LA MUERTE DE ENRIQUE

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EnriqueDicen que los años de la niñez tienen un impacto duradero en todo el recorrido de la vida. Parecerían las reglas de un único juego, de un solo tiempo, sin árbitros. La condición sería que uno no lo sabe en ese momento, y si se lo dijeran, parecería necedad. Entre muchas de aquellas tempranas imágenes que me llegan de aquel tiempo, se destacan los Enriques. Conocí a cuatro Enriques en esos años. Hoy existen tres, se fue para siempre el Enrique que más simpatías me despertaba. Voy a describir a los cuatro como en tiempo vivo, por alguna suerte de homenaje que le debo al ausente.

Enrique Uno era el deportista sorpresa, no jugaba fútbol como todos los demás. Vaya sorpresa. Practicaba gimnasia, ese deporte que solo lo veíamos por televisión en algunos eventos deportivos internacionales. Un cierto día nos dejó boquiabiertos cuando delante de todos ejecutó el llamado salto mortal. Entonces marcó diferencia. Era la causa por la que no mantenía mucho en la calle como nosotros, los demás. Para lograr semejante pericia tocaba practicar permanentemente y con pasión. A ningún otro se le ocurrió practicar tal actividad. No es difícil imaginar que aquella pasión de Enrique Uno por la gimnasia terminaría una vez pasara su adolescencia. Como muchos de aquella generación, en “edad productiva” le tocó irse a otro país a trabajar.

Enrique Dos era uno de los menores de un brote de once hermanos. Por aquellas rudas calles de mi barrio, él era el experto de la cauchera, una rudimentaria arma heredada de generaciones pasadas, que se usaba para cazar palomas. Era un par de años mayor que yo, y tenía la extraña virtud de defender a los pequeños de mi edad, a los que los de su edad molestaban. En compañía de Enrique Dos nos sentíamos protegidos. Una vez su hermano fastidioso, se especializó en otra aguda arma para hacernos daño: una banda de caucho capaz de lanzar trocitos de cáscara de naranja. Nos tenía jodidos. Entonces se nos ocurrió amenazarlo con Enrique Dos y su cauchera invencible. Fue una iluminada decisión, no volvimos a sufrir los trocitos de cáscara de naranja impactando nuestra piel.

Enrique Tres fue un caso difícil para su madre en los primeros años, niño rebelde, problemático, pero astuto, además de excelso dibujante en esos años. Aprendí a pintar bajo su influencia, no olvido aquel corazón que me coloreó para una tarea de la escuela. Su inteligencia lo convirtió luego en un estudiante ejemplar, que le tocó estudiar mucho para ser siempre el mejor de la clase y ganarse las becas que le soportaron su estudio en el colegio y más adelante en la universidad. Fue el único del barrio que hizo estudios superiores de día. Tuvo una militancia fallida en aquel comunismo juvenil de las universidades, porque una vez graduado, se dedicó a disfrutar las mieles que nuestro capitalismo brinda a destacados como él.

Enrique Cuatro fue un vivaz compañero de infancia, del que no olvido su recursividad para resolver los desafíos cotidianos. También aprendí su metodología pragmática para proceder en todo lo que emprendía. Uno más uno siempre son dos. Su estado de ánimo y su buen humor son una herencia invaluable. Sus conclusiones a cerca de las mujeres y el amor eran burdas como sus carcajadas. En aquellos tiempos envidiaba su arrasadora forma de leer. La inicial y predecible postura social de aquellas primeras lecturas, se desvaneció lentamente después conforme iba sumando bienes materiales a su favor. Hoy día está muy lejos de aquella preocupación por los otros, quizá porque los años van encorvando la columna y entumeciendo las articulaciones.

Más allá de aquella temporalidad mágica de la niñez, existe un desdoblamiento propio que no puede contener la educación familiar ni la formación académica. Esa magia no nos puede paralizar. Casi todo es cuestionable, y no se salva ni esa niñez que supuestamente define toda la vida. Aquellas evocaciones son un aire fresco que puede regocijar sin impedir edificar conclusiones.

