CAMBIOS DE RUMBO

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Selección_001Durante mi adolescencia admiré como a pocos a Eulalio. Tuvo una niñez y adolescencia sufrida debido a los precarios recursos, pero estudió en colegio público, aprobando con altas calificaciones, lo que le dio un cupo en la universidad pública de la ciudad, donde también fue alumno avanzado. Pobre como casi todos los del barrio.

Desde el colegio fue tornándose de pensamiento consecuentemente social, participando en marchas y actividades de esas que me parecían propias de valientes, escabulléndosele a la policía, como acontecía frecuentemente en aquellos años 70’s. Contestatario, de aquella estirpe soñadora de cabello largo, que no temían enfrentar con piedras a la fuerza pública. Una vez lo vi marchando con mucha otra gente por las calles de mi barrio, con panfletos y altavoces, gritando consignas, defendiendo a una comunidad que la iban a desalojar de la orilla del río.

A pesar de estar en una universidad estatal, el sostenimiento del estudio era costoso para Eulalio: transporte, alimentación, materiales y demás. Recuerdo que emprendió un cine-club, tal vez como auto-sostenimiento, el contenido de aquellas películas también trataban la problemática social. Poco después se casó y esto le permitió terminar sus estudios, pues su esposa trabajaba. Yo lo percibía como a un filósofo cuando lo escuchaba hablar, con una suficiencia casi irrefutable. Por eso pensé que haberse casado era una decisión correcta para él.

Algún tiempo después, un día inesperado, llegó a pedir que lo dejáramos quedar en casa porque se había separado, con lágrimas en sus ojos narró lo que para mi era impensable. Una prematura y desconcertante decepción para mi, porque hasta llegué a ponerlos de pareja ejemplar. Algunos absolutismos se me comenzaron a derrumbar tempranamente. La filosofía podía ser excluyente con las emociones.

Después de terminar sus estudios, se empleó en una multinacional. Se comenzó a gestar mi segunda decepción. Yo, que erigía a Eulalio como ejemplo para otros estudiantes en proceso, tuve que pasar de agache ante esta metamorfosis. Él ya no iba a vivir al lado de aquellos desposeídos que defendía tiempo atrás. Se instaló en un barrio donde se le evaporaron las inequidades sociales. La casa la remodeló con arquitecto a bordo, hoy vive allí con su nuevo hogar e hijos que estudian en universidades privadas. En aquellos tiempos escuché a dos tías suyas manifestar que era un ingrato.

Pasado otro tiempo más, supe que estaba vinculado con una congregación religiosa. Me negaba a creerlo, para mi era incompatible que todo ese insumo académico y vivencial declinara en favor de cualquier fervorosidad religiosa. Una de tantas atrapó a Eulalio, de esas que surgieron luego que la Constitución del 91 puso al país laico, dando fin al monopolio católico. Entonces diversas ideologías religiosas lanzaron sus redes para sumar adeptos, tal como cualquier campaña de mercadeo moderno. El cayó en una de tantas redes. Y sigue allí hasta ahora. Un día me contaron que lo vieron intentando sanar a una enferma, con gritos y conjuros en nombre de dios. Esta tercera decepción me dio un plop! completo, como los de Condorito.

Alguna vez escuché a un científico decir desprevenidamente: “no es lo mismo saber que entender”, lo he visto aplicado a otras circunstancias, y creo que ésta es una más. Obviamente Eulalio no es culpable por mis decepciones mencionadas arriba. Esta es una contextualización desde mi orilla. Cada cual con sus razones, o con sus justificaciones. Supongo que una conclusión debería validarse sobre caminos finalizados, por lo que pueda ser que Eulalio me sorprenda gratamente ahora que está incursionando en la política.

El Regreso

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RegresoEs difícil jugarlo todo en una apuesta. Regresar no es hoy una opción contemplada por el señor Fernández. Hace diez meses lo venía considerando y por fin dio el salto al vacío, a encontrar algo que le esperaba.

Era viudo desde hacía siete años, cargando un duelo jurado a su único amor, aquel amor de los días cortos y auroras de colores. Fueron felices, con hijos incluidos, pero éstos se apartaron con sus destinos. En diversas facetas, la constante era un buen vivir de palabras entrelazadas y silencios cautivadores, no perturbados ni por sus numerosos nietos trajeados de tiranos.

