LENTITUD

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AnclaLa sociedad de la que hago parte va progresando a paso lento, al decir esto no me voy a salir de la condición tercermundista que conformamos, para no tener un referente alto que dramatice aún más nuestros paquidérmicos avances. El sistema de transporte de la ciudad que habito es un ejemplo vivo de esta lentitud inaudita, el cual tengo que utilizar siempre, por lo cual mi percepción pueda resultar confiable.

Haciendo un cómputo del tiempo que empleo para trasladarme en el masivo hacia mi lugar habitual de labor diaria, noto que el tiempo neto de traslado son veinte minutos, pero yo siempre presupuesto cincuenta. Los treinta adicionales son para resolver las posibles demoras del servicio, ¡más del doble!. Resulta insólito que un usuario esté resolviendo las deficiencias del sistema de transporte. Más insólito aún, cuando eventualmente no se dan esas demoras y únicamente consumo los veinte minutos, hasta me sonrojo de lo afortunado que soy, cuando debería ser lo normal.

No me alcanza para explicarme por qué no pueden garantizar una frecuencia consistente y corta. Yo no sé si tener las vías exclusivas no alcanza para eso. Sucede con bastante frecuencia que después de una espera de 20 minutos o más, pasan dos vehículos seguidos. Incluso a veces no paran después de semejante espera. Cuando uno se instala en un paradero, es una incertidumbre el momento del arribo de un vehículo, esto se podría superar con tecnología, pero eso ni se vislumbra, observando el poco modernismo de todo el sistema.

También pareciera que el buen servicio depende en gran medida del estado de ánimo del conductor. No he podido inferir por qué unas veces paran y otras no, si la situación es similar: usuarios en un paradero que levantan la mano solicitando que pare. No recoger pasajeros es negar la entrada de recursos a la empresa que les paga el salario. Algunos dicen que les ponen tiempos cortos para hacer los recorridos, deduzco entonces que sus jefes tratan de agilizar el servicio con esa medida, pero no se da ni lo uno ni lo otro. Ni qué decir lo que sucede en los intercambiadores para los transbordos, los conductores parece que se escaparan con los vehículos antes que los pasajeros los aborden. Acaso se les olvidó que la razón de ser de un intercambiador es el transbordo. Esas flaquezas las termina aprovechando otra alternativa de transporte.

Que esa situación mejore, es algo que va a ir despacio, nos tienen resignados a ese ritmo y ya pensamos que es lo normal, que un servicio público siempre es deficiente, que de nada vale exigir, que el que exige hace el ridículo, casi siempre solo.

Nos dieron contentillo con este sistema BRT (Bus de Tránsito Rápido!) en lugar de hacernos un sistema definitivo, con troncales subterráneas complementadas con los otros modos de transporte. Eso más adelante se va a tener que cambiar. Un bus articulado disputándose la superficie de las vías contra el siempre creciente número de autos particulares, padeciendo los semáforos y ejecutando todas las peripecias como cualquiera de ellos, es un disparate. Y de los más caros, un pasaje que cuesta lo mismo que un litro de leche, debe ser el pasaje urbano más caro del continente.

Un sistema de transporte masivo es de las mejores cosas que le puede suceder a una ciudad, pero se cagaron en ese concepto. Si ni siquiera lo han cambiado en la capital del país, poco o nada podemos esperar que hagan en esta pequeña ciudad. El BRT de aquí fue hecho a la medida del de la capital, parece que hasta contractualmente. Dicen que alrededor del 90 % de los ingresos va para los accionistas, que así quedó estipulado en un contrato inmodificable. Una pírrica parte queda para el sostenimiento y mejoras. Un servicio público no puede tener como objetivo el enriquecimiento de unos pocos, su objetivo debe ser el de mejorar el nivel de vida de quienes lo usan, y con lo que se paga por pasaje, alcanza para eso y más.

Vamos lento, pero no aplastante. Hace años envié una sugerencia: que uno pudiera recargar la tarjeta por medios electrónicos. A la semana siguiente me contactó una funcionaria para responderme que proveer esa opción a los usuarios era onerosa para la empresa porque habían prioridades que cubrir, que el presupuesto que manejaban para sostener el funcionamiento generalmente se quedaba corto. Y en medio de una inesperada conversación de ciudadanos, me insinuó lo que todos suponemos sin fallar: que los dueños se quedan con casi todo y no le invierten a la empresa. No fue difícil concluir que atendió mi inquietud por un mero protocolo de justificación en atención al cliente.