De los Enriques descritos, solo uno no tiene descrito su presente. Ese es el Enrique que hace falta, el solidario, el protector, el confiable. Es el que no debió morir tempranamente. Se lo llevó una implacable enfermedad que hoy se evita con una vacuna. Su hermano mayor lo cuidó mucho, pero su esfuerzo fue en vano. La noticia de la muerte de Enrique es un reflujo que aún me estremece. Los otros tres Enriques, cada uno a su modo, negaron aquella teoría que durante la niñez se impacta el resto de la vida. Necedad es pensar que así va a ser. Los otros Enriques ya no se acuerdan de él, ni de la frescura infantil. Y quiero pensar que él no habría terminado como los otros tres.

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DESAMORES DE MI AUTO PARTICULAR

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autosLa ruta hacia la comodidad ha sido secuestrada por el mercadeo, como tantas cosas más, y creemos que lograr esa comodidad es perseguir la quietud, hacerlo todo casi sin necesidad de movernos. Nos hicieron olvidar que la plataforma de la comodidad es la salud, la salud que nos da el movimiento, la actividad física. Cuando no poseemos un auto, vamos al mercado de la esquina caminando; cuando poseemos un auto, esa posibilidad de caminar se desecha.

Casi todos nos proponemos tener un auto particular. Esta aventura inició a partir de aquel sueño mercantil de Henry Ford a finales del siglo XIX en Estados Unidos. Desde entonces, ha sido una de las más prósperas industrias jalonadoras del capitalismo mundial. Nuestra civilización catapultó al auto particular en la muestra por excelencia del progreso de las personas. Muchas otras industrias conexas oscilan a su alrededor, también generando la actividad comercial premeditada. Hacerse a un auto particular es perpetuarle la rentabilidad a todas esas industrias afines que viven de la dinámica económica que genera el auto particular. Hace unos días, mientras recargaba mi tarjeta del masivo, una persona le comentaba a otra, que ese año su seguro del auto le había costado 1 millón, y que él iba en ese masivo porque tenía su auto en mantenimiento. Dos costos en simultánea. Al guardar el dinero de mi cambio, no pude contener la tentación de dividir aquel millón mencionado, en pasajes del masivo, me alcanzaría para cubrir un año en pasajes. Un auto particular causa gastos a su dueño cuando se utiliza y cuando no; será por eso que es signo de prosperidad, porque se debe tener un flujo de dinero mínimo permanente para cubrir los insumos tangibles.

Los otros insumos, intangibles, los subestimamos. Son esos que nos desgastan. Son esos nuevos compromisos que asumimos sin condiciones. Algo así como venderle el alma al diablo. Puedo clasificarlo como un riesgo sicosocial crónico. Cedemos valiosa parte de nuestro tiempo, talento e intelecto a las actividades que implican tener ese auto; con ello resignamos todo aquello que pudiéramos crear con nuestro tiempo, talento e intelecto: en éste momento hay una persona buscando dónde parquear, otro está prisionero en el tráfico, otro conduce de noche encandilado, otro está intentando adelantar, otro está anclado en un semáforo, otro olvidó las llaves, otro no tiene paraguas en el auto, otro está limpiándole las llantas, otro atropelló a un perro, otro está restaurando su alarma, otro revisa su auto recién lavado, otro hace un recorrido inesperado, otro transporta a alguien no deseado, otro está pagando una multa de tránsito, otro está soportando un mendigo, otro le toca conducir después de un arduo día de trabajo, otro no encuentra a un conductor elegido. Y como estas, otras incontables circunstancias que nos consumen la vida impunemente, y hasta otros 18 morirán hoy, según las estadísticas.

