esposo se parecía poco a su papá, ese que recordaba vagamente con ayuda de fotografías. Esa vez su nieta estaba cumpliendo cinco años, la llegada del viaje fue celebrada con el despilfarro acostumbrado de euros multiplicados en dinero tercermundista, licores embriagantes y otras muchas bebidas azucaradas acompañadas de comida casi artificial; ese cumpleaños y la bienvenida eran dos pretextos para esas celebraciones ya recurrentes. El nieto menor, siempre fue un chico discreto aunque se notaba talentoso. Myriam también aportó lo suyo a la bienvenida. Solían decir sus nietos, en su rudimentario español, que les gustaba estar con su abuela porque les preparaba una comida muy rica, mientras se devoraban un par de pasteles ojaldrados rellenos.

Aquellos veinte días parecieron más. Todos los días Myriam se levantaba muy temprano para satisfacer toda clase ocurrencias por la energía desbordada de sus nietos. Mucho tiempo en la cocina, en verdad tenía el talento culinario que todos le admiraban; yuca frita, plátano asado, fríjoles, maduro cocido, sancocho, tostadas, empanadas, tamales, aborrajados y toda clase de ensaladas eran una pequeña parte del vasto menú que Myriam ponía a disposición de ellos. La visita fue como otras tantas en que Andrea, aferrada a aquella absurda tradición, pensaba que traerle los nietos a Myriam era un regocijo y una oportunidad para esa novel abuela.

Después, Andrea y su familia dejaron de venir y a cambio invitaban a Myriam a su ciudad de residencia, Sunderland, una ciudad costera al norte de Inglaterra con un clima predeciblemente hostil para un ocasional visitante del trópico. Al principio esas estancias ella las percibía como el premio de una hija hacia su madre -algo habitual en los millones de emigrantes colombianos dispersos en los países desarrollados, desde donde envían en remesas gran parte de los recursos que el país no es capaz de generar-. Pero esas invitaciones no eran para turismo. Sin que fuera formal, a Myriam le tocaba allá, desde que llegaba hasta que regresaba -cerca de cuatro meses cada vez-, encargarse de los oficios de la casa bajo el espejismo de que cocinaba muy bien y que sus nietos se regocijaban con su presencia. Jornadas igualmente agotadoras, su vigor de juventud ya no era el mismo. Se comenzaba a derrumbar el mito de que ser abuelos era una segunda oportunidad de paternidad.

La vida comenzó a desnudarle a Myriam las verdades que no tenía el coraje de descubrir. Enfermó de cáncer. Ante la ineficiencia del sistema de salud en La Virginia, Myriam se trasladó a Pereira, capital de departamento, buscando más oportunidades para afrontar la agresiva enfermedad, a Andrea le tocó asumir grandes costos para lograr prontitud en los tratamientos oncológicos. Se logró paliar la enfermedad con sufridas quimioterapias, un régimen alimenticio que Myriam dominaba y rutinas de ejercicio físico ineludibles.

Hubo una temporada de control de la enfermedad durante la cual a Myriam le tocó otra vez volver a lo de antes; algo así como volver a ponerse al servicio de su hija, ahora entonces con la connotación de agradecimiento por los repentinos gastos causados a su hija. Andrea y su esposo -cerca de la edad de retiro- decidieron invertir en finca raíz en Pereira para en un futuro cercano residenciarse allí y vivir de la renta inmobiliaria. Compraron diez casas. Compraron es un decir, fue Myriam quien hizo todo, ellos le mandaban el dinero y acá la abnegada madre-abuela hacía desde la búsqueda hasta el alquiler directo. Andrea se ahorraba los gastos de inmobiliaria y hasta el aseo de las viviendas, en fin, todo lo que pudiera hacer Myriam con sus propias energías postcancerígenas. Ante los ojos de los demás, una persona como ella es alguien “que no está haciendo nada”, era usual escuchar a sus conocidos decir que ella tenía suerte que la hija la hubiera puesto a “hacer algo” -mucho se especula sobre lo que debería ser el comportamiento de una persona retirada o pensionada-.

Cumplida la titánica tarea de tener las nueve casas arrendadas -la décima casa la ocupaba Myriam-, llegó el momento del traslado de la familia de Andrea a Pereira. Se establecieron en una casa gigante, en una elegante unidad residencial encerrada de estrato seis. En medio de todo Myriam apreciaba la autonomía de su viudez, vivir sola en una casa no le incomodaba, se había forjado una rutina diaria saludable: alimentación, ejercicio, higiene y descanso. Pero llegó otra desafortunada sorpresa: una sola casa para Myriam no era algo ni rentable ni práctico para Andrea, entonces solucionó esos dos inconveniente con un solo movimiento: se llevó a vivir a su mamá consigo a la casa gigante.

Los acontecimientos subsiguientes no tardaron en aparecer, y eran predecibles; aunque como conflicto familiar encarnó un desenlace desconcertante. La convivencia permanente es un tema desestimado, amerita más debate social. Myriam intentó tímidamente al principio salvaguardar su autonomía, pero el revelador despotismo de su hija le restó todo espacio de maniobra. Era un resorte que tenía que reventarse. Sin eufemismos de descripción, Andrea necesitaba avasallar a su madre como mucama. El resto de la familia no la defendió; la discreta amabilidad de su yerno se diluyó con su torpeza idiomática; sus mestizos, finos y hermosos nietos -muchos estiman que los negros son bellos en tanto se parezcan a los blancos-, no supieron interpretar que su propia salud se estaba sacrificando ante una eventual ruptura con su abuela.

Ante la negativa de Myriam de subyugarse a su hija, ésta la expulsó; un día cualquiera la abnegada abuela fue obligada a irse de esa casa con sólo las prendas que tenía puestas. Sin más, le tocó tragarse su orgullo de abolengo de pueblo y devolverse a La Virginia a pedir posada a sus hermanos, esos a los que poco visitaba porque los estigmatizaba de interesados y ventajistas. Entonces fue el caldo de cultivo para que el siempre latente cáncer volviera, esta vez tan voraz como puede ser con un huésped debilitado. Una vez le escuché a un médico decir que estar feliz atenta contra la multiplicación de células cancerígenas. Myriam se le entregó a la muerte como tratando de ocultarse de esa realidad que le había explotado en su cara, tratando de encontrar en el más allá esa respuesta esquiva que no logró encontrar en su soledad final. Y como si faltara ficción, aquella desconocida hija ni siquiera asistió a su sepelio, que fue de caridad, porque tampoco lo sufragó.