Eso no solo ocurre en el tema del transporte, también en la salud, en las obras de saneamiento básico, en los bancos, la lista es larga. Cada ministro justifica su labor: que hace 80 años la gente se gastaba 2 días para llegar al pueblo vecino, que hace 80 años en promedio la gente se moría antes de los cincuenta años, que hace 80 años no existían las alcantarillas, etc. Será que 80 años es poquito para ellos. 80 años parece que será lo que demoremos en cambiar este BRT a un sistema de transporte eficiente, definitivo, económico y sostenible.

Es probable que en este relato haya imprecisiones, que haya términos no técnicos, errores informativos y hasta fuentes no comprobables, pero nada de eso puede reprimir la necesidad de un testimonio legítimo y real de quien vive con suficiente asiduidad esta experiencia de transporte que debería ser más decorosa, y que estoy seguro es el mismo sentir de miles de conciudadanos.

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DISPERSOS

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hormigas-dispersasUn afortunado día una joven me preguntó si yo creía en dios. Me tomó fuera de lugar, porque cargo el estigma que la mente de los jóvenes es un objetivo claro del mercadeo corporativo, y que por eso la inmensa mayoría de ellos andan dispersos en las diferentes oleadas de frivolidades que les ponen a consumir. Fue tal la sorpresa ante aquella muchacha que, por eludir el interrogante, le dije que no creía en nada de eso. Sin dudarlo, me replicó que eso no era posible porque como humanos siempre elaboramos una respuesta para aquello que no conocemos, como el misterio de la muerte, que resumidamente es el caldo de cultivo para una creencia o religión. La sorpresa se fue tornando grata, y quedé acorralado escuchando a aquella estudiante de sociología. Pude intercambiar algunos conceptos antes que nos interrumpiera el motivo que nos condujo a aquella sala de espera. “Olivia” la llamaron.

Independiente del tema tratado, aquel episodio me devolvió alguna esperanza de futuro; quizá dentro de varias generaciones sea más la cantidad de personas cuyo alto pensamiento racional evite ser atarrayado por esa minoría que hoy manipula nuestra civilización. De tal forma que esa inteligencia, autónoma en cada uno de nosotros, se masifique colectivamente y sea la que decida el porvenir de la humanidad; me refiero a ese acuerdo tácito de cientos o miles de personas identificando lo correcto, porque lo sienten útil, justo, equilibrado, que lo eligieron con convicción propia, sentida, probada, y no como una obediencia social a tendencias maquinadas. Esa esperanza me nace ahora en esta sorprendente conversadora juvenil.

Olivia no llevaba maquillados sus labios ni se balanceaba en tacones. No pintaba sus uñas ni planchaba su pelo. Sus párpados no estaban tatuados ni sus cejas depiladas. Su frente no llevaba brillo de colores ni sus pestañas fosforescían. El color de su rubor y de su cabello no estaban alterados. Su piel no estaba perforada con metales ni sus dedos se ahorcaban en anillos. Sus orejas y nariz no cargaban anteojos ni su cuello collares. No le percibí perfume alguno, ni ninguna de esas banalidades que ya son paisaje obligado en los jóvenes de su edad. Me alcanzó para deducir que empleaba su tiempo en otras actividades que se procuraba ella misma, que si madrugaba o trasnochaba era para apostar por su crecimiento. Su cuerpo no estaba invadido de extrañezas, y por sus consideraciones de la vida, pude concluir que eso no va a pasar.

Es paralelo obligado, cuando reparo en algún joven, verme a mí mismo en aquella edad. No los señalo, yo también estuve disperso. Me preocupaba más cómo lucir mi abundante cabellera, que buscarle solución a la gotera del grifo de la cocina. No me alcanzaba para entender el proceso de transformación de sucio a limpio, del ciclo del agua y su fragilidad. También obedecía los mandatos del mercadeo, aunque me pavoneaba de sensible y soñador. Quedé debiendo abrazos y agradecimientos. A veces intento salvar el honor pensando que no fumé, que no me tatué la piel, que no me emborraché o cosas así. Pero episodios como el de Olivia me soban en la cara que tampoco leí lo suficiente; que el tiempo que me pasé admirando algo, mejor lo hubiera empleado aprendiéndolo a hacer; que no cultivé todo el valor civil que me faltó para evitar una injusticia; que derroché el exuberante brío juvenil en ligerezas; que no me detuve a diseñar mi destino; que muchas lunas pasaron sin mirarlas.