La promesa de la comodidad cuelga de pocas cosas, es un impositivo mercantil, aunque bien posicionado socialmente, porque goza de privilegios envidiables: si le digo a mi jefe que estoy en un trancón del tráfico, me perdona llegar tarde; si le digo a mi esposa que el auto se descompuso y me tocó llevarlo a reparar, me disculpa el incumplimiento; si le digo a mis compañeros que tuve un incidente de tránsito, me excusan por no asistir a la reunión; y así, podría faltar a la fiesta de aniversario, al entierro, al paseo, a la cita, el auto siempre va a ser suficiente razón, y hasta generador de solidaridad.

Pero al soñar aquel ideal motorizado del Sr. Ford, evidenciamos que nos falla la geometría, si tal sueño se nos cumple a todos, los carros formarían un entramado tan denso que nos tocaría caminar por encima de ellos para desplazarnos. Las ciudades se piensan para los autos, más que para las personas.

Cierto día escuché un relato a una anciana adinerada, contaba cómo le intentaron hurtar su auto al detenerse en un semáforo. Ella conducía, después de salir de trabajar, de noche; hizo una maniobra insospechada que le pudo costar la vida, para escaparse de esa situación. Otro día ví al presidente de la empresa en que yo trabajaba, conduciendo su propio auto en medio de una jungla de autos a la hora crítica, y si otro conductor lo insultara, ese presidente se bajaría a pelear en la calle. En un noticiero ví a un medallista olímpico salir de su entrenamiento conduciendo su auto, y concluí que sus valiosas piernas irían más a salvo en el asiento trasero que como conductor. Pero la anciana, el presidente y el medallista prefieren estar al volante de su propio auto, obedeciendo aquel paradigma de progreso social.

Para mí, no hay equilibrio de costo con beneficio. He vivido teniendo y no teniendo auto particular. Retomando aquella conversión del costo del seguro del auto, transformado en pasajes del masivo, intuyo que el presupuesto de manutención de un auto particular es mayor al que se gasta si uno paga para que lo transporten, unas veces en masivo, otras en un auto con conductor profesional, al que no le pago seguro, que no ocupa espacio en mi casa, que no me causa ansiedades ni gastos por estar parqueado, y tantas otras. Yo creo que los empresarios Taxistas y Uber saben más de eso.

Por lo que representa en la economía mundial, vamos a tener auto particular para rato, seguirán brillando en las vitrinas, atrayendo consumidores; pero algún día van a ganar la presión ambientalista, la salud pública, el avance tecnológico de los drones junto a otros avances y alternativas de movilidad, que amenazan ese consentido auto particular. Entonces todas las carreteras, otrora inundadas de autos, ojalá se llenen con ruedas pero propulsadas por personas saludables.

CAMBIOS DE RUMBO

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Selección_001Durante mi adolescencia admiré como a pocos a Eulalio. Tuvo una niñez y adolescencia sufrida debido a los precarios recursos, pero estudió en colegio público, aprobando con altas calificaciones, lo que le dio un cupo en la universidad pública de la ciudad, donde también fue alumno avanzado. Pobre como casi todos los del barrio.

Desde el colegio fue tornándose de pensamiento consecuentemente social, participando en marchas y actividades de esas que me parecían propias de valientes, escabulléndosele a la policía, como acontecía frecuentemente en aquellos años 70’s. Contestatario, de aquella estirpe soñadora de cabello largo, que no temían enfrentar con piedras a la fuerza pública. Una vez lo ví marchando con mucha otra gente por las calles de mi barrio, con panfletos y altavoces, gritando consignas, defendiendo a una comunidad que la iban a desalojar de la orilla del río.

A pesar de estar en una universidad estatal, el sostenimiento del estudio era costoso para Eulalio: transporte, alimentación, materiales y demás. Recuerdo que emprendió un cine-club, tal vez como auto-sostenimiento, el contenido de aquellas películas también trataban la problemática social. Poco después se casó y esto le permitió terminar sus estudios, pues su esposa trabajaba. Yo lo percibía como a un filósofo cuando lo escuchaba hablar, con una suficiencia casi irrefutable. Por eso pensé que haberse casado era una decisión correcta para él.