La pérdida le sobrevino cuando sentía su misión cumplida. Pero mucho tiempo pasó y los días grises fueron opacando aquellos colores. El curso de su vida se fue tornando en un círculo sin sentido que lo fue confinando a unas pocas actividades siempre relacionadas con su duelo, incluso distanciándolo de aquello que solía hacer con agrado: tomar fotos en la plaza central, frente al congreso de la república. Sus colegas fotógrafos lo llamaron insistentemente los primeros años después del fallecimiento de su amada, también lo visitaban, pero fue tal su rol de fiel viudo, que olvidó casi por completo aquella dinámica que le generaba el sustento diario. Preparaba café para dos, arreglaba la cama con cuatro almohadas, se trasnochaba viendo aquellas películas románticas que compartían, aprendió a cocinar como ella, se bañaba con la puerta de la ducha abierta cantando como Sandro, se asomaba por la ventana a la misma hora de llegada, se seguía afeitando antes de desayunar, se vestía siempre suponiendo su aprobación de color, el perfume de ambos, se sentaba donde ella lo hacía, aprendió a dormir y cuidar su siesta, a intentar su arte manual; parecía como si quisiera hacerla volver de alguna forma. Sin embargo, las tardes crepusculares, que también compartía con su amada en vida, parecían susurrarle algo que no había podido descifrar en todos esos años. Esa seductora y extraña inquietud era el hilo que lo sacaría del túnel.

Aquel día no empacó cosas para llevar. Todo lo dejó, apostó el resto de su vida en esa jugada. Respiró liviano, de alguna parte se sentía respaldado, sentía firme su caminar. Salió a su paseo matutino y no regresó más a aquel encierro que se había improvisado por amor póstumo. Descubrió que aquel susurro vespertino era la voz de su amada, instándole a que siguiera tomando fotos, que ella estaba bien. Y regresó a obturar sus días.

La suerte del veintidós.

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22

Cada noche antes de dormir
tengo que despedirme de ti,
como jugando a ser feliz.

Es imaginación nada más,
tonto pensar que vendrás,
que alguna noche me besarás.

Naciste libre y lo sabías,
con tus alas mojadas quizá presentías
mi veintidós más allá,
en el cruce de caminos,
allí despertamos, allí nacimos,
todavía con el temor
de un “todo pasará”.

La espera que no me cansó,
toda la lluvia que me limpió,
la suerte del
veintidós.

Dime si sientes el arrullo
que te canto imperme
able del mundo,
y si te llega, déjalo jugar,
que también nació contigo,
que es liviano y puro,
el único dolor
que quiero festejar.

La cortesana democracia

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cortesana
Para mantener un equilibrio de convivencia, un estado debería operar como regulador entre empresarios y trabajadores, o entre ricos y pobres, o entre productores y consumidores; o sea, arbitrar la llamada lucha de clases. Un estado es el conjunto de instituciones que deben cumplir esa labor reguladora.
Pero el promedio ciudadano cree que quien manda en un país es el estado, es una creencia sana, a pesar que ello dificulta su entendimiento y nos pone lejos de tener participación o interactuar e influir en ese estado que siempre parece lejano. Algo contradictorio en una democracia si nos atenemos a su etimología: poder del pueblo. El estado es la imagen visible a través del gobierno de turno, pero no es quien manda. Quien manda detrás del estado y del gobierno son quienes producen la riqueza: Los empresarios. Desde luego, de manera indirecta pero infalible y perseverante.
Como una rudimentaria didáctica, he pensado que un estado es como un autobús, que su conductor es el gobierno de turno, que los pasajeros son el pueblo, pero que el dueño del autobús son los empresarios. Así alcanzo a imaginarme a los dueños del autobús contratando a los conductores cada cuatro años: un presidente con su congreso, sintetizando el tema.
Y para concebirlo cerca y sin fábulas, quizá sea necesario apocopar toda esa estructura compleja hacia un panorama tangible y comprensible para nosotros, los ciudadanos comunes. Cuando escalamos el tamaño de un estado hasta un departamento, reducimos la complejidad de entendimiento: un gobernador con su asamblea. Si escalamos más pequeño: un alcalde con su concejo. Nos va pareciendo más comprensible una ciudad. Y podemos seguir: un barrio y su junta comunal. A estas estaturas ya podemos distinguir comunidades cotidianas a nuestra vista; como un colegio: con su rector y su red administrativa; como una empresa local: con su dueño y sus supervisores; como las congregaciones religiosas: con su pastor y su séquito; como nuestra familia allegada: con su pariente rico y sus aduladores; podemos llegar incluso a nuestra familia parental: con su cabeza de familia al mando.
Ya en el contexto de una familia, podemos ver claramente que las decisiones son tomadas por el/la cabeza de familia, no por su pensamiento regulador, sino porque es el generador de los recursos. Contundente y diáfano. La gran mayoría de decisiones en una familia, colegio, congregación o comunidad, tienen una connotación económica, no jerárquica. Tal como en la familia, sucede a gran escala en los estamentos de poder del estado: son los empresarios los que contubernian las decisiones desde el asiento de atrás.
Toda la infernal infraestructura montada para la ejecución del modelo democrático, queda en ilusión. Si los que toman las decisiones son los acaudalados, etimológicamente vivimos en una plutocracia: poder de los ricos, ni si quiera en una aristocracia: poder de los mejores, ni específicamente en oligarquía: poder de unos pocos.
Cuando la mayoría de ciudadanos por fin nos reconozcamos componentes vitales de nuestro entorno, podremos romper esa infinita espiral gobiernista de los mismos con las mismas. Es más fácil enrarecer la opinión de 4 ciudadanos entre 10, que de 9 entre 10. Entonces podríamos disfutar de esta democracia mutándola a participativa. Que en gran medida no la sentimos cercana y útil precísamente porque nos negamos a explorar sus potencialidades, más sabiendo ya que un cambio por las fuerza es una insensatez.