Desde entonces, todos los abuelos de La Virginia comenzaron a tejer su propia autonomía tanto económica como emocional, a pesar de su más enconado rival: la tradición. Pero sostienen, que como abuelos, tienen potestad para intervenir las costumbres absurdas, aunque falten muchos absurdos por derrumbar.

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LA NEGOCIACIÓN

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En nuestro país se llevó a cabLejana Colombiao un acuerdo de paz entre el gobierno de turno y la guerrilla más antigua y numerosa, para detener un conflicto interno de varias décadas. Esa negociación duró largo tiempo, tuvo un cubrimiento mediático que me construyó la percepción de aceptación general. Pero no era así, en un plebiscito de refrendación la gente votó NO en un resultado apretado (50,02% contra 49,75% del SI) que lo hizo tambalear y que obligó a hacer ajustes según las exigencias de sus contradictores.

La Negociación es el nombre de un documental lanzado este mes, al estilo detrás de cámaras, con registros nunca vistos de este proceso, con entrevistas antes, durante y después. Lo acabo de ver en cine. Bien hecho en su línea de tiempo, tratando de hacer una narrativa didáctica y completa de su desarrollo, conceptualmente equilibrado, recordando y pormenorizando circunstancias críticas paradójicamente humanas de contrincantes acérrimos sentados a una misma mesa.

Son desgarradores los testimonios de las víctimas, pero magnánimo y generoso su perdón. Me siento afortunado de no haber sido tocado en mi entorno personal por ese brutal enfrentamiento entre coterráneos. Es un porqué sin respuesta defendible. La imagen de un soldado con sus pies amputados me genera la misma conmoción que el discapacitado guerrillero. ¿Cómo fue que ellos llegaron a esa instancia y yo no?. Aquellos territorios alejados, huérfanos de Estado, discurren en franca desventaja económica y social comparado con las urbes donde sí hay presencia de Estado. Es como si fuera otro país, otro orden, otras normas, vidas desconocidas y desdeñadas.

Muchos de esa mayoría que votó negativamente, fueron convencidos que votar SI era premiar al grupo guerrillero. Fue otro triunfo del mercadeo urbano, decidieron esas mayorías menos afectadas. Perdieron las víctimas, en esos territorios más afectados por el conflicto armado ganó el SI.

Leí las pretensiones iniciales tanto del gobierno como de la guerrilla, después leí todo el acuerdo, y puedo decir que el grupo guerrillero cedió más en sus pretensiones, que el gobierno envió unos magníficos negociantes. Muestra de eso es el primer punto, en el cual prácticamente se acuerda que el gobierno va a hacer lo que le corresponde: atender las necesidades de los territorios alejados, o sea, no cede nada. Los otros puntos tienen que ver con asuntos predecibles en cualquier acuerdo de esta naturaleza: garantías jurídicas, participación política, atención a víctimas, justicia transicional, reparación y garantía de no repetición. En síntesis, era un acuerdo para mejorar el país. Con aquel traspiés del plebiscito, hubo que modificarlo, a pesar de ello el grupo guerrillero volvió a firmar, cedió más. Además de eso, después en su paso por el congreso fue más peluqueado y desmembrado. Y finalmente no sabemos si la implementación se va a hacer completa según lo pactado.

En mi lectura lo más regocijante es que una vez se lograron acallar los fusiles de ese conflicto, dejaron de morir hijos de una misma tierra, todos combatientes por cuenta de ese absurdo. Creo que las estadísticas dejaron de registrar unos 12 muertos diarios entre esas dos partes, con todo lo que esa situación arrastra. Esa es parte de la recompensa que aquellos manipulados por el mercadeo urbano no lograron inducir o interpretar por sí mismos. Creo que el plebiscito fue un error, no me resultaba procedente dicha pregunta, es como preguntarle a un paciente que se queja de dolor si desea que le apliquemos analgésico. Todavía falta camino para salir de este analfabetismo político. Somos un país entre tantos, víctima del indolente funcionamiento del orden mundial, pero eso será tema para otra tertulia.

EL CEPO

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CepoLa historia del país en el que vivo ha sido trágica para gran parte de la población, que no percibe un orden social al menos compasivo, que no conoce el ejercicio de un Estado regulador que se merezca todo lo que cobra por existir. Esta tragedia sin fin es una bestia que está domesticada pero nos hacen creer que está fuera de control. Esa bestia me rozó cerca hace tiempo, cuando yo era un joven sin horizonte histórico ni consecuente. Yo no sé si llamarle suerte o destino a lo vivido, de cualquier modo fue mejor habérselo podido contar a mi madre, y no que aún me estuviera buscando.

Siendo estudiantes de artes plásticas a menudo salíamos a “paisajear”, lo cual consistía en ir con compañeros en grupo a pintar. Elegíamos alguna población cercana o algún paraje con vistas propicias para plasmar en una acuarela. Trascurría el año 1985, en Cali, sector La Sirena, luego de terminar las labores de pintura, una parte del grupo regresó primero, y los demás, unos trece entre hombres y mujeres, nos quedamos otro instante. Se nos alargó aquella conversación de fin de reunión, por lo que algunos improvisaron una fogata para ahuyentar los zancudos. Poco antes del anochecer abordamos el autobús de regreso a la ciudad, pero un par de minutos después el autobús fue detenido por un grupo de soldados, unos treinta muy bien armados, entraron al vehículo y señalaron a tres de nosotros, les ordenaron bajar del autobús, dijeron que estaban detenidos por algún asunto de seguridad, los demás preguntamos qué pasaba porque todos estábamos juntos y deberíamos regresar juntos; acto seguido, los demás nos bajamos del autobús, entonces nos llevaron a todos.