Algún tiempo después, un día inesperado, llegó a pedir que lo dejáramos quedar en casa porque se había separado, con lágrimas en sus ojos narró lo que para mi era impensable. Una prematura y desconcertante decepción para mí, porque hasta llegué a ponerlos de pareja ejemplar. Algunos absolutismos se me comenzaron a derrumbar tempranamente. La filosofía podía ser excluyente con las emociones.

Después de terminar sus estudios, se empleó en una multinacional. Se comenzó a gestar mi segunda decepción. Yo, que erigía a Eulalio como ejemplo para otros estudiantes en proceso, tuve que pasar de agache ante esta metamorfosis. Él ya no iba a vivir al lado de aquellos desposeídos que defendía tiempo atrás. Se instaló en un barrio donde se le evaporaron las inequidades sociales. La casa la remodeló con arquitecto a bordo, hoy vive allí con su nuevo hogar e hijos que estudian en universidades privadas. En aquellos tiempos escuché a dos tías suyas manifestar que era un ingrato.

Pasado otro tiempo más, supe que estaba vinculado con una congregación religiosa. Me negaba a creerlo, para mí era incompatible que todo ese insumo académico y vivencial declinara en favor de cualquier fervorosidad religiosa. Una de tantas atrapó a Eulalio, de esas que surgieron luego que la Constitución del 91 puso al país laico, dando fin al monopolio católico. Entonces diversas ideologías religiosas lanzaron sus redes para sumar adeptos, tal como cualquier campaña de mercadeo moderno. Él cayó en una de tantas redes. Y sigue allí hasta ahora. Un día me contaron que lo vieron intentando sanar a una enferma, con gritos y conjuros en nombre de dios. Esta tercera decepción me dio un plop! completo, como los de Condorito.

Alguna vez escuché a un científico decir desprevenidamente: “no es lo mismo saber que entender”, lo he visto aplicado a otras circunstancias, y creo que esta es una más. Obviamente Eulalio no es culpable por mis decepciones mencionadas arriba. Esta es una contextualización desde mi orilla. Cada cual con sus razones, o con sus justificaciones. Supongo que una conclusión debería validarse sobre caminos finalizados, por lo que pueda ser que Eulalio me sorprenda gratamente ahora que está incursionando en la política.

El Regreso

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RegresoEs difícil jugarlo todo en una apuesta. Regresar no es hoy una opción contemplada por el señor Fernández. Hace diez meses lo venía considerando y por fin dio el salto al vacío, a encontrar algo que le esperaba.

Era viudo desde hacía siete años, cargando un duelo jurado a su único amor, aquel amor de los días cortos y auroras de colores. Fueron felices, con hijos incluidos, pero éstos se apartaron con sus destinos. En diversas facetas, la constante era un buen vivir de palabras entrelazadas y silencios cautivadores, no perturbados ni por sus numerosos nietos trajeados de tiranos.

La pérdida le sobrevino cuando sentía su misión cumplida. Pero mucho tiempo pasó y los días grises fueron opacando aquellos colores. El curso de su vida se fue tornando en un círculo sin sentido que lo fue confinando a unas pocas actividades siempre relacionadas con su duelo, incluso distanciándolo de aquello que solía hacer con agrado: tomar fotos en la plaza central, frente al congreso de la república. Sus colegas fotógrafos lo llamaron insistentemente los primeros años después del fallecimiento de su amada, también lo visitaban, pero fue tal su rol de fiel viudo, que olvidó casi por completo aquella dinámica que le generaba el sustento diario. Preparaba café para dos, arreglaba la cama con cuatro almohadas, se trasnochaba viendo aquellas películas románticas que compartían, aprendió a cocinar como ella, se bañaba con la puerta de la ducha abierta cantando como Sandro, se asomaba por la ventana a la misma hora de llegada, se seguía afeitando antes de desayunar, se vestía siempre suponiendo su aprobación de color, el perfume de ambos, se sentaba donde ella lo hacía, aprendió a dormir y cuidar su siesta, a intentar su arte manual; parecía como si quisiera hacerla volver de alguna forma. Sin embargo, las tardes crepusculares, que también compartía con su amada en vida, parecían susurrarle algo que no había podido descifrar en todos esos años. Esa seductora y extraña inquietud era el hilo que lo sacaría del túnel.