Una canción me recuerda que cuando uno sueña con ser ruiseñor, no hay que esperar la noche para empezar a volar. No dudo que aquel día conversé con una ruiseñora en pleno florecimiento. Espero se junten con otros de diferentes colores, se multipliquen y salgan a volar más temprano que nosotros y me desvirtúen este incómodo estigma.

LA DESILUSIÓN

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ojos2

Al transportarse en un vehículo, a menudo surgen analogías entre esa ruta de autobús y el camino de nuestra vida con sus rutas abortadas, esas alternativas hipotéticas que nunca fueron, y hasta se juega con imaginarlas.

Conforme avanzamos, las perspectivas de nuestro horizonte van cambiando, en el camino como en la vida. Parece tan lógico hoy, que es sonrojador recordar aquellas ilusiones pasionales de la adolescencia y sus cercanías. Aquel amor jurado de por vida, cada nuevo enamoramiento era eterno, todo eso lo evidencian vetustos tatuajes en la piel y en la mente, viejos diarios personales, fotografías manchadas y objetos evocadores que nos negamos a botar.

Mi compañera casual en este viaje es una señora obesa, con manchas en la piel y otras certificaciones de su acumulada edad, tal vez la misma edad mía. Se entreduerme con el ronroneo del autobús, fruto de un cansancio que se me antoja vano. No pude evitar pensar que así podría lucir hoy día aquella jovencita compañera de colegio, Gloria, que yo acosaba con mi mirada incansable de púber fervorosamente inseguro. Fue uno de tantos enamoramientos vanos que finalmente se esfumaron con el paso del tiempo, una de tantas rutas mal paridas, que no fueron.

Todo cambia, incluida aquella lozanía juvenil que uno suponía inagotable. Pero esa frescura, mi pasajera acompañante no solo la perdió, también la olvidó, su gesto facial es delator aunque involuntario. Su cansancio le evita hasta disfrutar el esplendoroso amanecer de hoy. Abre sus ojos de vez en cuando para registrar el recorrido, eso me hace pensar que no duerme, que no está allá ni acá, que ha renunciado a lucir sus canas en vez de padecerlas, que no va a importar si muere, porque ya lo está emocionalmente. No pude ver el color de sus ojos para descartar esa nostalgia. En el pequeño módulo del autobús, cuatro de diez pasajeros están en la misma condición, incluso una mujer joven intenta dormir de pie. No parece una situación poco común, muchas vidas pasan inmisericordemente.

Precisamente me dirigía a una reunión con viejos amigos del colegio, seguramente voy a encontrarme con retratos parecidos a mi desilusionada compañera de viaje, personas irreconocibles en su físico. No se me olvida que todas estas impresiones visuales son mutuas. Hay quienes bromean diciendo que los que envejecen son los demás.

Imposible no evocar la expectativa que alguna vez me generó volver a ver a Gloria, después de mucho tiempo pasado, también en una reunión de reminiscencias. Uno de tantos enamoramientos, pero que marcó diferencia por lo insostenible que se me hizo hasta unos años después. Me la jugué toda, una noche de abril destapé mis cartas y le confesé mi sentimiento, estando muy cerquita su rostro del mío. Ella algo debía estimarme, porque no me repelió ipso facto. Las feromonas de aquel episodio solo eran las mías. Me respondió que le diera una semana para pensarlo. Semana de contrastes, agridulce. Mi amigo Carlos me dijo cruelmente que cuando la respuesta va a ser “si”, es inmediata, que no me ilusionara. Ante otros amigos ostentaba que mi vida estaba a punto de dar un giro trascendental. Recuerdo que escribía interminables versos necesarios, idealizando un final de novela rosa, pensaba que una relación amorosa era una meta y no un camino. Los siete días pasaron más rápido que lo deseado, para comprobar que Carlos tenía razón. Aquel “no” todavía estremece mis íntimas remembranzas. De todas formas fue un punto de inflexión. Muchos dicen indolentemente que la vida continúa. Y continuó para mi, con la curiosidad de aquello que pudo ser. Mis feromonas fueron fragancia en otras féminas. Ya no hubo marcha atrás y aquellos ojos claros se me extraviaron, su frescura se me perdió del horizonte y ya no hubo más intentos. No quedó tatuaje porque no hubo promesa.

Al verla aquella vez, casi dije como la canción de Pablo: “Hoy la ví, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba, el que dan unos años de no ser feliz”. Esa expresión me ha parecido jactanciosa con matiz revanchista, pero no puedo negar que me alegro por mí que así sea. Debo poseer alguna fibra machista que se satisface con ese presunto resultado.