CANCIÓN SIN PRETENSIONES

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cuerdas
Ya sé que tú no iniciaste esta situación
y que tienes derecho a una explicación,
también que quisieras esta noche jugar conmigo
o dormirte en mis brazos viendo la televisión.

Supongo que a veces te vas a la cama como si nada,
callándote todas las ansias de mi llegada,
y que tus ojos se cierran cansados de preguntar
por qué no estoy en tus madrugadas.

Tal vez pienses que no te quiero,
que por la noches no miro al cielo,
y hasta temas que haya olvidado
cuando te custodiaba pecho a pecho.

Hay canciones que no terminan
aunque muchas otras nos persigan,
hay momentos profundos de colores
que sin pretensiones nos iluminan.

LIBRE DE PECADO…

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captura-de-pantalla-2016-10-20-a-las-8-23-19-a-mHoy se escucha a muchos exigiendo castigo a las Farc. Seguramente se lo merecen, como lo merecemos casi todos, que hemos permitido arraigar esta cultura del más vivo, esa impune manera de perjudicar a los demás. Y que cuando se dimensiona esa conducta en $, vemos que también es otra forma de crimen de lesa humanidad. Puede ser que las Farc quisieron, con sana intención, rescatar el país de otros más bribones, quizá con el método equivocado.

Serían innumerables las acciones a relacionar, las cuales hacen daño a tu país, a tu región, a tu ciudad, a tu barrio, a tu familia, a tu pareja, a tus hijos, a tu casa, a tu empleador, a tus empleados, al recaudador de tributos, a tu educador, al medio ambiente, a tu mascota, en fin, al otro.

Desde ud. que arroja el chicle al suelo, y le parece una acción insignificante; hasta ud. que evade impuestos aunque entiende que eso significa niños muertos. De norte a sur y de este a oeste del territorio, desde chicos hasta adultos, desde hombres hasta mujeres, desde humildes hasta ricos, hemos permitido que esta cultura déspota sea una matriz de comportamiento, por acción unos y por omisión los demás. Toda una gama tan amplia de responsables y culpabilidades, que no sé quién va a arrojar la primera piedra.

No se acaba ni porque se promueven miles de profesionales de las universidades cada año. Ni porque haya centenares de fundaciones de ayuda al necesitado. Ni porque seamos campeones mundiales en algún deporte. Ni porque USA apoyó el Plan Colombia. Ni porque tuvimos dos presidentes con periodos de ocho años. Ni porque tenemos las mejores fuerzas militares de Sudamérica. Ni porque tenemos la gasolina más costosa de la región. Ni porque tenemos una amplia oferta de congregaciones religiosas domando incautos. Es como si lleváramos  esa disposición dolosa tatuada.