Aquel día no empacó cosas para llevar. Todo lo dejó, apostó el resto de su vida en esa jugada. Respiró liviano, de alguna parte se sentía respaldado, sentía firme su caminar. Salió a su paseo matutino y no regresó más a aquel encierro que se había improvisado por amor póstumo. Descubrió que aquel susurro vespertino era la voz de su amada, instándole a que siguiera tomando fotos, que ella estaba bien. Y regresó a obturar sus días.

La suerte del veintidós.

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Cada noche antes de dormir
tengo que despedirme de ti,
como jugando a ser feliz.

Es imaginación nada más,
tonto pensar que vendrás,
que alguna noche me besarás.

Naciste libre y lo sabías,
con tus alas mojadas quizá presentías
mi veintidós más allá,
en el cruce de caminos,
allí despertamos, allí nacimos,
todavía con el temor
de un “todo pasará”.

La espera que no me cansó,
toda la lluvia que me limpió,
la suerte del
veintidós.

Dime si sientes el arrullo
que te canto imperme
able del mundo,
y si te llega, déjalo jugar,
que también nació contigo,
que es liviano y puro,
el único dolor
que quiero festejar.

La cortesana democracia

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cortesana
Para mantener un equilibrio de convivencia, un estado debería operar como regulador entre empresarios y trabajadores, o entre ricos y pobres, o entre productores y consumidores; o sea, arbitrar la llamada lucha de clases. Un estado es el conjunto de instituciones que deben cumplir esa labor reguladora.
Pero el promedio ciudadano cree que quien manda en un país es el estado, es una creencia sana, a pesar que ello dificulta su entendimiento y nos pone lejos de tener participación o interactuar e influir en ese estado que siempre parece lejano. Algo contradictorio en una democracia si nos atenemos a su etimología: poder del pueblo. El estado es la imagen visible a través del gobierno de turno, pero no es quien manda. Quien manda detrás del estado y del gobierno son quienes producen la riqueza: Los empresarios. Desde luego, de manera indirecta pero infalible y perseverante.
Como una rudimentaria didáctica, he pensado que un estado es como un autobús, que su conductor es el gobierno de turno, que los pasajeros son el pueblo, pero que el dueño del autobús son los empresarios. Así alcanzo a imaginarme a los dueños del autobús contratando a los conductores cada cuatro años: un presidente con su congreso, sintetizando el tema.
Y para concebirlo cerca y sin fábulas, quizá sea necesario apocopar toda esa estructura compleja hacia un panorama tangible y comprensible para nosotros, los ciudadanos comunes. Cuando escalamos el tamaño de un estado hasta un departamento, reducimos la complejidad de entendimiento: un gobernador con su asamblea. Si escalamos más pequeño: un alcalde con su concejo. Nos va pareciendo más comprensible una ciudad. Y podemos seguir: un barrio y su junta comunal. A estas estaturas ya podemos distinguir comunidades cotidianas a nuestra vista; como un colegio: con su rector y su red administrativa; como una empresa local: con su dueño y sus supervisores; como las congregaciones religiosas: con su pastor y su séquito; como nuestra familia allegada: con su pariente rico y sus aduladores; podemos llegar incluso a nuestra familia parental: con su cabeza de familia al mando.
Ya en el contexto de una familia, podemos ver claramente que las decisiones son tomadas por el/la cabeza de familia, no por su pensamiento regulador, sino porque es el generador de los recursos. Contundente y diáfano. La gran mayoría de decisiones en una familia, colegio, congregación o comunidad, tienen una connotación económica, no jerárquica. Tal como en la familia, sucede a gran escala en los estamentos de poder del estado: son los empresarios los que contubernian las decisiones desde el asiento de atrás.
Toda la infernal infraestructura montada para la ejecución del modelo democrático, queda en ilusión. Si los que toman las decisiones son los acaudalados, etimológicamente vivimos en una plutocracia: poder de los ricos, ni si quiera en una aristocracia: poder de los mejores, ni específicamente en oligarquía: poder de unos pocos.
Cuando la mayoría de ciudadanos por fin nos reconozcamos componentes vitales de nuestro entorno, podremos romper esa infinita espiral gobiernista de los mismos con las mismas. Es más fácil enrarecer la opinión de 4 ciudadanos entre 10, que de 9 entre 10. Entonces podríamos disfutar de esta democracia mutándola a participativa. Que en gran medida no la sentimos cercana y útil precísamente porque nos negamos a explorar sus potencialidades, más sabiendo ya que un cambio por las fuerza es una insensatez.