Comenzamos a subir la montaña guiados por los soldados, era evidente que conocían el camino. Debimos caminar más de cinco horas, siempre ascendiendo, no recuerdo que nos hubiéramos detenido a descansar. La noche estuvo benévola, no llovió. Fue inevitable que con algunos soldados se cruzaran palabras y se formasen incipientes conversaciones, a pesar del rudo recorrido. Mientras aquellos militares cargaban sus implementos de campaña y armas, nosotros nos incomodábamos con nuestras carpetas y morrales estudiantiles, hasta ese momento parecía un paseo más. Con la impresión del cansancio de los soldados por estar terminando alguna misión, llegamos a lo que parecía la sede de un batallón en la alta montaña. Alguien con voz de mando, nos hizo meter a un hoyo cuadrado cavado en la tierra, de unos 2 metros cuadrados de ancho y también unos 2 metros de profundidad. A medida que cada uno de nosotros descendía, nos íbamos apretando en aquel pequeño espacio, hombro a hombro, mujeres y hombres, la frescura de la montaña no alcanzaba a disipar el bochorno provocado por la cercanía de nuestros cuerpos acalorados por la marcha. Mirándonos muy de cerca en esa extraña oscuridad, con nuestras órbitas aculares sobredimensionadas, todos comprendimos que no era un paseo más.

Solicitamos hablar con alguien de mando superior pero no se nos concedió, al parecer no se sabía si el teniente a cargo iba a llegar a esa hora o si tocaría esperar al día siguiente. Estuvimos allí metidos un largo momento, a pesar que podíamos ver el fimamento, era un horizonte siniestro, una perspectiva tétrica, me llegaban imágenes tenebrosas de una volqueta vaciándonos toneladas de tierra encima. Alguien de nosotros dispuso una cartulina canson en una carpeta soportada sobre nuestras cabezas y cada uno de nosotros fue dibujando figuras a ciegas en aquel papel que tenía que estar sobre la cabeza de alguien para poder ser rayado. El esbozo gráfico resultante es la imagen de esta entrada. La incertidumbre alcanzó a aterrorizar a unos pero a empoderar a otros, insistimos hasta que llegó algún otro militar con poder de decisión y se ordenó a uno de nosotros a subir para informar en detalle nuestra situación. Se logró demostrar al militar nuestra actividad estudiantil y ordenó que nos sacaran de aquel cepo -palabra que sólo la había visto en “Cien años de soledad”-. Nos ofreció disculpas y ordenó a una cuadrilla de soldados que nos escoltaran hasta la carretera, que detuvieran algún autobús o camioneta y que les pidieran el favor, en nombre del ejército nacional, de bajarnos hasta la ciudad.

Fue un desenlace relativamente feliz por ese retorno a la normalidad ruidosa de la urbe y la tibieza de un hogar esperándonos. Por aquellos años nunca hubiera pensado en celebrar una acción sensata de una autoridad oficial, y menos de un militar, era inevitable la imagen de ineptitud que uno tenía de todo el Estado en su conjunto, y del Ejército por su forma déspota de proceder tanto en su labor de reclutamiento como en la de formación. Años después habríamos de constatar que aquellos tiempos fueron menos peores. De habernos sucedido eso mismo unos veite años después, seguramente no hubiéramos sobrevivido, mucho se conoce ya de la faceta macabra de aquella “seguridad democrática” que sería ejecutada por agentes militares iguales a esos que nos tuvieron retenidos sin ninguna justificación.

Conversaciones Convergentes

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antipatico

Muchos suelen decirme que mantengo mal encarado, como enojado, que tengo porte de huraño, amargado, antipático y poco amigable. Al mirarme al espejo veo que tienen razón, la máscara que me tocó para esta fiesta pasajera no coincide con el estándar de simpatía que está instalado en el imaginario colectivo. No es un referente adecuado para un aspirante a buen conversador como yo quisiera ser. A pesar de ello, diversos aspectos de mi rutinaria ocupación, donde no importa mi máscara facial, me han dado la oportunidad de practicar una de las condiciones de un conversador: escuchar. Algunos de esos relatos y situaciones, sin proponérselo, convergen en insumos para conclusiones.

Como empleado regular de una corporación editorial, hago piezas publicitarias para impresión, por lo cual es recurrente que algunos clientes acudan a mi puesto de trabajo para indicarme sus ideas para su publicidad. Cuando por alguna eventualidad ese trabajo conjunto se alarga más de lo previsto, se va derivando una conversación más horizontal y desprevenida, casi siempre de generalidades relacionadas con la actividad de esos empresarios. Hoy una de esas conversaciones fue con un empresario de la seguridad privada, un militar retirado, de golpeado acento pero gesto amable, que me relató brevemente la historia de su emprendimiento, a través de sus palabras puedo leer el orgullo que muestra por su quehacer. Al tocar el tema de la publicidad, también habló de lo organizado que debía ser un presupuesto y su ejecución, cuenta que entre su presupuesto están los diez millones “de los que se tenía que bajar” cada determinado tiempo para que le dieran una certificación que ese tipo de empresas precisan para funcionar legalmente. Narraba que sin ese dinero le “mamaban todo el gallo que querían”, que él ya había “aprendido cómo era la movida” y que por eso lo incluía en su presupuesto. Al ver mi cara de incredulidad me dijo con resignada naturalidad: “así funcionan las cosas en éste país”. El resto del relato sí estuvo enmarcado en una verdadera naturalidad, seguramente con mi rostro menos agrio.

Días antes un compañero de trabajo me contaba con justificada indignación que su esposa estaba trabajando en una entidad pública en un empleo que le ayudó a conseguir un político, pero que le tocaba consignarle a dicho político el 30% del salario cada mes. Yo había escuchado de situaciones como esas en corrillos sin ninguna sustentación, y me parecía más mito que realidad. Pero me estaba enterando de manera directa de un caso real. Mi compañero se lamentaba, les tocaba tragarse la indignación porque no estaban pasando una buena época financiera y necesitaban esa platica.