Hace poco escuché al periodista Juan Gossain concluyendo que de tanto vivir en medio del conflicto, hemos perfilado una conducta conflictiva. Ojalá él tenga razón y sea sólo ése el origen de este extravío. A mi me parece más profundo, todo lo recóndito e insondable que encarna la cimentación de una cultura.

En medio de este oscuro firmamento, una esperanza se transfigura en el pero. Un pero solitario. Un pero que quiere tomar a otro de la mano. Tal vez personificado en la jovencita que no le dio pereza viajar hasta otra ciudad para poder votar. Tal vez en el adolescente que aprendió un segundo idioma por sí mismo. Tal vez en el profesor que decidió no emigrar. Tal vez en la siembra de un nuevo árbol. Tal vez en la sonrisa de un bebé aún no engendrado. Tal vez cuando saboreo la mirada de mi enamorada. Es esperanzador entender que aunque el firmamento unos días aparezca nublado, hay la certeza que las estrellas siguen allí.

UNA RUPTURA TEMPRANA

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Me había estado moviendo como una marioneta, sólo que me parecía que yo mismo movía los hilos. Me sentía flotar encima de unos días felices, sin memoria, sin historia, sin recuerdos, sin reloj, sin obligaciones y con unas alas inmensas y tan livianas que no necesitaban hilos.

Un día cualquiera, como esos de algodón, me lo llamaron lunes, debía entrar a la escuela. Me fui a voluntad con mis hilos porque me habían explicado que era un lugar maravilloso, que así me comenzaría a parecer a los grandes, que mamá y papá se sentirían orgullosos, y mi inocencia creyó, así empecé a ceder mis felicidades pensando lo contrario.

A mi lado marchaba forzado mi hermano, sus hilos habían reventado en lágrimas, yo lo miraba y no lo comprendía, él me comprendía menos. Ayer tan despreocupados y ese día tan extraños, él era dueño de su razón y yo de la mía. Han pasado muchos años desde aquel punto de inflexión, hoy pienso que él si estaba apropiado de su razón, y aunque la mía no parecía débil, era prestada.

Mi hermano no terminó el día en la escuela, lloró mucho y nadie le preguntó. Yo sí terminé y sí me preguntaron. Al otro día fue el mismo empuje para mi hermano, el garrote se hizo sentir, pero ya no era aquel garrote de los días de algodón, cuando todo pasaba y nada quedaba; ahora dejaban rencor, culpa de la escuela?. Así seguíamos cediendo nuestros días felices, aquellos sin fecha, sin noviembre, sin sábados, sin números. Mi hermano lo sabía y yo no, por eso él lloró también al otro día, uno llamado miércoles, también el jueves y no se cuántos lunes más. Desde entonces todo empezó a cambiar paulatinamente, aquella cercanía incondicional empezó a diluirse, fue una ruptura sin retorno.

Me inscribieron en Kínder, y no en Primero, dizque porque estaba muy chiquito, tampoco fui yo quien lo decidió. A pesar de las planas de bolitas y palitos aún conservaba mis hilos, creo, y más aún, mis alas; las usaba ya no cuando quería sino cuando podía, por ahí en algunos de los renglones intermedios de las eternas planas de números y letras, claro que también a veces me sentaba en algún guión a descansar, hábito éste, nuevo para mi.

El trajín era arduo, recuerdo que la profesora Melba lo sabía todo; todo lo respondía y a veces en forma rara, como enojada. Varios años después comprendí eso, pues tampoco mi papá lo sabía todo. Todos los días la pasábamos sentados en los pupitres escribiendo y escuchando a la profesora, cuando ella callaba era para pasearse por los corredores formados por los pupitres meticulosamente alineados, como vigilando, como sometiendo, como en la película de Pink Floyd. Sólo nos parábamos para el recreo, o los clásicos viernes a última hora para ir a la torturante gimnasia y al anhelado fútbol, anhelo que era adquirido porque no nos cultivaban más. Los recreos eran un poco regresar a los días sin fecha, pero había una diferencia grande: teníamos reloj. Los días eran largos, alcanzaban para dos jornadas y quedaba tiempo para disfrutar el sol, pues no era tan caliente como ahora, después llegaban las noches, que, a medida que pasaban se volvían menos libres, culpa de las tareas, camufladas como una responsabilidad halagadora, pero que luego nos mostró su tirano rostro.