CANCIÓN SIN PRETENSIONES

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cuerdas
Ya sé que tú no iniciaste esta situación
y que tienes derecho a una explicación,
también que quisieras esta noche jugar conmigo
o dormirte en mis brazos viendo la televisión.

Supongo que a veces te vas a la cama como si nada,
callándote todas las ansias de mi llegada,
y que tus ojos se cierran cansados de preguntar
por qué no estoy en tus madrugadas.

Tal vez pienses que no te quiero,
que por la noches no miro al cielo,
y hasta temas que haya olvidado
cuando te custodiaba pecho a pecho.

Hay canciones que no terminan
aunque muchas otras nos persigan,
hay momentos profundos de colores
que sin pretensiones nos iluminan.

LIBRE DE PECADO…

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captura-de-pantalla-2016-10-20-a-las-8-23-19-a-mHoy se escucha a muchos exigiendo castigo a las Farc. Seguramente se lo merecen, como lo merecemos casi todos, que hemos permitido arraigar esta cultura del más vivo, esa impune manera de perjudicar a los demás. Y que cuando se dimensiona esa conducta en $, vemos que también es otra forma de crimen de lesa humanidad. Puede ser que las Farc quisieron, con sana intención, rescatar el país de otros más bribones, quizá con el método equivocado.

Serían innumerables las acciones a relacionar, las cuales hacen daño a tu país, a tu región, a tu ciudad, a tu barrio, a tu familia, a tu pareja, a tus hijos, a tu casa, a tu empleador, a tus empleados, al recaudador de tributos, a tu educador, al medio ambiente, a tu mascota, en fin, al otro.

Desde ud. que arroja el chicle al suelo, y le parece una acción insignificante; hasta ud. que evade impuestos aunque entiende que eso significa niños muertos. De norte a sur y de este a oeste del territorio, desde chicos hasta adultos, desde hombres hasta mujeres, desde humildes hasta ricos, hemos permitido que esta cultura déspota sea una matriz de comportamiento, por acción unos y por omisión los demás. Toda una gama tan amplia de responsables y culpabilidades, que no sé quién va a arrojar la primera piedra.

No se acaba ni porque se promueven miles de profesionales de las universidades cada año. Ni porque haya centenares de fundaciones de ayuda al necesitado. Ni porque seamos campeones mundiales en algún deporte. Ni porque USA apoyó el Plan Colombia. Ni porque tuvimos dos presidentes con periodos de ocho años. Ni porque tenemos las mejores fuerzas militares de Sudamérica. Ni porque tenemos la gasolina más costosa de la región. Ni porque tenemos una amplia oferta de congregaciones religiosas domando incautos. Es como si lleváramos  esa disposición dolosa tatuada.

Hace poco escuché al periodista Juan Gossain concluyendo que de tanto vivir en medio del conflicto, hemos perfilado una conducta conflictiva. Ojalá él tenga razón y sea sólo ése el origen de este extravío. A mi me parece más profundo, todo lo recóndito e insondable que encarna la cimentación de una cultura.