En alguna reunión laboral a la que asistí hace un tiempo, alguien contaba que un compañero suyo que trabajaba en una entidad estatal le había ofrecido un empleo por el cual iba a devengar un millón mensual y que había aceptado. Al momento de la firma del contrato de trabajo, leyó que lo devengado iba a ser ocho millones, tras lo cual su “compañero” le explicó que el excedente le tocaba consignárselo a él cada mes porque eso era para pagar las comisiones a los funcionarios que “facilitaban” que se diera ese empleo. El desconcierto le pudo más que la necesidad y no aceptó tal contrato.

Conocí a causa de mi trabajo, a una persona experta en sistemas de redes y comunicaciones, compartimos pasatiempos como el fútbol y coincidimos en algunos gustos musicales. La última vez que conversamos me contó sobre un proyecto en el que estaba trabajando, cuyo desarrollo y ejecución dependía de una aprobación por parte de un funcionario de una institución gubernamental. Con sorna me contaba que la recepcionista le estaba pidiendo comisión para gestionarle sus documentos ante el “doctor”, porque supuestamente ese man mantenía muy ocupado. Su risa era de desconsuelo, se dio cuenta que su proyecto por ese lado no iba a tener futuro, y que aunque fuese aprobado, ya estaba intuyendo aquellos sobrecostos que no había considerado y que parecerían permanentes.

Un compañero que trabajó conmigo hasta hace poco tiempo, que vivía en un municipio cercano, contaba que un amigo suyo del barrio donde vivían, a quien le gustaba la acción social, colaborar con la gente y convocar eventos comunitarios para ayudar a su barrio, en una ocasión se postuló para concejal de aquel municipio porque creía que desde ahí podía ayudar más. Efectivamente sumó los votos necesarios y resultó elegido. Se preparó y se fue cargado con varios proyectos para impulsar. Pero ya estando en el concejo, desde la primera sesión, sus colegas le advirtieron cómo era que “funcionaba” eso allá. Con pasmosa incredulidad observó cómo un grupo mayoritario de concejales constreñidos aprobaban los presupuestos de “proyectos” presentados por un oscuro líder con evidente poder. Le “explicaron” que si no se metía en esa rosca no iba a pasar nada con él: “usted verá si vota en contra, de todos modos nosotros somos mayoría”. Le tocó sumarse a ese contubernio prácticamente obligado, para tratar de mendigar alguna aprobación de presupuesto para su barrio.

En los diferentes escenarios similares uno no sabe qué se engendró primero, si el sobornador o el sobornado, en todo caso esa infección necesita un complemento para materializarse, y de dos en adelante puede crecer según el tamaño de nuestra podredumbre colectiva, que debe ser mucha teniendo en cuenta que estos relatos son una muestra parcial de un solo ciudadano sin sus ojos enfocados en ello.

Cada cuatro años todos los políticos en sus promesas dicen que van a erradicar éstas prácticas. Después de once periodos politiqueros que me han tocado, esa práctica sigue igual. Aunque esa conducta es un engendro inherente al sistema capitalista, se lo atribuyo más a la displicencia política en que nos hemos dejado hundir, que llega hasta ser cultural y que parece se va a prolongar otros 4 años este 17 de junio que elijamos el poder ejecutivo central. Hace dos meses ya elegimos ese mismo continuismo en el poder legislativo.

Se suele decir que cada uno de nosotros desde nuestro campo de acción debemos evitar esa conducta, para ir transformando paulatinamente nuestra sociedad hacia convivencias amables y equitativas. Hago lo que me corresponde, pero parece que aquella infección se propagara con mayor proporción y se empecinara en mantenerse entre nosotros. No veo hasta ahora que el recambio generacional haya sido purificador en ese sentido, tocará esperar si tal vez una desaceleración demográfica pueda hacernos el favor. Y si ese cambio se llegara a dar, pueda ser que muchos rostros adustos se vuelvan amables.

DE UNA INGENUIDAD POLÍTICA

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eleccionesHasta ahora no me ha tocado ser jurado de votaciones, y pensaba que era afortunado por eso, quizá porque he escuchado a la gente escogida quejarse de dicho compromiso. Entiendo que el Estado designa esta labor de manera aleatoria entre la población, de tal forma que a cualquier persona le podría tocar hacerlo. Desconozco el mecanismo de designación de dichos jurados, pero observo que es repetitivo, a las mismas personas les toca siempre, y a las que no, nunca. Como ciudadano promedio, viendo esto, me nace la suspicacia que es un terreno fértil para la manipulación del escrutinio.

Históricamente, desde hace décadas, he escuchado reiteradamente la queja de que se roban las elecciones, pero bajo la ingenuidad de mi lente citadino, no me era posible concebir la forma en que eso pudiera hacerse, si el voto es secreto. Para mí, votar es un ejercicio tan transparente y cotidiano como abordar un autobús y pagar el pasaje, o como poner la basura en su lugar, o como no robar aunque pudiera, o como presentarse a una cita a la hora prevista, o como obedecer un semáforo. Para mí estos pequeñísimos ejemplos son un mandato tácito de la convivencia, que su incumplimiento no necesitaría ser punible para ser aplicado, un logro predecible de la propia naturaleza humana. Pero un vecino me decía con cierto desencanto: no sea ingenuo, que no estamos en un país desarrollado.

Cierto día me narraba un compañero de trabajo, escogido como jurado para las pasadas elecciones, cómo opera el escrutinio, y es desconsolador. Uno de esos jurados es quien marca o suma los votos que le va dictando otro jurado. Los errores y/o equivocaciones no suceden voluntariamente, pero ateniéndome al desencanto de mi vecino, podrían presentarse equivocaciones deliberadas, contratadas, maquinadas. Pensar en un testigo en cada conteo es logísticamente imposible. Mi compañero jurado continúa: “uno le va dictando “voto por fulano” “voto por perano”, y el otro man va marcando en una planilla y después suma, y esa es la cifra que se ingresa al sistema”.