Algunas responsabilidades que nos siembran desde niños son el legado de una cobardía existencial permanente, consuetudinaria, que a través del tiempo se va desenmascarando con la erosión vivencial, casi al final del camino; cuando ya no hay cobardía, tampoco queda ímpetu, ese desafiante natural, ese que le sobraba a mi hermano de niño, y que yo no identifiqué.

Hoy no tengo a mi hermano a mi lado. Está lejos en tiempo y en distancia, lo que inexorablemente nubla cualquier promesa de emoción para un encuentro futuro. Hay circunstancias que nunca regresan ni se repiten, como el agua del río que sólo nos moja una vez.

 

LA TRIBUNA Y LA TARIMA

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TribunaSi filtráramos nuestra mirada y viéramos el mundo solamente como un teatro, habría dos tipos de personas: los que observan y los que actúan. Los vemos recurrentemente a nuestro alrededor, la atención de los muchos capturada por los pocos, casi presos los unos por los otros: los televidentes por el televisor, los visitantes por las vitrinas, los oyentes por la emisora de radio, los internautas por su computador, los lectores por el periódico, los usuarios por su teléfono móvil, los cineastas por la película, los fans por el concierto, los adeptos por su líder, los jugadores por el videojuego, los espectadores por el partido, los apostadores por el casino; y así, innumerables muestras más.

El entretenimiento hace parte de la vida de hoy, tal vez como nunca antes. Cada vez hay más habitantes, y la gran mayoría van a estar en la tribuna, no en la tarima. Los actores impiden el crecimiento de sus observadores porque los mantienen ocupados contemplando cada producción. Cada paladín está siempre en función de conservar y agrandar su audiencia. No descansan, y con frecuencia calculada van actualizando sus hipnóticas fabricaciones.

La gran masa poblacional, consumidora dócil de entretenimiento, son los proveedores perennes y pusilánimes de la riqueza déspota de aquellos creativos. Esa gran tribuna se ha acostumbrado tanto a ello, que resignan hasta su porvenir a lo que les presenten en la vitrina, lo que les pongan a consumir determina su existencialismo. Desprecian su propio tiempo por obedecer el mandato de ese entretenimiento insulso. No encuentran su lugar en su propia mente si el teléfono móvil o el televisor no les está dictando qué ver o hacer, hasta se “enamoran” remotamente.

Cada día que voy llegando a casa, percibo decenas de hogares sintonizando el mismo emisor, las personas derraman su tiempo asimilando cuanta ocurrencia les repiten en las cajitas mágicas. Es rutinario verlos afanados buscando rellenar ese tiempo suyo con el ingenio de otros. Hasta he escuchado a personas decir: “No hay nada para ver”, “Para qué vacaciones si no hay dinero”. Todos en torno a ese expositor foráneo. Los comunes no conversan entre si, no dibujan, no investigan, no proponen, no cantan, no cuestionan, no ejercitan, no escriben, en fin, no emprenden creaciones propias que incuben una audiencia propia.

No se vislumbra una intención de cambiar la dirección de ese fluido de la riqueza, que va en un único sentido. Esta mansa sociedad consumidora sigue en el patio trasero de la esfera global, obedeciendo una dinámica comercial que ya conforma una sola atmósfera mundial, impuesta por aquella estirpe desarrollada, que mantiene el control del acceso al conocimiento y a la tecnología. De tal forma, que van a seguir ganando los mismos, rompiendo marcas los mismos, rotulando la historia los mismos.

Nos mantienen embelesados con innovaciones tecnológicas, promesas imperdibles, letras melodramáticas, superhéroes deslumbrantes, historias fabulosas con guiones repetitivos pero efectos especiales, marcas imbatibles, redes asfixiantes. Es el continuismo de una esclavitud secular, que otrora se hizo sanguinariamente, y que hoy se confecciona con encantamientos ensamblados en modernismo, de tal forma que además de no darnos cuenta de ello, hasta pagamos por ese cautiverio y por su mantenimiento: para un consumidor cautivo, es motivo de orgullo ser el primer comprador del último iphone, con todas las vejaciones que ello encarna. Los de menos, seguimos facilitándole el mandato a los de más.

RECONOCIENDO UNA ESPERANZA

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nervadurasLa esperanza es como una madre, no se cansa de esperarnos. Se involucra en casi todos los sucesos que vivenciamos, en lo que se nos ocurre y hasta en lo inesperado, mostrándose furtiva, paciente y hasta coqueta. Qué tan profundo es nuestro idilio con esta percepción ?.