En medio de este oscuro firmamento, una esperanza se transfigura en el pero. Un pero solitario. Un pero que quiere tomar a otro de la mano. Tal vez personificado en la jovencita que no le dio pereza viajar hasta otra ciudad para poder votar. Tal vez en el adolescente que aprendió un segundo idioma por sí mismo. Tal vez en el profesor que decidió no emigrar. Tal vez en la siembra de un nuevo árbol. Tal vez en la sonrisa de un bebé aún no engendrado. Tal vez cuando saboreo la mirada de mi enamorada. Es esperanzador entender que aunque el firmamento unos días aparezca nublado, hay la certeza que las estrellas siguen allí.

UNA RUPTURA TEMPRANA

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Me había estado moviendo como una marioneta, sólo que me parecía que yo mismo movía los hilos. Me sentía flotar encima de unos días felices, sin memoria, sin historia, sin recuerdos, sin reloj, sin obligaciones y con unas alas inmensas y tan livianas que no necesitaban hilos.

Un día cualquiera, como esos de algodón, me lo llamaron lunes, debía entrar a la escuela. Me fui a voluntad con mis hilos porque me habían explicado que era un lugar maravilloso, que así me comenzaría a parecer a los grandes, que mamá y papá se sentirían orgullosos, y mi inocencia creyó, así empecé a ceder mis felicidades pensando lo contrario.

A mi lado marchaba forzado mi hermano, sus hilos habían reventado en lágrimas, yo lo miraba y no lo comprendía, él me comprendía menos. Ayer tan despreocupados y ese día tan extraños, él era dueño de su razón y yo de la mía. Han pasado muchos años desde aquel punto de inflexión, hoy pienso que él si estaba apropiado de su razón, y aunque la mía no parecía débil, era prestada.

Mi hermano no terminó el día en la escuela, lloró mucho y nadie le preguntó. Yo sí terminé y sí me preguntaron. Al otro día fue el mismo empuje para mi hermano, el garrote se hizo sentir, pero ya no era aquel garrote de los días de algodón, cuando todo pasaba y nada quedaba; ahora dejaban rencor, culpa de la escuela?. Así seguíamos cediendo nuestros días felices, aquellos sin fecha, sin noviembre, sin sábados, sin números. Mi hermano lo sabía y yo no, por eso él lloró también al otro día, uno llamado miércoles, también el jueves y no se cuántos lunes más. Desde entonces todo empezó a cambiar paulatinamente, aquella cercanía incondicional empezó a diluirse, fue una ruptura sin retorno.

Me inscribieron en Kínder, y no en Primero, dizque porque estaba muy chiquito, tampoco fui yo quien lo decidió. A pesar de las planas de bolitas y palitos aún conservaba mis hilos, creo, y más aún, mis alas; las usaba ya no cuando quería sino cuando podía, por ahí en algunos de los renglones intermedios de las eternas planas de números y letras, claro que también a veces me sentaba en algún guión a descansar, hábito éste, nuevo para mi.

El trajín era arduo, recuerdo que la profesora Melba lo sabía todo; todo lo respondía y a veces en forma rara, como enojada. Varios años después comprendí eso, pues tampoco mi papá lo sabía todo. Todos los días la pasábamos sentados en los pupitres escribiendo y escuchando a la profesora, cuando ella callaba era para pasearse por los corredores formados por los pupitres meticulosamente alineados, como vigilando, como sometiendo, como en la película de Pink Floyd. Sólo nos parábamos para el recreo, o los clásicos viernes a última hora para ir a la torturante gimnasia y al anhelado fútbol, anhelo que era adquirido porque no nos cultivaban más. Los recreos eran un poco regresar a los días sin fecha, pero había una diferencia grande: teníamos reloj. Los días eran largos, alcanzaban para dos jornadas y quedaba tiempo para disfrutar el sol, pues no era tan caliente como ahora, después llegaban las noches, que, a medida que pasaban se volvían menos libres, culpa de las tareas, camufladas como una responsabilidad halagadora, pero que luego nos mostró su tirano rostro.