Para mí un voto nulo es algo incomprensible y hasta indignante. Pero mi compañero me dice que siempre ve mucha cantidad de tarjetones que no se marcan y otros que se rayan intencionalmente. Esto último, efectivamente me lo confirmó otro vecino que me contó con morboso humor, que él es de los que raya con un garabato gigantesco el tarjetón, que sólo va a votar para recibir el certificado electoral y usufructuarlo -son varios los beneficios que brinda ese certificado, fue una estrategia bien intencionada del Estado para motivar la participación, pero vemos que ni así se reduce la abstención-. Siempre me ha causado una rabiosa consternación las cifras de votos nulos, y creía que era por la supuesta complejidad del voto preferente y por la desidia e ignorancia eternizada en nuestro promedio ciudadano. Me encuentro con estos testimonios y me alcanza para comprender porqué hay tantos votos nulos y las razones las puedo soportar en el concepto de podredumbre que ellos tienen del poder público, es una desesperanza sin alternativa, una resignación decidida que no parece tener reversa, una sinsalida que engendra réplicas insospechadas.

Yo también siento la inutilidad de esta democracia, que de promesas no pasa, que es violada sin compasión, que no corresponde a su significación etimológica, es un sistema político premeditadamente mantenido por lo fácilmente corruptible, porque los que hacen las leyes ya saben cómo eludirlas, porque no hay en esos legisladores una creatividad incluyente, parece que legislaran solo para ellos, la otredad no es su foco. Hay una lógica capitalista perversa y cínica que reza que todo siempre va a ser así, por la naturaleza del sistema y el egoísmo humano. Sin embargo, me causa al menos una curiosidad paradójica toda esa pasión que despierta la actividad política, que pone a sendos hermanos a jalar para esquinas diferentes, hermanos que no caen en cuenta que ese es el fragor separatista que necesita la democracia para ser estéril.

Un Adiós Lacerante

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caraEs fácil decir adiós cuando se ha dejado de amar, es la orilla ganadora, la que infiere que la vida continúa, la que invoca el pragmatismo, la que asegura que era mejor así, la que alecciona a los demás, la que promete que se puede seguir como amigos.

Es inútil intentar predecir el destino de una relación amorosa cuando uno se embarca en ella. Porque todo comienzo es rosa, ingrávido, perfumado, ensoñador, sin tropiezos, porque no hay un calado profundo de realidades. Es la razón de ser del llamado noviazgo. Es la relación gloriosa, la esperada, a cada cita nos decoramos con lo mejor de nuestros ángeles y encubrimos nuestros demonios. Hasta nuestra fisiología conspira a favor nuestro, recurriendo a la alquimia necesaria para perfumar nuestra respiración, desodorizar nuestra piel, es todo un laboratorio milagroso que convierte sudores en sabores, con olores inspiradores. De esa nube mágica no caen los dos a la vez, el aterrizaje no es simultáneo -que sería lo ideal-, primero cae uno, que es quien se desengaña primero, el ganador, el que cae con paracaídas y sin dolor. Después al perdedor le toca caer sin paracaídas, porque sólo había uno, la realidad le estalla en la cara en franca contravía, sin esperarla.

Un rompimiento es avasallador para la orilla perdedora, no se puede amar tanto que se crea que vale por los dos, no se puede insistir en justicia de respuestas mutuas, no se puede esperar que te amen del mismo modo. Las historias de otros no sirven para ejemplificar, ni las novelas escritas, ni los guiones para películas. Mis lágrimas son propias, nuevas, hijas de una historia única e irrepetible. Lloro porque me nace, porque hay un dolor incontenible, porque no lo puedo evitar, porque es un grito desenfrenado que vence mi cordura, un hilo profundo que no se quiere desprender y me hiere y me sangra al respirar. Quiero secar todo este llanto aunque no se vuelva canción, aunque me quede suspendido en el tiempo y el espacio. Voy a lavar todo este dolor sin rabia porque quiero un recuerdo grato pero lejano, voy a sacar toda la conmoción de una vez, voy a desgarrar mi voz en todas las tonalidades para vacunarme de este amor maravilloso que ya no podré tener. No quiero deshacerme de sus cartas y regalos, quiero poder soportarles su mirada y poder ver nuestros recuerdos sin recelo, esperando que su bella sonrisa, que era para mi, se me diluya con el dolor placentero de una aventura válida. Se fue, decidió irse y se lo permití, así como le permití llegar hace un tiempo atrás. No quiero refrenar este sentimiento ni lo pienso disimular, su duelo es inherente a su historia misma, que fue deslumbrante e incondicional.

En una relación sentimental, los dos involucrados habrían de pactar, desde un comienzo, que va a tener un fin, para que en esa instancia se puedan despedir de mano. Como en las reglas de un juego. Así las cosas, quizá es pernicioso bautizar una naciente relación afectiva como noviazgo, oscuro preámbulo juramental que va sucumbiendo ante la rutina y todos los vicios culturales que enferman la magia, que le hacen perder ese equilibrio espontáneo nacido de la nada dual de almas apostándole a un elixir desconocido. Ese abandono voluntario, apuesta audaz, entrega total, devoción espiritual, incondicional, debería tener inherentemente un final esperado, que aunque triste, nos deje la satisfacción permanente de una locura cumplida, como cuando nos gozamos una montaña rusa o un tobogán sabiendo que el viaje es corto.

LENTITUD

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AnclaLa sociedad de la que hago parte va progresando a paso lento, al decir esto no me voy a salir de la condición tercermundista que conformamos, para no tener un referente alto que dramatice aún más nuestros paquidérmicos avances. El sistema de transporte de la ciudad que habito es un ejemplo vivo de esta lentitud inaudita, el cual utilizo siempre, por lo cual mi percepción pueda resultar confiable.

Haciendo un cómputo del tiempo que empleo para trasladarme en el masivo hacia mi lugar habitual de labor diaria, noto que el tiempo neto de traslado son veinte minutos, pero yo siempre presupuesto cincuenta. Los treinta adicionales son para resolver las posibles demoras del servicio, ¡más del doble!. Resulta insólito que un usuario esté resolviendo las deficiencias del sistema de transporte. Más insólito aún, cuando eventualmente no se dan esas demoras y únicamente consumo los veinte minutos, hasta me sonrojo de lo afortunado que soy, cuando debería ser lo normal.