Ha pasado el tiempo, y aunque desde entonces la he visto una decena de veces, nunca le he preguntado directamente porqué nunca se casó, tampoco le he reclamado por aquel gélido y despiadado “no”, ni por la historia que no escribimos. Hoy día luce serena, sus ojos claros ya no brillan, aunque el creciente cabello cano lo incorpora bien en su figura aún esbelta y su rostro sin manchas. No le he indagado por su porvenir, por sus planes ulteriores o si ya se gastó las emociones y los riesgos. Hay muchos desengañados de la relación de pareja, que no quieren saber nada de compartir su otoño e invierno con alguien, y también existen otros sedientos por compartirla. Supongo que es la confusión entre camino y meta.

Algunos suelen decir que la vida da muchas vueltas, pero aunque Gloria no padece el deterioro físico de mi compañera de viaje, creo que sí tiene caducado su sistema emocional. El hallazgo del amor es una conjunción mutua en un instante determinado, una convergencia irrepetible, un descubrimiento sin mérito.

LA MUERTE DE ENRIQUE

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EnriqueDicen que los años de la niñez tienen un impacto duradero en todo el recorrido de la vida. Parecerían las reglas de un único juego, de un solo tiempo, sin árbitros. La condición sería que uno no lo sabe en ese momento, y si se lo dijeran, parecería necedad. Entre muchas de aquellas tempranas imágenes que me llegan de aquel tiempo, se destacan los Enriques. Conocí a cuatro Enriques en esos años. Hoy existen tres, se fue para siempre el Enrique que más simpatías me despertaba. Voy a describir a los cuatro como en tiempo vivo, por alguna suerte de homenaje que le debo al ausente.

Enrique Uno era el deportista sorpresa, no jugaba fútbol como todos los demás. Vaya sorpresa. Practicaba gimnasia, ese deporte que solo lo veíamos por televisión en algunos eventos deportivos internacionales. Un cierto día nos dejó boquiabiertos cuando delante de todos ejecutó el llamado salto mortal. Entonces marcó diferencia. Era la causa por la que no mantenía mucho en la calle como nosotros, los demás. Para lograr semejante pericia tocaba practicar permanentemente y con pasión. A ningún otro se le ocurrió practicar tal actividad. No es difícil imaginar que aquella pasión de Enrique Uno por la gimnasia terminaría una vez pasara su adolescencia. Como muchos de aquella generación, en “edad productiva” le tocó irse a otro país a trabajar.

Enrique Dos era uno de los menores de un brote de once hermanos. Por aquellas rudas calles de mi barrio, él era el experto de la cauchera, una rudimentaria arma heredada de generaciones pasadas, que se usaba para cazar palomas. Era un par de años mayor que yo, y tenía la extraña virtud de defender a los pequeños de mi edad, a los que los de su edad molestaban. En compañía de Enrique Dos nos sentíamos protegidos. Una vez su hermano fastidioso, se especializó en otra aguda arma para hacernos daño: una banda de caucho capaz de lanzar trocitos de cáscara de naranja. Nos tenía jodidos. Entonces se nos ocurrió amenazarlo con Enrique Dos y su cauchera invencible. Fue una iluminada decisión, no volvimos a sufrir los trocitos de cáscara de naranja impactando nuestra piel.

Enrique Tres fue un caso difícil para su madre en los primeros años, niño rebelde, problemático, pero astuto, además de excelso dibujante en esos años. Aprendí a pintar bajo su influencia, no olvido aquel corazón que me coloreó para una tarea de la escuela. Su inteligencia lo convirtió luego en un estudiante ejemplar, que le tocó estudiar mucho para ser siempre el mejor de la clase y ganarse las becas que le soportaron su estudio en el colegio y más adelante en la universidad. Fue el único del barrio que hizo estudios superiores de día. Tuvo una militancia fallida en aquel comunismo juvenil de las universidades, porque una vez graduado, se dedicó a disfrutar las mieles que nuestro capitalismo brinda a destacados como él.

Enrique Cuatro fue un vivaz compañero de infancia, del que no olvido su recursividad para resolver los desafíos cotidianos. También aprendí su metodología pragmática para proceder en todo lo que emprendía. Uno más uno siempre son dos. Su estado de ánimo y su buen humor son una herencia invaluable. Sus conclusiones a cerca de las mujeres y el amor eran burdas como sus carcajadas. En aquellos tiempos envidiaba su arrasadora forma de leer. La inicial y predecible postura social de aquellas primeras lecturas, se desvaneció lentamente después conforme iba sumando bienes materiales a su favor. Hoy día está muy lejos de aquella preocupación por los otros, quizá porque los años van encorvando la columna y entumeciendo las articulaciones.