En estos días previos a elecciones, regurgitan resentimientos del pasado. Creemos, con razones de sobra, que no hay remedio, que esos políticos ladrones nunca van a solucionar nada, que sólo suben al poder para enriquecerse y no se conectan con las necesidades de la población. Hoy en la mañana me encuentro con un vecino al que le retornaron esos demonios cuando le pregunté si le había tocado ser jurado, me dijo que no, acompañado de una supuesta explicación que tenía que ver con el sitio de la inscripción de la cédula. Tras lo cual me aseveró que no iba a votar, ah!. Ese ah! lo interpreté como: “Si me preguntas por qué, me voy a desplegar en irritantes argumentaciones, así que ni te atrevas!”. Había perdido toda esperanza.

Entonces me vino a la mente un foro que televisaron anoche en un canal cultural, en el que intercambiaban ideas a cerca de la movilidad en las grandes ciudades y sus dificultades, habían expertos de varias ciudades del mundo. Entre todas las argumentaciones, me sorprendió una de la experta francesa, cuando exponía que en París había un acuerdo tácito entre quienes lideraban las diferentes zonas por donde pasaba todo el sistema multimodal que cubría el transporte de París y sus alrededores. Habían logrado que por encima de sus perversos intereses políticos, emergiera una solución conjunta que a la larga también les sería útil políticamente. Hubo allí una feliz coincidencia de los intereses políticos con los intereses civiles. Fue una evidencia de la paciente esperanza que siempre anda por allí merodeando.

Despreciar la oportunidad de votar sería como el esclavo que se niega a correr apostando por su libertad, como sucede en la película de Gibson, Apocalypto, cuando obligaban a los presos a escapar para asesinarlos con las lanzas, lo cual era parte de un entretenimiento sádico de los tiranos, un entrenamiento más para la destreza sanguinaria de sus guerreros. Pero un día tres esclavos maquinaron una forma de poder evadir las lanzas mortales. Logró escapar uno. Fue una esperanza más, que aunque pueda ser parte de la ficción del cine, no deja de ser emuladora de sucesos reales.

Casi todos los acontecimientos del mundo de hoy son apuestas, en vez de ser resultados de una planificación. Bajo una mirada pragmática, esa bonita y romántica esperanza no deja de ser una apuesta, otra creación deliberada para estimular la sumisión de las mayorías. Es el triunfo del sortilegio sobre la caución. La furtividad es inherente a la esperanza, porque de ser predecible, perdería su razón de ser y hasta su nombre. Ese trueque de uno a mil, parece que mantiene vivo el instinto desafiante de nuestra sufrida y romántica cultura latinoamericana.

La aparente ventaja social de algunos países europeos puede estar basada en la mayor frecuencia con que se cristalizan esas esperanzas, como vimos, impulsadas o precipitadas por los acuerdos entre las personas. En este orden de ideas, la esperanza seguirá embelesándonos un tiempo más, por tanto hay que procurar aumentar la frecuencia de sus apariciones por nuestras latitudes, así como ha acontecido en Europa.

AROMA DE CUELLO ESCONDIDO

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Mirada azul

Lejos de lograr sentirme inocente de tu tristeza,
te miro desde mi naufragio enfocándote como playa,
a pesar que a veces me he visto sentado en tu arena,
el viento y el agua de tus grandes ojos callados
son la silenciosa tristeza que me hace vacilar.

Tristeza impotente por no verme en tierra firme,
alguna vez, eso me dio a entender tu balbuceo,
y me sentí extrañamente y como nunca halagado,
pero, si envidio el aire que merodea tu nariz,
presto siempre a que lo inhales por nada a cambio!

Nadar hoy alistarán mis brazos para arar mañana,
sacudir y asentar tu tierra, que un día será sólo nuestra,
deseo que mis empecinadas palabras levanten tus párpados
para que se alegren tus ojos y que se contagie tu boca,
que tu sonrisa borre esos labios de hielo entreabiertos.

Mis ojos te escriben desde aquí, entre tantos otros,
aunque tu cabello me oculte tu lánguido rostro,
aunque mas tarde no abrace tu cuerpo de blusa azul,
ni aspire de cerca tu aroma de cuello escondido,
aunque no extrañes lo escrito, que tanto duele.