No me alcanza para explicarme por qué no pueden garantizar una frecuencia consistente y corta. Yo no sé si tener las vías exclusivas no alcanza para eso. Sucede con bastante frecuencia que después de una espera de 20 minutos o más, pasan dos vehículos seguidos. Incluso a veces no paran después de semejante espera. Cuando uno se instala en un paradero, es una incertidumbre el momento del arribo de un vehículo, esto se podría superar con tecnología, pero eso ni se vislumbra, observando el poco modernismo de todo el sistema.

También pareciera que el buen servicio depende en gran medida del estado de ánimo del conductor. No he podido inferir por qué unas veces paran y otras no, si la situación es similar: usuarios en un paradero que levantan la mano solicitando que pare. No recoger pasajeros es negar la entrada de recursos a la empresa que les paga el salario. Algunos dicen que les ponen tiempos cortos para hacer los recorridos, deduzco entonces que sus jefes tratan de agilizar el servicio con esa medida, pero no se da ni lo uno ni lo otro. Ni qué decir lo que sucede en los intercambiadores para los transbordos, los conductores parece que se escaparan con los vehículos antes que los pasajeros los aborden. Acaso se les olvidó que la razón de ser de un intercambiador es el transbordo. Esas flaquezas las termina aprovechando otra alternativa de transporte.

Que esa situación mejore, es algo que va a ir despacio, nos tienen resignados a ese ritmo y ya pensamos que es lo normal, que un servicio público siempre es deficiente, que de nada vale exigir, que el que exige hace el ridículo, casi siempre solo.

Nos dieron contentillo con este sistema BRT (Bus de Tránsito Rápido!) en lugar de hacernos un sistema definitivo, con troncales subterráneas complementadas con los otros modos de transporte. Eso más adelante se va a tener que cambiar. Un bus articulado disputándose la superficie de las vías contra el siempre creciente número de autos particulares, padeciendo los semáforos y ejecutando todas las peripecias como cualquiera de ellos, es un disparate. Y de los más caros, un pasaje que cuesta lo mismo que un litro de leche, debe ser el pasaje urbano más caro del continente.

Un sistema de transporte masivo es de las mejores cosas que le puede suceder a una ciudad, pero se cagaron en ese concepto. Si ni siquiera lo han cambiado en la capital del país, poco o nada podemos esperar que hagan en esta pequeña ciudad. El BRT de aquí fue hecho a la medida del de la capital, parece que hasta contractualmente. Dicen que alrededor del 90 % de los ingresos va para los accionistas, que así quedó estipulado en un contrato inmodificable. Una pírrica parte queda para el sostenimiento y mejoras. Un servicio público no puede tener como objetivo el enriquecimiento de unos pocos, su objetivo debe ser el de mejorar el nivel de vida de quienes lo usan, y con lo que se paga por pasaje, alcanza para eso y más.

Vamos lento, pero no aplastante. Hace un par de años envié una sugerencia: que uno pudiera recargar la tarjeta por medios electrónicos. A la semana siguiente me contactó una funcionaria para responderme que proveer esa opción a los usuarios era onerosa para la empresa porque habían prioridades que cubrir, que el presupuesto que manejaban para sostener el funcionamiento generalmente se quedaba corto. Y en medio de una inesperada conversación de ciudadanos, me insinuó lo que todos suponemos sin fallar: que los dueños se quedan con casi todo y no le invierten a la empresa. No fue difícil concluir que atendió mi inquietud por un mero protocolo de justificación en atención al cliente.

Eso no solo ocurre en el tema del transporte, también en la salud, en las obras de saneamiento básico, en los bancos, en la educación, en fin, la lista es larga. Cada ministro justifica su labor: que hace 80 años la gente se gastaba 2 días para llegar al pueblo más cercano, que hace 80 años en promedio la gente se moría a los cuarenta años, que hace 80 años no existían las alcantarillas, que hace 80 años la gente guardaba la plata debajo del colchón, que hace 80 años estudiar era un lujo de pocos, etc. Será que 80 años es poquito para ellos. 80 años parece que será lo que demoremos en cambiar este BRT a un sistema de transporte eficiente, definitivo, económico y sostenible.

Es probable que en este relato haya imprecisiones, que haya términos no técnicos, errores informativos y hasta fuentes no comprobables, pero nada de eso puede reprimir la necesidad de un testimonio legítimo y real de quien vive con suficiente asiduidad esta experiencia de transporte que debería ser decorosa, y que estoy seguro es el mismo sentir de miles de conciudadanos.

DISPERSOS

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hormigas-dispersasUn afortunado día una joven me preguntó si yo creía en dios. Me tomó fuera de lugar, porque cargo el estigma que la mente de los jóvenes es un objetivo claro del mercadeo corporativo, y que por eso la inmensa mayoría de ellos andan dispersos en las diferentes oleadas de frivolidades que les ponen a consumir. Fue tal la sorpresa ante aquella muchacha que, por eludir el interrogante, le dije que no creía en nada de eso. Sin dudarlo, me replicó que eso no era posible porque como humanos siempre elaboramos una respuesta para aquello que no conocemos, como el misterio de la muerte, que resumidamente es el caldo de cultivo para una creencia o religión. La sorpresa se fue tornando grata, y quedé acorralado escuchando a aquella estudiante de sociología. Pude intercambiar algunos conceptos antes que nos interrumpiera el motivo que nos condujo a aquella sala de espera. “Olivia” la llamaron.

Independiente del tema tratado, aquel episodio me devolvió alguna esperanza de futuro; quizá dentro de varias generaciones sea más la cantidad de personas cuyo alto pensamiento racional evite ser atarrayado por esa minoría que hoy manipula nuestra civilización. De tal forma que esa inteligencia, autónoma en cada uno de nosotros, se masifique colectivamente y sea la que decida el porvenir de la humanidad; me refiero a ese acuerdo tácito de cientos o miles de personas identificando lo correcto, porque lo sienten útil, justo, equilibrado, que lo eligieron con convicción propia, sentida, probada, y no como una obediencia social a tendencias maquinadas. Esa esperanza me nace ahora en esta sorprendente conversadora juvenil.