Más allá de aquella temporalidad mágica de la niñez, existe un desdoblamiento propio que no puede contener la educación familiar ni la formación académica. Esa magia no nos puede paralizar. Casi todo es cuestionable, y no se salva ni esa niñez que supuestamente define toda la vida. Aquellas evocaciones son un aire fresco que puede regocijar sin impedir edificar conclusiones.

De los Enriques descritos, solo uno no tiene descrito su presente. Ese es el Enrique que hace falta, el solidario, el protector, el confiable. Es el que no debió morir tempranamente. Se lo llevó una implacable enfermedad que hoy se evita con una vacuna. Su hermano mayor lo cuidó mucho, pero su esfuerzo fue en vano. La noticia de la muerte de Enrique es un reflujo que aún me estremece. Los otros tres Enriques, cada uno a su modo, negaron aquella teoría que durante la niñez se impacta el resto de la vida. Necedad es pensar que así va a ser. Los otros Enriques ya no se acuerdan de él, ni de la frescura infantil. Y quiero pensar que él no habría terminado como los otros tres.

DESAMORES DE MI AUTO PARTICULAR

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autosLa ruta hacia la comodidad ha sido secuestrada por el mercadeo, como tantas cosas más, y creemos que lograr esa comodidad es perseguir la quietud, hacerlo todo casi sin necesidad de movernos. Nos hicieron olvidar que la plataforma de la comodidad es la salud, la salud que nos da el movimiento, la actividad física. Cuando no poseemos un auto, vamos al mercado de la esquina caminando; cuando poseemos un auto, esa posibilidad de caminar se desecha.

Casi todos nos proponemos tener un auto particular. Esta aventura inició a partir de aquel sueño mercantil de Henry Ford a finales del siglo XIX en Estados Unidos. Desde entonces, ha sido una de las más prósperas industrias jalonadoras del capitalismo mundial. Nuestra civilización catapultó al auto particular en la muestra por excelencia del progreso de las personas. Muchas otras industrias conexas oscilan a su alrededor, también generando la actividad comercial premeditada. Hacerse a un auto particular es perpetuarle la rentabilidad a todas esas industrias afines que viven de la dinámica económica que genera el auto particular. Hace unos días, mientras recargaba mi tarjeta del masivo, una persona le comentaba a otra, que ese año su seguro del auto le había costado 1 millón, y que él iba en ese masivo porque tenía su auto en mantenimiento. Dos costos en simultánea. Al guardar el dinero de mi cambio, no pude contener la tentación de dividir aquel millón mencionado, en pasajes del masivo, me alcanzaría para cubrir un año en pasajes. Un auto particular causa gastos a su dueño cuando se utiliza y cuando no; será por eso que es signo de prosperidad, porque se debe tener un flujo de dinero mínimo permanente para cubrir los insumos tangibles.

Los otros insumos, intangibles, los subestimamos. Son esos que nos desgastan. Son esos nuevos compromisos que asumimos sin condiciones. Algo así como venderle el alma al diablo. Puedo clasificarlo como un riesgo sicosocial crónico. Cedemos valiosa parte de nuestro tiempo, talento e intelecto a las actividades que implican tener ese auto; con ello resignamos todo aquello que pudiéramos crear con nuestro tiempo, talento e intelecto: en éste momento hay una persona buscando dónde parquear, otro está prisionero en el tráfico, otro conduce de noche encandilado, otro está intentando adelantar, otro está anclado en un semáforo, otro olvidó las llaves, otro no tiene paraguas en el auto, otro está limpiándole las llantas, otro atropelló a un perro, otro está restaurando su alarma, otro revisa su auto recién lavado, otro hace un recorrido inesperado, otro transporta a alguien no deseado, otro está pagando una multa de tránsito, otro está soportando un mendigo, otro le toca conducir después de un arduo día de trabajo, otro no encuentra a un conductor elegido. Y como estas, otras incontables circunstancias que nos consumen la vida impunemente, y hasta otros 18 morirán hoy, según las estadísticas.