Algunas responsabilidades que nos siembran desde niños son el legado de una cobardía existencial permanente, consuetudinaria, que a través del tiempo se va desenmascarando con la erosión vivencial, casi al final del camino; cuando ya no hay cobardía, tampoco queda ímpetu, ese desafiante natural, ese que le sobraba a mi hermano de niño, y que yo no identifiqué.

Hoy no tengo a mi hermano a mi lado. Está lejos en tiempo y en distancia, lo que inexorablemente nubla cualquier promesa de emoción para un encuentro futuro. Hay circunstancias que nunca regresan ni se repiten, como el agua del río que sólo nos moja una vez.

 

LA TRIBUNA Y LA TARIMA

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TribunaSi filtráramos nuestra mirada y viéramos el mundo solamente como un teatro, habría dos tipos de personas: los que observan y los que actúan. Los vemos recurrentemente a nuestro alrededor, la atención de los muchos capturada por los pocos, casi presos los unos por los otros: los televidentes por el televisor, los visitantes por las vitrinas, los oyentes por la emisora de radio, los internautas por su computador, los lectores por el periódico, los usuarios por su teléfono móvil, los cineastas por la película, los fans por el concierto, los adeptos por su líder, los jugadores por el videojuego, los espectadores por el partido, los apostadores por el casino; y así, innumerables muestras más.

El entretenimiento hace parte de la vida de hoy, tal vez como nunca antes. Cada vez hay más habitantes, y la gran mayoría van a estar en la tribuna, no en la tarima. Los actores impiden el crecimiento de sus observadores porque los mantienen ocupados contemplando cada producción. Cada paladín está siempre en función de conservar y agrandar su audiencia. No descansan, y con frecuencia calculada van actualizando sus hipnóticas fabricaciones.

La gran masa poblacional, consumidora dócil de entretenimiento, son los proveedores perennes y pusilánimes de la riqueza déspota de aquellos creativos. Esa gran tribuna se ha acostumbrado tanto a ello, que resignan hasta su porvenir a lo que les presenten en la vitrina, lo que les pongan a consumir determina su existencialismo. Desprecian su propio tiempo por obedecer el mandato de ese entretenimiento insulso. No encuentran su lugar en su propia mente si el teléfono móvil o el televisor no les está dictando qué ver o hacer, hasta se “enamoran” remotamente.

Cada día que voy llegando a casa, percibo decenas de hogares sintonizando el mismo emisor, las personas derraman su tiempo asimilando cuanta ocurrencia les repiten en las cajitas mágicas. Es rutinario verlos afanados buscando rellenar ese tiempo suyo con el ingenio de otros. Hasta he escuchado a personas decir: “No hay nada para ver”, “Para qué vacaciones si no hay dinero”. Todos en torno a ese expositor foráneo. Los comunes no conversan entre si, no dibujan, no investigan, no proponen, no cantan, no cuestionan, no ejercitan, no escriben, en fin, no emprenden creaciones propias que incuben una audiencia propia.

No se vislumbra una intención de cambiar la dirección de ese fluido de la riqueza, que va en un único sentido. Esta mansa sociedad consumidora sigue en el patio trasero de la esfera global, obedeciendo una dinámica comercial que ya conforma una sola atmósfera mundial, impuesta por aquella estirpe desarrollada, que mantiene el control del acceso al conocimiento y a la tecnología. De tal forma, que van a seguir ganando los mismos, rompiendo marcas los mismos, rotulando la historia los mismos.

Nos mantienen embelesados con innovaciones tecnológicas, promesas imperdibles, letras melodramáticas, superhéroes deslumbrantes, historias fabulosas con guiones repetitivos pero efectos especiales, marcas imbatibles, redes asfixiantes. Es el continuismo de una esclavitud secular, que otrora se hizo sanguinariamente, y que hoy se confecciona con encantamientos ensamblados en modernismo, de tal forma que además de no darnos cuenta de ello, hasta pagamos por ese cautiverio y por su mantenimiento: para un consumidor cautivo, es motivo de orgullo ser el primer comprador del último iphone, con todas las vejaciones que ello encarna. Los de menos, seguimos facilitándole el mandato a los de más.