Olivia no llevaba maquillados sus labios ni se balanceaba en tacones. No pintaba sus uñas ni planchaba su pelo. Sus párpados no estaban tatuados ni sus cejas depiladas. Su frente no llevaba brillo de colores ni sus pestañas fosforescían. El color de su rubor y de su cabello no estaban alterados. Su piel no estaba perforada con metales ni sus dedos se ahorcaban en anillos. Sus orejas y nariz no cargaban anteojos ni su cuello collares. No le percibí perfume alguno, ni ninguna de esas banalidades que ya son paisaje obligado en los jóvenes de su edad. Me alcanzó para deducir que empleaba su tiempo en otras actividades que se procuraba ella misma, que si madrugaba o trasnochaba era para apostar por su crecimiento. Su cuerpo no estaba invadido de extrañezas, y por sus consideraciones de la vida, pude concluir que eso no va a pasar.

Es paralelo obligado, cuando reparo en algún joven, verme a mí mismo en aquella edad. No los señalo, yo también estuve disperso. Me preocupaba más cómo lucir mi abundante cabellera, que buscarle solución a la gotera del grifo de la cocina. No me alcanzaba para entender el proceso de transformación de sucio a limpio, del ciclo del agua y su fragilidad. También obedecía los mandatos del mercadeo, aunque me pavoneaba de sensible y soñador. Quedé debiendo abrazos y agradecimientos. A veces intento salvar el honor pensando que no fumé, que no me tatué la piel, que no me emborraché o cosas así. Pero episodios como el de Olivia me soban en la cara que tampoco leí lo suficiente; que el tiempo que me pasé admirando algo, mejor lo hubiera empleado aprendiéndolo a hacer; que no cultivé todo el valor civil que me faltó para evitar una injusticia; que derroché el exuberante brío juvenil en ligerezas; que no me detuve a diseñar mi destino; que muchas lunas pasaron sin mirarlas.

Una canción me recuerda que cuando uno sueña con ser ruiseñor, no hay que esperar la noche para empezar a volar. No dudo que aquel día conversé con una ruiseñora en pleno florecimiento. Espero se junten con otros de diferentes colores, se multipliquen y salgan a volar más temprano que nosotros y me desvirtúen este incómodo estigma.

LA DESILUSIÓN

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ojos2

Al transportarse en un vehículo, a menudo surgen analogías entre esa ruta de autobús y el camino de nuestra vida con sus rutas abortadas, esas alternativas hipotéticas que nunca fueron, y hasta se juega con imaginarlas.

Conforme avanzamos, las perspectivas de nuestro horizonte van cambiando, en el camino como en la vida. Parece tan lógico hoy, que es sonrojador recordar aquellas ilusiones pasionales de la adolescencia y sus cercanías. Aquel amor jurado de por vida, cada nuevo enamoramiento era eterno, todo eso lo evidencian vetustos tatuajes en la piel y en la mente, viejos diarios personales, fotografías manchadas y objetos evocadores que nos negamos a botar.

Mi compañera casual en este viaje es una señora obesa, con manchas en la piel y otras certificaciones de su acumulada edad, tal vez la misma edad mía. Se entreduerme con el ronroneo del autobús, fruto de un cansancio que se me antoja vano. No pude evitar pensar que así podría lucir hoy día aquella jovencita compañera de colegio, Gloria, que yo acosaba con mi mirada incansable de púber fervorosamente inseguro. Fue uno de tantos enamoramientos vanos que finalmente se esfumaron con el paso del tiempo, una de tantas rutas mal paridas, que no fueron.

Todo cambia, incluida aquella lozanía juvenil que uno suponía inagotable. Pero esa frescura, mi pasajera acompañante no solo la perdió, también la olvidó, su gesto facial es delator aunque involuntario. Su cansancio le evita hasta disfrutar el esplendoroso amanecer de hoy. Abre sus ojos de vez en cuando para registrar el recorrido, eso me hace pensar que no duerme, que no está allá ni acá, que ha renunciado a lucir sus canas en vez de padecerlas, que no va a importar si muere, porque ya lo está emocionalmente. No pude ver el color de sus ojos para descartar esa nostalgia. En el pequeño módulo del autobús, cuatro de diez pasajeros están en la misma condición, incluso una mujer joven intenta dormir de pie. No parece una situación poco común, muchas vidas pasan inmisericordemente.

Precisamente me dirigía a una reunión con viejos amigos del colegio, seguramente voy a encontrarme con retratos parecidos a mi desilusionada compañera de viaje, personas irreconocibles en su físico. No se me olvida que todas estas impresiones visuales son mutuas. Hay quienes bromean diciendo que los que envejecen son los demás.

Imposible no evocar la expectativa que alguna vez me generó volver a ver a Gloria, después de mucho tiempo pasado, también en una reunión de reminiscencias. Uno de tantos enamoramientos, pero que marcó diferencia por lo insostenible que se me hizo hasta unos años después. Me la jugué toda, una noche de abril destapé mis cartas y le confesé mi sentimiento, estando muy cerquita su rostro del mío. Ella algo debía estimarme, porque no me repelió ipso facto. Las feromonas de aquel episodio solo eran las mías. Me respondió que le diera una semana para pensarlo. Semana de contrastes, agridulce. Mi amigo Carlos me dijo cruelmente que cuando la respuesta va a ser “si”, es inmediata, que no me ilusionara. Ante otros amigos ostentaba que mi vida estaba a punto de dar un giro trascendental. Recuerdo que escribía interminables versos necesarios, idealizando un final de novela rosa, pensaba que una relación amorosa era una meta y no un camino. Los siete días pasaron más rápido que lo deseado, para comprobar que Carlos tenía razón. Aquel “no” todavía estremece mis íntimas remembranzas. De todas formas fue un punto de inflexión. Muchos dicen indolentemente que la vida continúa. Y continuó para mi, con la curiosidad de aquello que pudo ser. Mis feromonas fueron fragancia en otras féminas. Ya no hubo marcha atrás y aquellos ojos claros se me extraviaron, su frescura se me perdió del horizonte y ya no hubo más intentos. No quedó tatuaje porque no hubo promesa.