La promesa de la comodidad cuelga de pocas cosas, es un impositivo mercantil, aunque bien posicionado socialmente, porque goza de privilegios envidiables: si le digo a mi jefe que estoy en un trancón del tráfico, me perdona llegar tarde; si le digo a mi esposa que el auto se descompuso y me tocó llevarlo a reparar, me disculpa el incumplimiento; si le digo a mis compañeros que tuve un incidente de tránsito, me excusan por no asistir a la reunión; y así, podría faltar a la fiesta de aniversario, al entierro, al paseo, a la cita, el auto siempre va a ser suficiente razón, y hasta generador de solidaridad.

Pero al soñar aquel ideal motorizado del Sr. Ford, evidenciamos que nos falla la geometría, si tal sueño se nos cumple a todos, los carros formarían un entramado tan denso que nos tocaría caminar por encima de ellos para desplazarnos. Las ciudades se piensan para los autos, más que para las personas.

Cierto día escuché un relato a una anciana adinerada, contaba cómo le intentaron hurtar su auto al detenerse en un semáforo. Ella conducía, después de salir de trabajar, de noche; hizo una maniobra insospechada que le pudo costar la vida, para escaparse de esa situación. Otro día ví al presidente de la empresa en que yo trabajaba, conduciendo su propio auto en medio de una jungla de autos a la hora crítica, y si otro conductor lo insultara, ese presidente se bajaría a pelear en la calle. En un noticiero ví a un medallista olímpico salir de su entrenamiento conduciendo su auto, y concluí que sus valiosas piernas irían más a salvo en el asiento trasero que como conductor. Pero la anciana, el presidente y el medallista prefieren estar al volante de su propio auto, obedeciendo aquel paradigma de progreso social.

Para mí, no hay equilibrio de costo con beneficio. He vivido teniendo y no teniendo auto particular. Retomando aquella conversión del costo del seguro del auto, transformado en pasajes del masivo, intuyo que el presupuesto de manutención de un auto particular es mayor al que se gasta si uno paga para que lo transporten, unas veces en masivo, otras en un auto con conductor profesional, al que no le pago seguro, que no ocupa espacio en mi casa, que no me causa ansiedades ni gastos por estar parqueado, y tantas otras. Yo creo que los empresarios Taxistas y Uber saben más de eso.

Por lo que representa en la economía mundial, vamos a tener auto particular para rato, seguirán brillando en las vitrinas, atrayendo consumidores; pero algún día van a ganar la presión ambientalista, la salud pública, el avance tecnológico de los drones junto a otros avances y alternativas de movilidad, que amenazan ese consentido auto particular. Entonces todas las carreteras, otrora inundadas de autos, ojalá se llenen con ruedas pero propulsadas por personas saludables.

CAMBIOS DE RUMBO

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Selección_001Durante mi adolescencia admiré como a pocos a Eulalio. Tuvo una niñez y adolescencia sufrida debido a los precarios recursos, pero estudió en colegio público, aprobando con altas calificaciones, lo que le dio un cupo en la universidad pública de la ciudad, donde también fue alumno avanzado. Pobre como casi todos los del barrio.

Desde el colegio fue tornándose de pensamiento consecuentemente social, participando en marchas y actividades de esas que me parecían propias de valientes, escabulléndosele a la policía, como acontecía frecuentemente en aquellos años 70’s. Contestatario, de aquella estirpe soñadora de cabello largo, que no temían enfrentar con piedras a la fuerza pública. Una vez lo ví marchando con mucha otra gente por las calles de mi barrio, con panfletos y altavoces, gritando consignas, defendiendo a una comunidad que la iban a desalojar de la orilla del río.

A pesar de estar en una universidad estatal, el sostenimiento del estudio era costoso para Eulalio: transporte, alimentación, materiales y demás. Recuerdo que emprendió un cine-club, tal vez como auto-sostenimiento, el contenido de aquellas películas también trataban la problemática social. Poco después se casó y esto le permitió terminar sus estudios, pues su esposa trabajaba. Yo lo percibía como a un filósofo cuando lo escuchaba hablar, con una suficiencia casi irrefutable. Por eso pensé que haberse casado era una decisión correcta para él.

Algún tiempo después, un día inesperado, llegó a pedir que lo dejáramos quedar en casa porque se había separado, con lágrimas en sus ojos narró lo que para mi era impensable. Una prematura y desconcertante decepción para mí, porque hasta llegué a ponerlos de pareja ejemplar. Algunos absolutismos se me comenzaron a derrumbar tempranamente. La filosofía podía ser excluyente con las emociones.