Al verla aquella vez, casi dije como la canción de Pablo: “Hoy la ví, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba, el que dan unos años de no ser feliz”. Esa expresión me ha parecido jactanciosa con matiz revanchista, pero no puedo negar que me alegro por mí que así sea. Debo poseer alguna fibra machista que se satisface con ese presunto resultado.

Ha pasado el tiempo, y aunque desde entonces la he visto una decena de veces, nunca le he preguntado directamente porqué nunca se casó, tampoco le he reclamado por aquel gélido y despiadado “no”, ni por la historia que no escribimos. Hoy día luce serena, sus ojos claros ya no brillan, aunque el creciente cabello cano lo incorpora bien en su figura aún esbelta y su rostro sin manchas. No le he indagado por su porvenir, por sus planes ulteriores o si ya se gastó las emociones y los riesgos. Hay muchos desengañados de la relación de pareja, que no quieren saber nada de compartir su otoño e invierno con alguien, y también existen otros sedientos por compartirla. Supongo que es la confusión entre camino y meta.

Algunos suelen decir que la vida da muchas vueltas, pero aunque Gloria no padece el deterioro físico de mi compañera de viaje, creo que sí tiene caducado su sistema emocional. El hallazgo del amor es una conjunción mutua en un instante determinado, una convergencia irrepetible, un descubrimiento sin mérito.

LA MUERTE DE ENRIQUE

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EnriqueDicen que los años de la niñez tienen un impacto duradero en todo el recorrido de la vida. Parecerían las reglas de un único juego, de un solo tiempo, sin árbitros. La condición sería que uno no lo sabe en ese momento, y si se lo dijeran, parecería necedad. Entre muchas de aquellas tempranas imágenes que me llegan de aquel tiempo, se destacan los Enriques. Conocí a cuatro Enriques en esos años. Hoy existen tres, se fue para siempre el Enrique que más simpatías me despertaba. Voy a describir a los cuatro como en tiempo vivo, por alguna suerte de homenaje que le debo al ausente.

Enrique Uno era el deportista sorpresa, no jugaba fútbol como todos los demás. Vaya sorpresa. Practicaba gimnasia, ese deporte que solo lo veíamos por televisión en algunos eventos deportivos internacionales. Un cierto día nos dejó boquiabiertos cuando delante de todos ejecutó el llamado salto mortal. Entonces marcó diferencia. Era la causa por la que no mantenía mucho en la calle como nosotros, los demás. Para lograr semejante pericia tocaba practicar permanentemente y con pasión. A ningún otro se le ocurrió practicar tal actividad. No es difícil imaginar que aquella pasión de Enrique Uno por la gimnasia terminaría una vez pasara su adolescencia. Como muchos de aquella generación, en “edad productiva” le tocó irse a otro país a trabajar.

Enrique Dos era uno de los menores de un brote de once hermanos. Por aquellas rudas calles de mi barrio, él era el experto de la cauchera, una rudimentaria arma heredada de generaciones pasadas, que se usaba para cazar palomas. Era un par de años mayor que yo, y tenía la extraña virtud de defender a los pequeños de mi edad, a los que los de su edad molestaban. En compañía de Enrique Dos nos sentíamos protegidos. Una vez su hermano fastidioso, se especializó en otra aguda arma para hacernos daño: una banda de caucho capaz de lanzar trocitos de cáscara de naranja. Nos tenía jodidos. Entonces se nos ocurrió amenazarlo con Enrique Dos y su cauchera invencible. Fue una iluminada decisión, no volvimos a sufrir los trocitos de cáscara de naranja impactando nuestra piel.

Enrique Tres fue un caso difícil para su madre en los primeros años, niño rebelde, problemático, pero astuto, además de excelso dibujante en esos años. Aprendí a pintar bajo su influencia, no olvido aquel corazón que me coloreó para una tarea de la escuela. Su inteligencia lo convirtió luego en un estudiante ejemplar, que le tocó estudiar mucho para ser siempre el mejor de la clase y ganarse las becas que le soportaron su estudio en el colegio y más adelante en la universidad. Fue el único del barrio que hizo estudios superiores de día. Tuvo una militancia fallida en aquel comunismo juvenil de las universidades, porque una vez graduado, se dedicó a disfrutar las mieles que nuestro capitalismo brinda a destacados como él.

Enrique Cuatro fue un vivaz compañero de infancia, del que no olvido su recursividad para resolver los desafíos cotidianos. También aprendí su metodología pragmática para proceder en todo lo que emprendía. Uno más uno siempre son dos. Su estado de ánimo y su buen humor son una herencia invaluable. Sus conclusiones a cerca de las mujeres y el amor eran burdas como sus carcajadas. En aquellos tiempos envidiaba su arrasadora forma de leer. La inicial y predecible postura social de aquellas primeras lecturas, se desvaneció lentamente después conforme iba sumando bienes materiales a su favor. Hoy día está muy lejos de aquella preocupación por los otros, quizá porque los años van encorvando la columna y entumeciendo las articulaciones.

Más allá de aquella temporalidad mágica de la niñez, existe un desdoblamiento propio que no puede contener la educación familiar ni la formación académica. Esa magia no nos puede paralizar. Casi todo es cuestionable, y no se salva ni esa niñez que supuestamente define toda la vida. Aquellas evocaciones son un aire fresco que puede regocijar sin impedir edificar conclusiones.

De los Enriques descritos, solo uno no tiene descrito su presente. Ese es el Enrique que hace falta, el solidario, el protector, el confiable. Es el que no debió morir tempranamente. Se lo llevó una implacable enfermedad que hoy se evita con una vacuna. Su hermano mayor lo cuidó mucho, pero su esfuerzo fue en vano. La noticia de la muerte de Enrique es un reflujo que aún me estremece. Los otros tres Enriques, cada uno a su modo, negaron aquella teoría que durante la niñez se impacta el resto de la vida. Necedad es pensar que así va a ser. Los otros Enriques ya no se acuerdan de él, ni de la frescura infantil. Y quiero pensar que él no habría terminado como los otros tres.