Después de terminar sus estudios, se empleó en una multinacional. Se comenzó a gestar mi segunda decepción. Yo, que erigía a Eulalio como ejemplo para otros estudiantes en proceso, tuve que pasar de agache ante esta metamorfosis. Él ya no iba a vivir al lado de aquellos desposeídos que defendía tiempo atrás. Se instaló en un barrio donde se le evaporaron las inequidades sociales. La casa la remodeló con arquitecto a bordo, hoy vive allí con su nuevo hogar e hijos que estudian en universidades privadas. En aquellos tiempos escuché a dos tías suyas manifestar que era un ingrato.

Pasado otro tiempo más, supe que estaba vinculado con una congregación religiosa. Me negaba a creerlo, para mí era incompatible que todo ese insumo académico y vivencial declinara en favor de cualquier fervorosidad religiosa. Una de tantas atrapó a Eulalio, de esas que surgieron luego que la Constitución del 91 puso al país laico, dando fin al monopolio católico. Entonces diversas ideologías religiosas lanzaron sus redes para sumar adeptos, tal como cualquier campaña de mercadeo moderno. Él cayó en una de tantas redes. Y sigue allí hasta ahora. Un día me contaron que lo vieron intentando sanar a una enferma, con gritos y conjuros en nombre de dios. Esta tercera decepción me dio un plop! completo, como los de Condorito.

Alguna vez escuché a un científico decir desprevenidamente: “no es lo mismo saber que entender”, lo he visto aplicado a otras circunstancias, y creo que esta es una más. Obviamente Eulalio no es culpable por mis decepciones mencionadas arriba. Esta es una contextualización desde mi orilla. Cada cual con sus razones, o con sus justificaciones. Supongo que una conclusión debería validarse sobre caminos finalizados, por lo que pueda ser que Eulalio me sorprenda gratamente ahora que está incursionando en la política.

El Regreso

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RegresoEs difícil jugarlo todo en una apuesta. Regresar no es hoy una opción contemplada por el señor Fernández. Hace diez meses lo venía considerando y por fin dio el salto al vacío, a encontrar algo que le esperaba.

Era viudo desde hacía siete años, cargando un duelo jurado a su único amor, aquel amor de los días cortos y auroras de colores. Fueron felices, con hijos incluidos, pero éstos se apartaron con sus destinos. En diversas facetas, la constante era un buen vivir de palabras entrelazadas y silencios cautivadores, no perturbados ni por sus numerosos nietos trajeados de tiranos.

La pérdida le sobrevino cuando sentía su misión cumplida. Pero mucho tiempo pasó y los días grises fueron opacando aquellos colores. El curso de su vida se fue tornando en un círculo sin sentido que lo fue confinando a unas pocas actividades siempre relacionadas con su duelo, incluso distanciándolo de aquello que solía hacer con agrado: tomar fotos en la plaza central, frente al congreso de la república. Sus colegas fotógrafos lo llamaron insistentemente los primeros años después del fallecimiento de su amada, también lo visitaban, pero fue tal su rol de fiel viudo, que olvidó casi por completo aquella dinámica que le generaba el sustento diario. Preparaba café para dos, arreglaba la cama con cuatro almohadas, se trasnochaba viendo aquellas películas románticas que compartían, aprendió a cocinar como ella, se bañaba con la puerta de la ducha abierta cantando como Sandro, se asomaba por la ventana a la misma hora de llegada, se seguía afeitando antes de desayunar, se vestía siempre suponiendo su aprobación de color, el perfume de ambos, se sentaba donde ella lo hacía, aprendió a dormir y cuidar su siesta, a intentar su arte manual; parecía como si quisiera hacerla volver de alguna forma. Sin embargo, las tardes crepusculares, que también compartía con su amada en vida, parecían susurrarle algo que no había podido descifrar en todos esos años. Esa seductora y extraña inquietud era el hilo que lo sacaría del túnel.

Aquel día no empacó cosas para llevar. Todo lo dejó, apostó el resto de su vida en esa jugada. Respiró liviano, de alguna parte se sentía respaldado, sentía firme su caminar. Salió a su paseo matutino y no regresó más a aquel encierro que se había improvisado por amor póstumo. Descubrió que aquel susurro vespertino era la voz de su amada, instándole a que siguiera tomando fotos, que ella estaba bien. Y regresó a obturar sus días.

La suerte del veintidós.

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22

Cada noche antes de dormir
tengo que despedirme de ti,
como jugando a ser feliz.

Es imaginación nada más,
tonto pensar que vendrás,
que alguna noche me besarás.

Naciste libre y lo sabías,
con tus alas mojadas quizá presentías
mi veintidós más allá,
en el cruce de caminos,
allí despertamos, allí nacimos,
todavía con el temor
de un “todo pasará”.

La espera que no me cansó,
toda la lluvia que me limpió,
la suerte del
veintidós.

Dime si sientes el arrullo
que te canto imperme
able del mundo,
y si te llega, déjalo jugar,
que también nació contigo,
que es liviano y puro,
el único dolor
que quiero festejar.

La cortesana democracia

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cortesana
Para mantener un equilibrio de convivencia, un estado debería operar como regulador entre empresarios y trabajadores, o entre ricos y pobres, o entre productores y consumidores; o sea, arbitrar la llamada lucha de clases. Un estado es el conjunto de instituciones que deben cumplir esa labor reguladora.
Pero el promedio ciudadano cree que quien manda en un país es el estado, es una creencia sana, a pesar que ello dificulta su entendimiento y nos pone lejos de tener participación o interactuar e influir en ese estado que siempre parece lejano. Algo contradictorio en una democracia si nos atenemos a su etimología: poder del pueblo. El estado es la imagen visible a través del gobierno de turno, pero no es quien manda. Quien manda detrás del estado y del gobierno son quienes producen la riqueza: Los empresarios. Desde luego, de manera indirecta pero infalible y perseverante.
Como una rudimentaria didáctica, he pensado que un estado es como un autobús, que su conductor es el gobierno de turno, que los pasajeros son el pueblo, pero que el dueño del autobús son los empresarios. Así alcanzo a imaginarme a los dueños del autobús contratando a los conductores cada cuatro años: un presidente con su congreso, sintetizando el tema.
Y para concebirlo cerca y sin fábulas, quizá sea necesario apocopar toda esa estructura compleja hacia un panorama tangible y comprensible para nosotros, los ciudadanos comunes. Cuando escalamos el tamaño de un estado hasta un departamento, reducimos la complejidad de entendimiento: un gobernador con su asamblea. Si escalamos más pequeño: un alcalde con su concejo. Nos va pareciendo más comprensible una ciudad. Y podemos seguir: un barrio y su junta comunal. A estas estaturas ya podemos distinguir comunidades cotidianas a nuestra vista; como un colegio: con su rector y su red administrativa; como una empresa local: con su dueño y sus supervisores; como las congregaciones religiosas: con su pastor y su séquito; como nuestra familia allegada: con su pariente rico y sus aduladores; podemos llegar incluso a nuestra familia parental: con su cabeza de familia al mando.
Ya en el contexto de una familia, podemos ver claramente que las decisiones son tomadas por el/la cabeza de familia, no por su pensamiento regulador, sino porque es el generador de los recursos. Contundente y diáfano. La gran mayoría de decisiones en una familia, colegio, congregación o comunidad, tienen una connotación económica, no jerárquica. Tal como en la familia, sucede a gran escala en los estamentos de poder del estado: son los empresarios los que contubernian las decisiones desde el asiento de atrás.
Toda la infernal infraestructura montada para la ejecución del modelo democrático, queda en ilusión. Si los que toman las decisiones son los acaudalados, etimológicamente vivimos en una plutocracia: poder de los ricos, ni si quiera en una aristocracia: poder de los mejores, ni específicamente en oligarquía: poder de unos pocos.
Cuando la mayoría de ciudadanos por fin nos reconozcamos componentes vitales de nuestro entorno, podremos romper esa infinita espiral gobiernista de los mismos con las mismas. Es más fácil enrarecer la opinión de 4 ciudadanos entre 10, que de 9 entre 10. Entonces podríamos disfutar de esta democracia mutándola a participativa. Que en gran medida no la sentimos cercana y útil precísamente porque nos negamos a explorar sus potencialidades, más sabiendo ya que un cambio por las fuerza es una insensatez.

CANCIÓN SIN PRETENSIONES

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cuerdas
Ya sé que tú no iniciaste esta situación
y que tienes derecho a una explicación,
también que quisieras esta noche jugar conmigo
o dormirte en mis brazos viendo la televisión.

Supongo que a veces te vas a la cama como si nada,
callándote todas las ansias de mi llegada,
y que tus ojos se cierran cansados de preguntar
por qué no estoy en tus madrugadas.

Tal vez pienses que no te quiero,
que por la noches no miro al cielo,
y hasta temas que haya olvidado
cuando te custodiaba pecho a pecho.

Hay canciones que no terminan
aunque muchas otras nos persigan,
hay momentos profundos de colores
que sin pretensiones nos iluminan.